¡Violación o muerte! Despertar después de una pesadilla

La valiente historia de Mariana y la noche que trastocó su vida. Solo se han cambiado los nombres y los lugares para proteger a las víctimas.

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23 de agosto de 2020
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Esa noche la profesional de treinta y tantos años regresaba feliz de sus compras navideñas. Por fin le había comprado a su hija menor la bicicleta que tanto deseaba. La dejó pagada con la promesa de volver a retirarla al día siguiente. Necesitaba un vehículo adecuado para el traslado.

Con su amiga Alicia recorrieron el comercio riendo de punta a cabo al recordar los tiempos del Liceo, las amigas en común, los pololos que se habían esfumado en el tiempo.

Para la mayor eligió un vestido delicado y una blusa verde como sus ojos. Sus dos hijas pasarían la mejor Navidad en muchos años.
Su vida había sido una suma de esfuerzos. Una tras otra había superado todas las expectativas. Desde su primer embarazo adolescente había tenido que enfrentar la discriminación, las miradas acusadoras. Tuvo que interrumpir los estudios y asumir sola el desafío de la maternidad. Después vino el trabajo, en cualquier cosa, garzoneando, cocinando, vendiendo, hasta que pudo terminar sus estudios de noche.

Logró ingresar a un Centro de Formación Técnica y obtener su diploma. Siguieron los duros años en la Universidad hasta lograr el ansiado título profesional.

¡Cuántas horas robadas al sueño! ¡Cuántas veces debió dejar a sus niñas pequeñas para viajar a la gran ciudad!

Era una “hija del rigor”. Su madre la mirada orgullosa e incrédula cuando la visitaba en la vieja población. El padre se había ido de este mundo hacía algunos años.

En el Terminal se despidió contenta de Alicia, con la promesa de reunirse pronto nuevamente. Subió al bus con dificultad y se dejó caer en un asiento en medio de bolsas y regalos. Había caído la noche y el sueño la venció. No supo cómo llegó al paradero cercano a su casa. La misma que le había costado varias postulaciones y ahora era la felicidad de sus hijas cuando organizaban algún carrete con los muchachos del barrio. Se bajó corriendo.

“Lo peor fue la humillación, la vulnerabilidad, la impotencia”
No había avanzado más de cincuenta metros intentando despertar del todo, cuando sintió que su bolso de siempre no colgaba de su hombro. Reaccionó con miedo y con rabia. Allí estaba su dinero, su celular, sus documentos. Corrió de vuelta al paradero y comenzó a hacer dedo. No tardó en detenerse un vehículo.

Le pidió al conductor que la llevara para ver si podía alcanzar al bus. No fue posible. Se bajó en un sector distante y permaneció un rato resignada e impotente. Al día siguiente debería acudir a las oficinas del Terminal de Buses. Tal vez una persona encontraría el bolso y lo devolvería. No era un absurdo. De todo hay en la viña del Señor, pensó. Lo había aprendido en sus duros trabajos de temporada, y en sus frecuentes viajes de estudiante.

Cruzó la calzada, acción siempre peligrosa por la cantidad de vehículos que circulaban, muchos sin respetar los límites de velocidad. Alguien la llevaría de vuelta o debería caminar. Conocía el sector. Cuando podía salía a trotar por esa ruta los sábados por la mañana. Eran las 21.30, una hora prudente en verano. Si trotaba estaría en su casa antes de las 22.

Divisó a lo lejos a dos hombres que se acercaban, uno parecía mayor que el otro, pero ambos se veían jóvenes. No le llamaron la atención. Cuando estuvieron cerca, uno de ellos, con una voz perturbada por el alcohol le preguntó si ahí paraban los buses. Respondió afirmativamente y siguió haciendo dedo con mayor insistencia. De pronto vio que el hombre se sacaba los zapatos y se recostaba sobre el cemento. Se asustó. Cruzó la ruta nuevamente y caminó en dirección a su casa, nerviosa. Escuchó las risas de unos muchachos que se acercaban, eso la tranquilizó. Por primera vez se daba cuenta que la iluminación de la zona no era la mejor. Pero había casas y negocios a pocos metros. Iba a comenzar a trotar cuando sintió que una mano le cerraba la boca y la doblaba hacía atrás. La punta de un cuchillo se clavó en su vientre.

“¡Camina y no grites o te mato conchetumadre!”, escuchó.

“¡Sentí pánico, pánico, pánico!”, repite. “¿Cómo llegó ahí? ¿Me siguió? No lo sé”, dice.

