Una película en la calidez de la nieve

Un caraqueño (oriundo de Caracas, Venezuela) llega a Talca para dictar un taller de cine, pero pierde la computadora donde guardaba el contenido. La clase la dicta igual y, en el intertanto, conversa con Diario El Centro sobre su oficio, las crisis y sus vínculos con Chile. Por Marlyn Silva.

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9 de febrero de 2020
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Marcel Rasquin es un cineasta caraqueño, cuyo nombre resonó dentro y fuera de su Venezuela natal con la proyección de su ópera prima “Hermano”.

Aeropuerto de Lima, Perú, en un día de mitad de enero, Marcel corre como si lo persiguiera una manada de perros. Sentado en el asiento del avión que lo trasladaba desde Los Ángeles no parecía tan alto como ahora dando zancadas para abordar a tiempo el siguiente vuelo que lo conduciría al destino final: Chile.

Se quita la correa y los zapatos; saca el celular y la computadora portátil del bolso para pasar la revisión de seguridad antes de subir al avión, que está a minutos de perder. Se pone la correa y los zapatos; toma el celular, el bolso y entra al avión.

Al día siguiente, sentado en un café del centro de Talca, antes de comenzar el taller de cine donde figura como el único invitado internacional, abre el bolsillo donde suele guardar la computadora y no la encuentra.

Entierra las manos en el cabello encrespado, como si descargara en cada hebra la desesperación de haber perdido el aparato donde tenía el contenido de las clases que ofrecería, y un par de proyectos cinematográficos en desarrollo de los que no recordaba si existía un respaldo.

Antes de entrevistar a Marcel, saltó el recuerdo de mi época estudiantil cuando para evitar desgastarme en explicaciones sobre la existencia de una pequeña ciudad en el centro occidente del Venezuela llamada Carora, desde que comencé a estudiar en la universidad -en una de las capitales más importantes del país- decidí responder que mi lugar de origen era el estado (provincia) de Lara, cuando alguien me preguntaba por mi acento.

Aquella practicidad me valió el apodo que, hasta hoy, conservo entre las personas que me conocieron en los pasillos de la Universidad del Zulia. Para ellos me llamo Lara y a Lara envió un saludo escrito en un papel el Marcel Rasquin que recién estrenaba su primera película “Hermano” (2010).

“Para Lara: Lamento que estés en Lara y no en Mérida. Un beso. Marcel Rasquin”, está escrito con lápiz de tinta roja en una servilleta de algún bar, donde una amiga lo vio durante el Festival Nacional de Cine que solía celebrarse en esa ciudad de la cordillera venezolana.

Y es hasta hoy, una década después de esa anécdota, que reconozco la caligrafía de letras mayúsculas plasmada en aquella servilleta en la pizarra donde Marcel explica cómo se arma un guion de cine, en una ciudad que no es Mérida, en un país que no es el nuestro, en una clase que siempre quise escuchar y, después, en una entrevista que me inventé como excusa para faltar al trabajo.

Es verano y hace frío. Marcel alterna entre uno y otro trago de café, poniendo a bailar con la brisa helada de esta inusual mañana veraniega el humo de un cigarro, dos cigarros, mientras habla del cine, la tarea del escritor, las crisis y las razones que lo traen a la Región del Maule por segunda vez.

Después de aterrizar en Santiago, desde Los Ángeles, Estados Unidos –donde está radicado actualmente, junto con su esposa e hijos, viajó en tren hasta Talca, invitado por Marco Díaz, cineasta talquino organizador de Migrafest 2020.

Marcel Rasquin es un cineasta caraqueño, cuyo nombre resonó dentro y fuera de su Venezuela natal con la proyección de su ópera prima “Hermano”.

¿Le encuentra a esta zona algún parecido a otras ciudades del mundo que haya visitado?

“Se respira Latinoamérica. Particularmente, Constitución me pareció muy llamativo. La madera con la pesca y el surf y el turismo, ese choque interesante como de una cosa campestre donde hay industria de madera, de pesca, los camiones llenos de troncos gigantes saliendo por ahí, con restaurantes súper fancy, sitios donde se surfea y ese bosque es impresionante de observar y estar ahí con ese rugido de ese viento y ese mar es fascinante”.

¿Ese tipo de paisajes, así como lo está definiendo, es atractivo en términos de arte?

“Para mí sí, por supuesto. Yo camino por Constitución, por Talca y veo estas casitas con madera… Me interesa mucho ver el paso del tiempo… Visual y estéticamente me resulta muy llamativo y siento que hay historias hermosas dentro de esas casitas”.

El terremoto de 2010 marcó mucho en esta región, ¿Eso igual es madera para contar historias?

“Absolutamente. La materia prima de las historias son las dificultades, los conflictos, las transformaciones y un evento histórico que marcó y deja una cicatriz, no solo física sino en el alma de un país, ahí es donde los cineastas, los narradores, los contadores de historias, los storytellers, tienen que entrar a contarnos el mundo, lo que pasó, a hablarnos de nuestra propia identidad. El trabajo del escritor es precisamente darnos como un morral para entender la vida, para desentrañarla y darle sentido. Cuando ocurren cosas trágicas y duras ahí hay que mirar, repensarse. Es la misma sensación que siento con Venezuela y lo que nos ha pasado. El cine venezolano va a tener que explicarnos a nosotros mismos qué nos pasó, cómo llegamos ahí y cómo hemos padecido los últimos años. Es necesario”.

LAS CRISIS

El primer largometraje que escribió y dirigió Rasquin -“Hermano”- zambulle al espectador en la vida en las poblaciones venezolanas usando el fútbol como hilo común entre los personajes.

