Trump en el banquillo

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23 de diciembre de 2019
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El primer round, como estaba previsto, la ganaron los demócratas Al anochecer del miércoles pasado (18 de diciembre) los miembros de la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobaron las dos acusaciones contra Donald Trump: el artículo sobre “abuso de poder” obtuvo 230 votos a favor y 197 en contra (195 republicanos y dos demócratas), y el de “obstrucción al Congreso” recibió 229 votos a favor y 198 en contra (incluyendo en este caso tres deserciones demócratas y una abstención). Bastaba con 216 votos.

En 243 años de historia republicana, Trump es el tercer presidente de Estados Unidos en ser sometido a juicio político o “impeachment”. Un cuarto mandatario, Richard Nixon, optó por renunciar antes de ser destituido.

El capítulo de Trump, pese a algunas dilaciones en su tramitación, debe culminar en enero cuando se vote en el Senado. Dado que los republicanos son mayoría y no tuvieron deserciones en la Cámara Baja, el futuro de Trump no está en peligro. El Senado no dará su aprobación al “impeachment”. Y en noviembre, todos los comentaristas aseguran que Trump ganará la reelección sin mayores problemas.

En definitiva, la acusación, sin implicar la salida anticipada del poder de Trump, está demostrando la profunda división que sufre Estados Unidos. La responsabilidad es, por cierto, del atropellador y desconsiderado estilo del presidente. No tiene precedentes. Aunque los últimos gobiernos demócratas (Clinton y Obama) mantuvieron la política económica tradicional, abrieron sin embargo las puertas a la ayuda a los marginados, como fue el caso del “Obamacare», un amplio programa de salud. Los gobiernos republicanos (Bush padre e hijo), desarrollaron por su parte una dura política exterior, pero nunca llegaron al extremo personalista de Trump, quien no vaciló en generar un conflicto global con su política arancelara frente a China.

Trump, como el legendario elefante en la cristalería, ha demostrado no tener cuidado alguno en sus relaciones internacionales. No ha sido deferente ante a otros líderes mundiales. Este año, por ejemplo, “confianzudamente” se saltó el protocolo con la reina Isabel de Gran Bretaña; ha empujado a más de un colega para estar en primera fila en la foto oficial. Y no se puede olvidar que involucró al presidente de Ucrania en su campaña por la reelección. Como si fuera un subordinado suyo, le pidió que investigara al hijo del ex vicepresidente Biden si no quería perder una ayuda de 400 millones de dólares (la cual, se recordó en la votación, había sido aprobada por el Congreso).
Al mismo tiempo, se ha negado reiteradamente a entregar al Congreso documentos que se le pidieron.

Una muestra de su grosero estilo la dio en vísperas de la votación del impeachment. En carta dirigida a Nancy Pelosi quien lidera la Cámara de Representantes y presidió la votación, trató de explicar sus razones, pero sobre todo amenazó a los demócratas por poner, según él, en peligro el sistema democrático. La Casa Blanca envió luego la misma carta los demócratas en un sobre navideño.

Al iniciar el debate de más de ocho horas en la Cámara que culminó con la votación en contra del presidente, Nancy Pelosi lo calificó como una “amenaza continua a la seguridad nacional”. Y reiteró: “Estamos aquí para defender la democracia del pueblo”.

Es una discusión que está lejos de terminar.

Abraham Santibáñez

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