Toledo

Los momentos vividos en Toledo, vieja ciudad medieval de España, son inolvidables. Al recordar viajes que me tocaron hacer, por razones de estudios, debo decir que llegar a esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad, me cautivó. Imagino que, en estos meses, sus habitantes viven circunstancias semejantes a las nuestras, causa de la pandemia que pone en jaque al mundo entero.

Justamente, al no poder viajar ahora, creo, nos surgen vivos y presentes, hechos, situaciones e imágenes que, hace un par de décadas pude disfrutar.

Estaba con una pasantía en la Fundación Xavier Zubiri, cuyo centro está en Madrid, y donde permanecí alojando por un mes en un hospedaje para estudiantes y profesores. Durante la semana, únicamente tenía que leer e investigar sobre el filósofo vasco, para preparar mi tesis. Lo hacía mañana y tarde. Disponía de un buen escritorio y excelente biblioteca. Desayunaba en el hospedaje, en mi pieza. Para el almuerzo, debía buscar colación. Para la noche, una colación en el dormitorio. Era enero, crudo invierno y frío madrileño.

El árido estudio, estimulaba a caminar y tomar un buen café. Lo hice por las calles de Madrid, ciudad amable al peatón. De este modo, fui descubriendo lugares: el Parque Retiro, o El Museo del Prado, al que frecuenté, los fines de semana, pues era gratis; la Puerta de Alcalá, fuente Cibeles, palacios, etc.

Sin embargo, en búsqueda de salir, pude viajar un fin de semana desde Madrid en tren a Toledo, a 74 kilómetros. Lo hice en el “Ave”, que no demoró más de una hora. Mientras viajaba, mirando por la ventana el atardecer de las praderas castellanas, un profesor de historia, se acercó a mí y conversamos. Muy atento, me dio un dato dónde encontrar un pequeño hotel, “que le va a encantar”.

Así fue. Al bajar al andén, me dirigí a la ciudad. Era ya la noche. Poco a poco, me interné por caminos estrechos, edificaciones de piedra, con caprichosa disposición, altas y bajas, según los accidentes geográficos lo exigían. Allá un puente, por acá, una bella explanada. De pronto, una inmensa edificación que me hacía elevar la mirada: la catedral. Conmovido, seguí las indicaciones por callejuelas angostas, hasta dar con el hostal. Un verdadero sueño.

A la mañana, tenía mucho que recorrer… Inicié mi marcha, hacia la casa del Greco, convertida en museo, para apreciar su obra maestra, “El entierro del conde de Orgaz”. Permanecí contemplando. Luego, fui a la mezquita árabe y la sinagoga judía. Huellas de tiempos de encuentro entre religiones y culturas: musulmana, árabe y cristiana. Cierto, Toledo, encanta, despierta memoria y hace volver una y otra vez a sus rincones llenos de historia y cultura…

Horacio Hernández Anguita
Villa Cultural Huilquilemu UCM

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