Violencia en los estadios

Ocurre que quienes perpetran delitos en los estadios son sujetos encapuchados y a torso descubierto que claramente no pagan la entrada con su dinero porque no les interesa el fútbol.

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18 de febrero de 2020
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Unánime rechazo motivaron los violentos incidentes registrados en el estadio Monumental, en Santiago, que terminaron por obligar a suspender el partido de fútbol entre los equipos de Colo Colo y U. Católica. Allí un jugador de Colo Colo resultó lesionado producto del lanzamiento de bengalas en dirección a la cancha.

En el intertanto, se registró un incendio de origen supuestamente intencional en la galería de la barra local. Pero lo más grave ocurrió en las afueras del estadio, donde hubo enfrentamientos con Carabineros, quienes igualmente lograron controlar un intento de saqueo a un mall comercial, además de otros delitos.

Ocurre que el tema de las denominadas “barras bravas” no es nuevo para el fútbol chileno. De hecho, hace años se aprobó una ley contra la violencia en los estadios, se anunciaron medidas contra los clubes que ofrezcan apoyo a estos grupos, pero en la práctica, nada de esto ocurre y la violencia sigue en los recintos deportivos.

Todos los que han accedido –alguna vez- a observar de cerca a estos grupos, pueden ser testigos de que existen liderazgos que ocultan sus rostros con capuchas y que, además, su poder está asociado al tráfico de drogas en pequeñas cantidades. Así ocurre, al menos, en los equipos de mayor convocatoria en Chile.

Clubes más pequeños, como Rangers de Talca, todavía no han generado esta violencia, pero igualmente debe llamar la atención y cualquier comportamiento irregular tiene que ser sancionado en forma ejemplarizadora. Y sin distinción alguna, sea un hincha, jugador, dirigente o incuso director técnico.

Pero la solución también todos la conocen. Pasa más allá de protocolos de seguridad o controles en el acceso. La solución es derechamente anular o disolver estos grupos y ocupar esos espacios -que las barras se han acostumbrado a utilizar- con público común y corriente, a través de estímulos económicos.

Así ocurrió en otros países donde pasaron por lo mismo y hoy, como ejemplo, tienen sus estadios sin rejas, algo impensado en Latinoamérica. Lo más llamativo es que esto no se debe a que en esos países –Europa principalmente- sean más educados o tengan más tradición en este deporte. Absolutamente no.

Se debe, simplemente, a un asunto de costo-beneficio. El costo de delinquir en un estadio es tan alto que no tiene compensación posible. Y, además, hay que agregar que sea imposible que los dirigentes de los clubes o jugadores estén financiando a los barristas, bajo advertencia de penas irrevocables y muy severas.

Ocurre que quienes perpetran delitos en los estadios son sujetos encapuchados y a torso descubierto que claramente no pagan la entrada con su dinero porque no les interesa el fútbol. Esos individuos están mandados, tienen apoyo externo, son manipulados por otros y actúan enviados a provocar caos y desórdenes.

Aunque es difícil que ocurra, ojalá que estos incidentes en el estadio Monumental lleven al fútbol a tomar este camino. Solo así podremos ver estadios repletos de público, seguros y transformados en un espectáculo, con las familias disfrutando. Los otros, los que hoy mandan, tiene un lugar que los espera hace rato.

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