Cuando recién proyectaban el film en las salas de cine dijo en una entrevista para una revista venezolana que había escrito la trama bajo la premisa de la flor de loto, que crece en el pantano y aun así es codiciada. Así es Venezuela. Llega a ser caótica, pero querida, describió en aquel entonces.

Marcel ya no vive en su Caracas natal, pero la lleva adherida en el habla. Dispara y dispara modismos como quien inconscientemente se olvida que está en una sala llena de público mayoritariamente chileno.

El recuerdo del país se le engancha también para contextualizar cómo visualiza el oficio de cineasta que eligió, pese a tener puntaje suficiente para estudiar Medicina, como muchos en su familia.

Marcel Rasquin es un cineasta caraqueño, cuyo nombre resonó dentro y fuera de su Venezuela natal con la proyección de su ópera prima “Hermano”.

¿Podría llegar el momento en que el cine se sature de este tipo de historias de crisis sociales?

“A mí en lo particular no me mata el cine reaccionario, el ‘cine de protesta’, con agenda política, el que se convierte en una herramienta de lucha. Lo entiendo y entiendo que la forma de muchos artistas de protestar, de alzar su voz es justamente con su arte. Pero yo en lo particular aunque entiendo el activismo político, pero creo que el cine y el arte tienen la capacidad de transcender y me resulta más interesante un poco más de distancia para mirar atrás y contar esas historias sin tomar tanto partido o tratando de entender lo que no entendías cuando estabas en medio de la crisis, porque, si no, creo que me resultaría una historia un poco plana, como de los buenos y los malos, las víctimas y los victimarios, que seguramente hay mucho de eso, pero a mí me resulta interesante las historias donde incluso puedo generar empatía con el villano y con el antagonista, con las razones perversas o justificadas del opresor”.

¿No se arriesga con esto a que el público termine amando más al villano y que opaque al protagonista?

“Yo pienso que el cine es más interesante así, cuando es complejo, no cuando es tan maniqueo y tan fácil. Obviamente, todo el mundo tiene su visión y su postura, pero creo que el motor no puede ser decir ‘aquellos son unos malditos’ solamente. Para mí el hecho artístico y creativo de contar una historia va precisamente sobre las transformaciones y el aprendizaje, incluso, en momentos duros de absoluta tiranía tiene que haber aprendizaje, cómo llegamos aquí, qué nos pasó, qué tengo del tirano o qué tengo del asesino, esa persona que dispara contra unos estudiantes cómo duerme en la noche, cómo llega a su casa, cómo abraza a sus hijos. En vez de condenarlo a priori, me interesa entenderlo, no para perdonarlo ni justificarlo, pero me llama la atención ese ser humano complejo que necesita hacer compartimientos en su vida donde en teoría una cosa no toque la otra, porque esa persona llega a su casa y quiere a sus hijos, abraza a su esposa, es humano. Negarle la humanidad solamente porque han hecho cosas atroces yo intento evitarlo y por eso creo que en la distancia y el tiempo uno pueda pararse en un lugar como ese.

Y te lo digo siendo venezolano y viniendo de una dictadura atroz y feroz donde hay unos hijos de puta que se apoderaron del país y donde está una dictadura comunista férrea que no pareciera que vaya a cambiar en el corto plazo y eso me parte el corazón y me duele en el alma, porque eso ha hecho que tú estés aquí, que yo esté fuera de Venezuela y que cinco millones de venezolanos hayan salido del país, pero eso no quiere decir que yo no tenga la capacidad de hacer el esfuerzo de entender al guardia nacional (policía militar de Venezuela), que está igual que tú y que yo, atrapado”.

¿Como cineasta y escritor piensa primero en lo que quiere decir o en el espectador al que quiere llegar?

“La idea del espectador y de cómo otros pueden conectar con lo que yo estoy conectando viene posteriormente. Yo me siento como el primer espectador, como el primero que descubre algo, el primero que algo le resulta interesante. Si algo me llama la atención, me quita el sueño, me sacude, me conmueve y me perturba creo que debe haber gente que conecte con eso. Primero viene la inspiración personal y absolutamente íntima que luego se expande precisamente por el reconocimiento de la humanidad compartida que tengo con la gente que eventualmente la verá”.

CONEXIÓN CON CHILE

El cineasta y productor talquino, Marco Díaz, se conoció con Rasquin hace un par de años a través de una amiga venezolana en común. Ahora, trabajan en dos proyectos y uno de ellos podría traer al caraqueño a filmar en territorio chileno.

Después de “Hermano” este es el segundo largometraje de Rasquin y lo conserva con el celo natural de los proyectos cuando están en pleno desarrollo.

“Es mi segunda película. Tengo varios años desarrollándola. Está creciendo, están pasando cosas. Levantar una película no es fácil y, sobre todo, después de haber salido de Venezuela, de estar vetado en el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (Venezuela), de no contar con el instituto de cine de mi país, levantar esta película ha sido difícil, porque además el tema es controversial. Es una película pequeña, pero dura”, bosqueja.

La conexión con Díaz y su productora se debe a que el film tiene algunas secuencias en un escenario invernal. “La película no ocurre en la nieve, de hecho, ocurre en un lugar muy árido y caliente, pero hay unas secuencias que contrastan estética y narrativamente en la nieve”, explica Rasquin.

Es verano y hace frío. Marcel resolvió el despiste de haber perdido la computadora ante el público que lo esperaba en Talca, corrigiendo el nombre original de la actividad a “Taller (desordenado) de guion” y la píldora para calmar la revolución desatada en su cabeza, llegó cuando le notificaron desde el aeropuerto que el aparato estaba a salvo.

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