¿Va el plebiscito?

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10 de agosto de 2020
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No se trata de quererlo o rechazarlo. El título alude a las legítima dudas sobre la realización de la consulta ciudadana fijada para octubre. Acerca del referéndum, como también sobre muchísimos asuntos políticos de actualidad, la dosis de incertidumbre es más grande que las habituales interrogantes sobre del futuro. Hay demasiadas variables que se proyectan sobre el devenir político y social de nuestro país en los próximos tiempos.

Primero, lo más obvio. ¿Para octubre, habrá pasado la emergencia sanitaria que nos asola por estos días? El mentado plebiscito tiene fecha para 76 días más. ¿Tendremos la confianza suficiente para concurrir a los locales de votación, después de haber vivido la crisis sanitaria más grande de nuestras vidas? ¿Será seguro hacerlo? Los más jóvenes, descreídos acerca de cuarentenas, distanciamiento social y cualquier precaución, probablemente no tendrían problemas en acudir. Si es que quieren hacerlo, porque hay que recordar que ese sector etario ha sido el de mayor abstención. Por el contrario, los que más han cumplido con su deber cívico desde que es voluntario, los adultos y los adultos mayores, son precisamente quienes más han respetado las medidas de resguardo ante la pandemia. ¿Irán a votar? Allí la primera incógnita.

Por otra parte, ¿habrá un clima de estabilidad y sosiego ciudadano que garantice, con seguridad, que cada quien emita su opinión sin presión alguna? ¿No estaremos, este octubre, viviendo una reedición de lo ocurrido en el mismo mes del año anterior? Si el país cae, nuevamente, en los desórdenes, saqueos y asonadas ya sufridos, ¿sería conveniente hacerlo? Es más, los resultados que arrojara la consulta, cualesquiera que fueran, ¿serían legítimos, si el ambiente que los enmarcó, fue convulso y turbulento? Más aún, esos resultados, ¿serían respetados por aquellos cuya opinión fue perdedora? Vale la pena recordar que, hasta en procesos muy tranquilos, siempre hay quienes cuestionan el veredicto popular, si este contraviene su postura.

Por último, ¿será sincero el apoyo de la dirigencia política a un plebiscito que podría despojarles de buen parte de su hegemonía, sabiendo que la opinión ciudadana es harto crítica de ellos y de sus partidos? ¿No será que una eventual suspensión de la convocatoria cívica les vendría muy bien, para evitar la pérdida de poder antes señalada?
Opino que la primera cuestión ya está resuelta. La ciudadanía perdió el miedo al virus y el respeto a las medidas de cautela. Baste mencionar las muchedumbres que este fin de semana abarrotaban multitiendas y comercios. Si hoy la ciudadanía está dispuesta a hacer dos horas de fila para comprar, ¿no podrían hacer lo mismo para votar, dentro de 76 días? La segunda cuestión también es clara. Las perturbaciones al orden público, atentados a la propiedad y demás componentes de las movilizaciones ya vistas, volverán a las calles, plazas y supermercados. Es seguro. Y si tantísima gente salió a las calles el pasado octubre, ¿no podrían salir, rumbo al local de votación?
Y respecto de la sinceridad del apoyo que la elite política dará al proceso, prefiero no opinar. La sinceridad de los políticos es un misterio que todavía no he logrado resolver.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

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