Entre empellones y amenazas el hombre la empujó a un costado del camino y la introdujo en una abertura entre las moras. La arrastró sobre un suelo cubierto de espinas y alambres y se montó sobre su vientre. “Colabora huevona o te mato”, susurró. Escuchó la risa de los muchachos que pasaban a pocos metros. Aterrada, pero sin perder la lucidez, intentó razonar.

“Muchacho, ¿yo que te he hecho?”, le dijo. “¿No tienes mamá, hermanas?”.

“Cállate y sácate la ropa, vos sabis a qué vinimos”, respondió él.

Si gritaba tal vez la escucharían. Pero el filo de la hoja en su cuello la detuvo. Él podría matarla en segundos. Intentó hablar nuevamente, pero por cada palabra que decía él la golpeaba más fuerte. “No hay un rostro en mi cabeza, sí una silueta, sí una voz, sí unas manos”, exclama.

Los rostros de sus hijas era lo único que veía.

“Pero nunca lloré, ni perdí la cordura, sí grité”, indica, con el rostro arrasado en lágrimas (se lo seca con un gran pañuelo que mantiene entre las manos).

El rostro del violador era solo oscuridad. Él destrozó su blusa veraniega. “Está drogado”, pensó ella. Luego le arrancó los pantalones y su ropa interior.

Cuando intentó huir la volvió a arrojar al suelo y comenzó a ahorcarla con sus propios cuadros.

“Pensé: ‘me va a matar’, y me rendí. Alcé mis manos y le dije: ‘está bien, no me resistiré, no me mates, soy mamá, tengo dos hijas’”, cuenta. Después de una larga pausa susurra: “sentí miedo, mucho miedo”.

Escuchaba el ruido de un estero cercano. También la respiración agitada del violador y sus manos recorriendo su cuerpo.

“Lo más terrible no fue la penetración -afirma- lo que más recuerdo es el miedo, pensar que no volvería a ver a mis hijas”, dice. Los sollozos la estremecen nuevamente. “No sé si fueron minutos o fueron horas, no lo sé”, balbucea. Una profusión de lágrimas la obliga a callar. No sé cómo consolarla. Impotente, espero en silencio a que se recupere.

Cuando puede volver a hablar afirma: “Lo peor era la sensación de vulnerabilidad, de impotencia, de no ver más a mis hijas, de no estar aquí”, redunda, casi gritando.

“Cuando él terminó, se paró, yo me cubrí como pude con mis ropas destrozadas y salí corriendo de ese agujero sin mirar hacia atrás. Me sentía perdida. Desesperada, no sé cómo hice parar un vehículo de color amarillo, me subí y le pedí ayuda al conductor, un señor de edad. Le rogué que me llevara a una comisaría y entonces rompí en llanto”, recuerda.

Un nuevo tormento
“El caballero me dejó en una comisaría. Ese fue otro tormento, el hablar, el enfrentar, el que me miraran en forma despectiva, como cuestionando mi relato. El carabinero que tomó mi declaración se fue y me dejó con otro. Y así pasaron tres o cuatro horas, hasta el otro día. Y yo sentada ahí frente a ese señor. Estaba como detenida porque tenía que llegar la Brigada de Delitos Sexuales de la PDI. Y no llegaban nunca. Y el carabinero cuestionaba mi relato, me preguntaba que andaba haciendo yo en ese lugar. Yo le decía: no estoy loca caballero, yo sé lo que viví. ¿Para qué iba a mentir? ¿Qué ganaba yo con inventar una historia? Hasta ahora no logro comprender esa falta de empatía”.

Mariana se toma unos minutos para recuperar el aliento. Yo había escuchado historias parecidas, pero nunca de una persona que lo hubiera vivido. Mariana continuó.

“En algún momento me ofrecieron llamar a alguien. Pero yo no me sabía ningún número. El celular había quedado en mi bolso. El único que recordaba era el de mi ex pareja que estaba trabajando en otra ciudad. Y yo ya no tenía ninguna relación con él. ¿Qué le iba a decir? ¿Oye, me violaron y necesito que vengas a ayudarme? Decidí que lo que viviera lo debía enfrentar sola…”.

“Finalmente llegó la PDI. Y me llevaron a la ciudad para hacerme los exámenes. En el hospital me encontraron restos de zarzamora y alambre de púas en el cabello. Y me dieron un tratamiento preventivo. Yo sólo pensaba en mis hijas todo ese tiempo solas. ¡Por primera vez su mamá no llegó! Mis hijas no pudieron dormir sin saber dónde estaba. Después de todo eso la PDI me llevó a mi casa. Me duché, me cambié ropa y conversé con mis hijas. Les dije que me habían asaltado. Al día siguiente me vieron en el baño y tuve que mostrarles mi cuerpo lleno de hematomas. Les expliqué y les pedí que no me preguntaran nada. Fue muy triste y lloramos mucho, mucho”.

