Un problema de “moralidad pública”

El “estallido social” que se gatilló en octubre, es probablemente el peor de nuestra historia. Ha afectado a más gente que nunca antes, prácticamente en todo nuestro territorio. Las nuevas tecnologías comunicacionales, han hecho que su impacto sea instantáneo y sin filtros que lo atenúen. Según la encuesta del Centro de Estudios Públicos conocida la semana pasada, un tercio de los chilenos creemos que el país está “en decadencia” y más de la mitad opinamos que la situación económica es “mala” o “muy mala”. Algo menos de la mitad (47 por ciento) cree que nuestra democracia funciona “mal” o “muy mal”, pero al mismo tiempo, un 64 por ciento la valora como forma de gobierno, en un aumento importante respecto del 52 por ciento de 2017.

Esta medición es un buen reflejo de la confusión imperante y del desencanto de muchos. Permite, sin embargo, abrigar esperanzas de que todavía hay acuerdos posibles, como es el caso de una nueva Constitución, favorecida por dos tercios de los consultados.

Es como un eco, en estos días, del famoso discurso de Enrique Mac-Iver en el Ateneo de Santiago, el 1 de agosto de 1900, cuando sostuvo que “me parece que no somos felices”. D durante todo el siglo pasado, hubo parecidos análisis, tanto en discursos como en textos memorables. Los oradores políticos van, en mi opinión, desde Arturo Alessandri Palma a Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. Entre los textos más significativos se incluyen: Balance patriótico, de Vicente Huidobro (1925); Cómo salir de la crisis, (1931) de Carlos Keller; Chile, un caso de desarrollo frustrado (1959), de Aníbal Pinto; En vez de la miseria (1958) y La crisis integral de Chile (1966), de Jorge Ahumada.

Mac-Iver, al definir el estado de ánimo de los chilenos, sostuvo que “se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones, sino de todo e1 país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, y la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones: el presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”.

Su diagnóstico fue demoledor. La razón, agregó, una sola: la falta de moralidad pública.

Mac-Iver estaba convencido de que Chile volvería a transitar por el camino del progreso. “Señalar el mal es hacer un llamamiento para estudiarlo y conocerlo y el conocimiento de él es un comienzo de la enmienda. Una sola fuerza puede extirparlo, es la de la opinión pública”.

Insistió en ello al terminar su intervención:
“Tengo fe en los destinos de mi país y confío en que las virtudes públicas que lo engrandecieron volverán a brillar con su antiguo esplendor”.

A lo largo del siglo XX, Chile fue capaz de crear una nueva Constitución y establecer un sistema de controles de la probidad pública que hasta cierto punto respondía a la inquietud de Mac-Iver. Pero, aprendimos en una dura experiencia, nuestro país sufrió también una profunda crisis democrática.

No es que no hayamos tenido buenos líderes. Los hubo, sobre todo en el intenso período entre 1930 y 1973. Pero los cambios de la sociedad, las nuevas formas de comunicación, el descontento acumulado por los abusos sin control -la “falta de moralidad pública” diría Mac-Iver-, terminaron por pasarnos la cuenta.

Abraham Santibáñez

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