Una mirada necesaria

Este libro, del periodista Gabriel Rodríguez -explica la académica y escritora- “no parte ni se gesta en un momento de iluminación o conmoción, como sucede a menudo con la escritura de ficción. Es una escritura con pluma de escritor, rigor de historiador, raciocinio de investigador y contingencia de periodista”

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14 de junio de 2020
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“A ese recorrido de los datos de cada joven, sigue la descripción de sus anhelos, de cómo adhirieron a ideologías, a veces a movimientos y partidos de izquierda junto a sus parejas”.

Gabriel Rodríguez es un escritor de larga trayectoria. Ha incursionado en varias facetas literarias, tanto como creador, investigador, ensayista, crítico. En esas incursiones es indudable que lo ayuda su labor periodística. Por lo tanto, es dable esperar que en un libro como el que ahora comento, converja más de una faceta, porque todo escritor es, legítimamente, una persona que aprehende la realidad desde múltiples miradas, una de las cuales -en el caso específico de esta obra- tiene que ver con la investigación periodística.

En el plano de un recorrido histórico por uno de los temas más dolorosos de la dictadura militar chilena (1973-1990) y su secuela de destrucciones sociales, familiares y personales, el autor posa su mirada sobre las mujeres de ese tiempo, sobre todo en los inicios de la pesadilla. En este gran abanico que significa investigar sobre temas que abren grandes grietas entre el recuerdo y la realidad, el pasado, el pronto olvido, la ignorancia, el descrédito, pero también la persistencia de la memoria, en aras de una mirada que clarifique, informe, guíe y transparente lo que Chile necesita saber, Gabriel Rodríguez se interna en una de esas heridas no cerradas; los detenidos desaparecidos de la dictadura militar, una de las incógnitas que nunca han sido despejadas del todo en todas las décadas que han pasado desde entonces.

(…)
Aquí el mundo investigado se acota: como indica el título, recorre la historia de un grupo de jóvenes embarazadas y detenidas: sus nombres, datos, biografías; sus historias, sus familias, sus entornos, sus ilusiones de jóvenes enamoradas, sus parejas. En tal sentido, concurren aquí las facetas que describí al comienzo: porque está el dato histórico, el rigor necesario, las fuentes, las fechas, lugares, documentos. Nada falta, nada sobra. Pero a esta cita con la historia concurre también la mirada del escritor, del humanista, del compasivo narrador que se imagina, describe, revive la historia personal -y, a través de ellas, colectiva- y se conduele de los otros destinos.

¿Cuáles? El de los que quedaron: madres de las hijas desparecidas, como también hijos de ellas, algunos muy pequeños cuando se llevaron a sus madres con hermanos en gestación que nunca conocieron. Porque la tortura y la muerte siguen siempre con los que se quedan. Y había un mundo alrededor de ellas, gentes, amigos, otros familiares, testigos de una época que corre el riesgo de desaparecer entre oscuridades, negaciones o gestos que la deforman.
Hay mucha gente que queda para seguir recordando. Pero lo más importante es que se sume gente nueva a estos recuerdos. Porque las huellas de los recuerdos es inevitable que se terminan por esfumar o transformarse en leyendas, si no hay la necesaria revisión, las nuevas búsquedas, las antiguas pistas nuevamente encontradas. Porque la grandeza de este esfuerzo no solo es honrar la memoria de jóvenes mujeres que recibieron las heridas, dolores, torturas y muertes, sin tener una ayuda, un consuelo, un manto protector que las cubriera, a ellas y sus hijos en gestación. De alguna manera, recordarlas en este tiempo preciso de la historia, donde la figura de la mujer emerge desde tanta oscuridad de los tiempos, es un doble tributo: a su papel en la historia como tal y su memoria dentro de un tiempo acotado, pero universalmente reconocible.

“Mujeres Embarazadas y Desaparecidas” será publicado próximamente en México.