“No quiero que me hablen de sexualidad”
“Y pasó una semana y entonces me llamó una psicóloga de la fiscalía. ¡Una semana! ¡Cuando yo necesitaba ayuda y protección de inmediato! ¿Qué se puede hacer si uno no tiene las herramientas para seguir? Si yo no fuera resiliente, si yo no tuviera el amor que tengo por la vida, si no fuera por mis hijas, yo me hubiera quitado la vida. Porque lo único que uno quiere es dejar de vivir, dejar de recordar, todo te da miedo, la noche, los ruidos, la gente. Por eso algunas personas atentan contra su vida. Disculpe, pero no puedo contenerme (llora en silencio)”.

“Después uno debe ir a buscar el examen del VIH, cuando lo que menos desea es salir. Y tal vez no tenga dinero para viajar. En el hospital otra vez cero empatía, la matrona me dio una charla sobre el condón. ¡Yo no quería saber nada de eso! Sólo quería saber si iba a tener que vivir con una enfermedad de transmisión sexual el resto de mi vida, nada más. ¡No necesito que me hablen de sexualidad porque me da asco! Y era una señora mayor, adulta…”.

“Todo el sistema me decía: ¡Mámatela sola y debes seguir porque estás viva!”
“No fui capaz de ir a trabajar”.

“De todo esto debo rescatar que en el Centro de Víctimas de Talca me han contenido, me han apoyado. Ahora con la pandemia me llaman por teléfono. Uno tiene que armarse de un valor que no tiene. La licencia médica no me la quisieron pagar porque no tenía los meses de cotizaciones. Y tuve que viajar para gestionar eso. Y mientras caminaba por esas calles pensaba ‘aquí puede estar la persona que casi termina con mi vida’”.

“Era un conjunto de cosas, no tenía carnet, no podía girar dinero en el banco y era Navidad. Tuve que salir. Sentía que todo el mundo me miraba y me señalaba. El sistema podría ser un poco más humano, más empático. Sólo desde la fiscalía me estuvieron ayudando por tres meses con mercaderías y el pago de las cuentas básicas y eso se agradece».

Lamentablemente la investigación judicial no logró descubrir al violador.

Casi perdí la vida y ahora voy a dar vida
Mariana estuvo dos semanas sin poder asistir al trabajo. Después se obligó a reincorporarse. La vida seguía y las necesidades también. Pero llegó la pandemia y quedó cesante.

En medio de sus temores, su inseguridad, su desconfianza, volvió a amar. “Y si bien mi bebé no fue programado, fue deseado. Yo quería tener una guagua siendo adulta. Y aunque seguiré viviendo sola con mis hijas, he tenido ayuda. Es posible que la gobernación me dé materiales para construir otra pieza ya que mi casa es muy pequeña. No me quejo. No me llegó la caja del gobierno, pero he recibido el IFE. Mi familia y mis amigos han estado ahí. Y aunque esté rodeada de gente yo sé que el futuro depende de mí”, subraya.

La escucho con admiración. Es la Mariana generosa que ha luchado toda su vida y ha sabido superar situaciones difíciles. “No me da vergüenza, afirma, y no quiero venganza, mi justicia es disfrutar de mis hijas, del aire, de mis plantas. Dios me dio una segunda oportunidad. Yo pensé que iba a perder la vida y ahora estoy dando vida. Claro que duele y cuesta mucho porque es como una herida en el alma y hay tantas cosas que uno se pregunta por qué son así. Y si me decidí a contarlo es porque mi historia le puede servir a otras personas.”

Epílogo
Unos días después Mariana me llamó por teléfono.

“Hay algo que se me olvidó contarle”, me dijo, “un tiempo después de lo que me pasó alguien me recomendó ir a ver a una persona que hace terapias de reconexión. Y fui”.

Y Mariana siente que en esas sesiones pudo reencontrarse con su infancia, con toda su vida pasada. Volvió a sentir el afecto de su “mamita”, la abuela amada que la crio, porque su madre trabajaba. Y volvió a valorar todos sus logros, recuperó la fuerza interior y comprendió que una vez más la vida la emplazaba a enfrentar un nuevo desafío.

En esa reconexión con sus amores y sus luchas pasadas Mariana ha reencontrado la fuerza para volver a luchar, a reír y tener esperanza a pesar de su vulnerabilidad. Sigue sin trabajo, pero se las arregla vendiendo productos ecológicos entre sus conocidos y soñando con el hombrecito que lleva en su vientre por el cual vale la pena volver a vivir plenamente.

Gabriel Rodríguez Bustos

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