Violencia y temor

Los graves hechos de violencia ocurridos desde el 18 de octubre hasta el presente en Santiago y regiones, pueden tener variadas lecturas. Una de ellas, es ser señal de la indignación contenida durante largo tiempo en el país. Rabia acumulada ante la desesperación de millones de chilenos, los que, a pesar del esfuerzo y trabajo, no ven que los legítimos derechos sociales, sean respetados y promovidos. Más aún, existe una prolongada violencia institucionalizada, que socaba la convivencia social, impide todo cambio, y protege a los privilegiados que detentan el poder con abusos sistemáticos.

Las injusticias perpetuadas, causan condiciones favorables para el desencanto y la amargura. Dan origen a vastos grupos marginales, para los que el sistema económico y el ordenamiento político, es pura fachada del “poder opresor”. No debemos ignorar los grandes logros en Chile, tanto financieros, como productivos, empresariales y culturales. Todo lo cual, sin embargo, beneficia únicamente a una proporción muy reducida del cuerpo social. Al frente de las ganancias y éxitos económicos, existe, por contraste, el cuadro de la pobreza cruda, ciudadanos al límite, sin poder actuar con plena libertad, como apresados en la precariedad social, económica, política, jurídica y cultural.

Dado que varios sectores están “al margen”, toman éstos la violencia como revancha. Consideran que el único modo de incitar al cambio, es destruir los símbolos, edificios, plazas, servicios y emblemas tradicionales. Son objeto del desprecio. Pero, ¿cuándo se los ha hecho partícipes de la historia común, compartiendo bienes y servicios? ¿Qué lugar en los beneficios del progreso?

Con todo, la violencia no la compartimos. Destruye la amistad cívica y la convivencia democrática, que tiene ahora grandes vacíos. Se requiere, por tanto, pensar una nueva carta fundamental, donde los principios de la dignidad humana, la libre participación, la justicia y el bien común, estén garantizados, con el justo equilibrio de poderes del estado, que preserven la equidad social.

Hay que evitar la violencia que daña, envenena y debilita. Además, ella es causa de víctimas inocentes, sobre todo, cuando la represión conculca los derechos humanos. Por eso, es indispensable el avance en la llamada “agenda social”, cuya dilación inquieta. Por desgracia, vemos a políticos de todos los colores con torpes y cómplices actuaciones suscitadas por el temor, que los hace encaminarse hacia la reacción sólo policial o represiva, con el consiguiente deterioro de Carabineros. Pero, ¿qué medidas de justicia se toman para acabar con los abusos llegados al extremo? Falta mucho y el tiempo apremia. Por último, es lamentable constatar que el temor en círculos bien acomodados, evidencia mayor preocupación por sí mismos que por el bien del país…

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