Este libro no parte ni se gesta en un momento de iluminación o conmoción, como sucede a menudo con la escritura de ficción. Es una escritura con pluma de escritor, rigor de historiador, raciocinio de investigador y contingencia de periodista, todo lo cual se vierte en un breve pero intenso recuento de un puñado de historias que apuntan a realidades plenamente biográficas, en cuyos contornos aparecen, cual fotografías en blanco y negro: Elizabeth Mercedes Rekas Urra, María Cecilia Labrín Sazo, Reinalda Del Carmen Pereira Plaza, Jacqueline Paulette Droully Yurich, Nalvia Rosa Mena Alvarado, Gloria Esther Lagos Nilsson, Cecilia Miguelina Bojanic Abad, Michelle Marguerite Peña Herreros, Diana Frida Arón Svigilisky, Gloria Ximena Delard Cabezas. Sabemos que detrás de sus imágenes hay cientos más de muchas mujeres a lo largo del país, de jóvenes, de ancianos, de trabajadores.

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La estructura del libro se orienta en una reflexión preliminar, que descansa en una sola gran pregunta: ¿POR QUÉ? ¿Qué condiciones se dieron como para que ocurrieran estos crímenes? Porque la respuesta, está claro, no se dará nunca en forma única, ni tampoco lo pretende el autor. La respuesta son muchas miradas, perspectivas y tiempos.
La parte nuclear del libro es el desarrollo de las historias. En función de un acotado estudio de origen periodístico-investigativo, está el inicio con los datos. Allí el factor temporal y espacial, el qué, el cómo, el cuándo, son la raíz de todo. Ubican a las jóvenes como trabajadoras, profesionales, estudiantes, haciendo una vida normal. A sus novios, esposos o parejas. A sus demás familiares. A sus madres, muchas veces las únicas que quedarán para buscar sus rastros desconocidos, ignorados por años. En otros, con protecciones legales, con personas que tratan de ayudar, de encontrar respuestas. Y un denominador común: aquí no hay finales felices, aquí la ficción no asoma, no puede asomar su rostro de esperanza. Aquí, el encantamiento, la imaginación, la posibilidad de torcer la anécdota por la voluntad de un narrador, no está. La imposibilidad de cambiar una realidad que ya fue, esa es la historia real. Es cierto: hay mucha parte de la historia- hablando de la historia, en general- sujeta a interpretaciones y esto, a medida que pasa el tiempo, abre un abanico por donde introducir un pensamiento, una interpretación, un pequeño desvío. Aquí no lo hay, porque el dato es durísimo en ubicar el contexto de cada una y sus circunstancias.

Nos enteramos del trabajo en el Metro de Santiago de Elizabeth, de sus estudios de Trabajo Social y su embarazo de cuatro meses; de la belleza de María Cecilia, de su detención “la noche del 12 de agosto de 1974” desde la casa de su madre, embarazada de tres meses, en un estado delicado, y de la búsqueda que hizo su pareja, Pascual Neves; de que Reinalda tenía 29 años y un embarazo de seis meses y el orgullo de su logro personal al recibirse de tecnóloga médica; de que Jacqueline logró retomar su carrera de Servicio Social y se había enterado de su embarazo y hacían planes con Marcelo, su marido; de que Nalvia ya tenía un hijo de dos años y medio al que llamaban “Puntito” y que estaba embarazada en abril de 1976, cuando fue detenida junto a su esposo y su cuñado; que Gloria Esther había trabajado en La Moneda cono secretaria del Departamento de Prensa, tenía tres hijos y estaba embarazada de tres meses y medio; que Cecilia vivía con su marido y su hijo de un año y medio en la comuna de La Granja, que tenía un embarazo de cuatro meses; que Michelle ya tenía un embarazo de más de ocho meses, por lo que es posible que su hijo viva; que Diana era una bella periodista que al sentirse perseguida huye y es baleada por la espalda, con un embrazo de pocas semanas; que Gloria Ximena era muy joven, madre de un niña y un niño muy pequeños y tenía un embarazo de cuatro meses.

A ese recorrido de los datos de cada joven, sigue la descripción de sus anhelos, de cómo adhirieron a ideologías, a veces a movimientos y partidos de izquierda junto a sus parejas. Aquí me detengo para observar la pluma delicada de Gabriel, sus matices para mostrar luchas y compromisos políticos y sociales dentro de un marco que no las restringe solamente a eso, sino a describirlas como mujeres felices, llenas de vida, alegres, que ya estaban atravesando por una etapa de restricción de libertades y que no tenían miedo, es más, cual más, cual menos, seguían adelante con sus ideales de antes. Surge la pregunta de sus jóvenes vidas, tan abiertas hacia los sueños colectivos y, qué duda cabe, parece extraño, en una sociedad como la nuestra, caracterizada por señales de egoísmo, indiferencia e ignorancia, muchas veces generados en el tipo de educación que ha guiado, con vacíos elocuentes, la historia del país. Por ese solo motivo, ya la lectura sobre las historias de estas mujeres se justificaría plenamente. Para algunos, será recordar; para otros, tomar conocimiento de una época que por mucho tiempo se ha tratado de mantener oculta por una falaz idea de enterrar el pasado. He aquí una de las honestas verdades que encierra este libro que respira dignidad y tolerancia en cada una de sus palabras.

Con singular oficio, el autor va mostrando no solo las circunstancias en que las jóvenes fueron detenidas sino la pesadilla que significó sus búsquedas, el día después para sus padres, sus familias, sus amigos. Y aquí está la relevancia indudable de varios organismos: la Cruz Roja, Amnistía Internacional, la Vicaría de la Solidaridad, organizaciones de derechos humanos, que intervinieron e intentaron sacar a la luz estas oscuridades. También personas particulares que arriesgaron sus vidas, familias y trabajos en pos de estas vidas.

La pregunta es siempre la misma: ¿Por qué no vencieron estas batallas? Porque organizaciones con poder absoluto como la Dina, el poder judicial, grupos de poder en todas las esferas públicas, frenaron toda respuesta. Es cierto, la historia ha cambiado, en el sentido que ahora la gente tiene el libre acceso -hasta cierto punto- a la información y la comunicación, aspectos que hoy son como el aire que se respira.

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Duele también constatar cómo gran parte de la prensa no colaboró con la verdad y así queda demostrado con sus publicaciones erráticas y parciales. Y cabe preguntarse cuán cerca o aún lejos estamos de una prensa imparcial o si eso es una utopía.

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“A manera de epílogo” es la reflexión posterior a los hechos narrados. La veo como el respiro reflexivo, la evaluación de un trabajo hecho con la debida dedicación, la fuerza y la honestidad como instrumentos ineludibles en un objetivo como el que se propone el autor. Es muy significativa esta cita: “al no militar en ningún partido político supongo que mi pecado es haber sido y ser un defensor de los derechos humanos. Imagino que soy, como tantos otros, ‘un periodista molesto’. Tampoco fui el único. Fuimos miles en todo el país”. Creo que aquí se instala el significado singular de este libro- investigación- testimonio: en la honradez a toda prueba, en trabajar con materiales del dolor humano e histórico sin caer en recursos baratos o facilistas. El tema en sí mismo es tan potente que podría malograrse con un arbitrario manejo de los datos, en que un autor, bien intencionado pero con un ingenuo afán de protagonismo, pudo haber torcido la historia. Aquí, en su misma estructura ordenada, en su regularidad, en su estilo contenido y sencillo, radica también su fuerza y su verdad.

La delación, el extermino, la tortura, el silencio, la persecución, parecen pesadillas lejanas. Pero ¿qué tan lejanas? Las vemos en distintas partes del mundo, en todos los días de nuestro tiempo, y, con certeza, de los que vendrán Por eso es necesario que investigaciones como las de Gabriel Rodríguez y de otros autores sigan adelante.
Por verdad, justicia y memoria siempre.

Susana Burotto Pinto

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