Talquinos, los muy nobles y muy leales

Rasgos anecdóticos, simpáticos y otros no tanto ayudan a definir al talquino. La búsqueda personal de un “nacido y criado” en la ciudad del Trueno

publicado por

Avatar
2 de agosto de 2020
280

Siempre me ha llamado la atención la identidad actual del talquino, conocer los elementos que la configuran, sus costumbres, creencias, moral y tradición. Qué es lo que finalmente nos conforma como sociedad, en este incierto siglo XXI, digno de un mundo distópico anunciado en la literatura de George Orwell o en el cine de ciencia ficción. ¿Cómo somos los talquinos? ¿Qué es la talquinidad? ¿Que nos diferencia de las otras ciudades o pueblos?

Usted, con este diario en sus manos o, más probablemente en su celular o notebook, coincidirá con algunas de las apreciaciones que compartiré, otras las discutirá o creerá que estoy profundamente equivocado. Igualmente, expongo mis definiciones de talquino, a riesgo de que sean incorrectas o insuficientes: El “talquino” es: A) El nacido y criado en Talca que aún vive ahí. B) El nacido en la ciudad, pero vive en otro país o ciudad. C) El que por alguna razón llegó a Talca y aún sigue ahí. En esa línea, recuerdo que el histórico arquero argentino de Rangers Arturo Rodenak exclamaba con su gran vozarrón de fumador “¡Yo soy más talquino que los propios talquinos!”. Gran esfuerzo del “Palitroque”, se le agradece, seamos como seamos.

Esta inquietud personal, que asumo que no sólo yo tengo, tiene su origen en el comentario de una colega que tuve en un colegio del puerto de San Antonio. Era mi segundo trabajo como profesor y la primera vez que vivía en otra ciudad, cuando un día comenté que vendría de visita a Talca. Al instante ella exclamó “¡Talca es tan feo, fome, la gente es pesada, agrandada, arribista, más encima el mall vale callampa!”. Por alguna razón me sentí ofendido; lo paradójico fue que yo pensaba lo mismo y era el motivo por el que había huido de ese agujero negro y frío, buscando el sol y el mar de El Quisco. Recuerdo que metido en esa sala de profesores de un colegio de educación para adultos sentí el deber de hacer una defensa. Quizás fue muy dura con el mall, me pasó eso que nos ocurre de adolescentes cuando odiamos a los padres, pero no soportamos que nadie los ataque. Mis argumentos se redujeron a un balbuceo, luego moví la cabeza y me fui humillado.

RANGERS DE TALCA Y LA DEVOCIÓN POR SAN SEBASTIÁN
Ya han pasado casi 12 años de eso y a veces, cuando estoy aburrido, pienso en lo que le respondería a la profesora. Aún busco esa identidad de los talquinos. Por lo mismo, este texto es un llamado de auxilio, a ver si encuentro respuesta a esta reflexión. En primer lugar, partiremos entendiendo identidad como el conjunto de rasgos comunes, sociales y culturales, que nos hacen diferentes a las personas que habitan otras ciudades, sociedades, culturas y pueblos. La idea es pensar en cuáles son esos valores y tradiciones que funcionan como sustrato para fundamentar el sentido de pertenencia de quienes viven o vivieron en Talca. Si se trata de enumerar algunas tradiciones o costumbres que se conservan hasta 2019 (no sé si seremos otros cuando salgamos del encierro en este año 2020, inexistente socialmente) pueden ser elevar volantines y comer un asado en el cerro La Virgen o en la ribera del Río Claro (que, de claro, no tiene mucho, pues además oculta oscuros secretos), tomar mote con huesillo en la Alameda o en el río, y ser hincha del equipo local. Esto último me genera una desazón profunda, pues Rangers, conocido equipo “ascensor”, siendo bien honestos, no ha ganado mucho, sin ánimo de ofender al pueblo rojinegro. Otra tradición relevante es la devoción por el San Sebastián de las faldas del cerro, que “hizo” pasar de curso a cuánto estudiante o libró de embarazos adolescentes a otros tantos. También se me viene a la mente las compras de fin de semana en el CREA, antigua vega de Talca, o el clásico paseo mañanero a la feria de las pulgas de la 11 Oriente. Ambos espacios nos recuerdan que en Talca la ruralidad está muy presente en la urbe.

GALLINAS, CHURRASCAS Y APELLIDOS
Cabe mencionar que casi todo el Talca de los últimos 30 años ha sido emplazado en terreno agrícola; puedo dar fe de que aún existen gallinas en muchos patios de la ciudad, pues he caminado las calles del trueno en varias madrugadas, desde la Faustino González hasta la Magisterio, acompañado del canto de los gallos que anuncia el amanecer. Asimismo, se observa que la tradición culinaria aún persiste en nuestra vida urbana cotidiana, pues cada dos cuadras encontramos braseros o parrillas que dan vida a la gloriosa churrasca. El aroma de esta masa dorada al calor del carbón nos confirma que vivimos el día a día en este ensamble entre campo ciudad. La churrasca es transversal: escolares, oficinistas, comerciantes ambulantes, todos gozan de su suavidad y sabor efímero, pues al enfriarse, más recuerdan a un tejo de rayuela. El chancho en piedra, propio de la zona y desconocido hacia el norte o hacia el sur, también responde a esta lógica. Igualmente, el afamado y siempre polémico en redes sociales, completo talquino debe su fama a su preparación a baño maría. Amado u odiado, nunca indiferente.

Otra característica del ser talquino es la fascinación por los apellidos. No es raro que a alguien de apellido vinoso o con hartas erres se le pregunta de qué familia es. Hay una importancia en apellidarse de esta u otra manera, lo que es irrelevante, por ejemplo, en lugares donde la inmigración ha sido histórica y masiva, como en las ciudades puerto, por ejemplo. Esta “distinción” social parece abrir la puerta para cualquier trabajo o negocio y se nota desde el colegio, cuando el de apellido raro gozaba de cierto reconocimiento, muy distante de los méritos que tuviera. En otra ocasión, tuve una colega en la universidad donde hago clases ahora, quien venía de Santiago a ocupar el cargo como directora de una carrera. Una vez me dijo que yo era el único talquino que nunca le había preguntado “de cuáles Echeverría era”. “¿Por qué les importa tanto eso de los apellidos?”, me decía. Supongo que no lo soportó y no duró más de un año en la ciudad. Este arribismo transversal, sobre todo en el traspaso de lo rural a lo urbano, donde se pretende ser lo más capitalino posible, lo de los apellidos puede responder a la diferencia entre patrones y peones. Siguiendo ese razonamiento, los patrones vendrían a ser hoy en día los empresarios, los jefes, las familias acomodadas clásicas de la ciudad, las comunidades extranjeras como árabes, italianos, españoles. En la otra vereda, el asalariado o el ciudadano de a pie.

LA HERENCIA DEL LATIFUNDIO
Hasta aquí, los rasgos comunes que observo en los talquinos suenan anecdóticos y simpáticos. Sin embargo, hay aspectos que me resultan tristes y dolorosos en el “ser talquino”, como la normalización del abuso y la falta de moral, quizás heredados de los tiempos del latifundio, donde peones o campesinos podían ser golpeados, humillados y hasta asesinados por sus patrones, actos invisibilizados o simplemente validados en la época. Creo también que la dictadura viene a reafirmar esa condición de abusados, que parece persistir en las relaciones de poder o de subordinación. Un ejemplo brutal y bastante significativo es que la ciudadanía eligiera a un alcalde que nos trata de “muertos de hambre”, envuelto en casos de corrupción y luego sea votado para ser senador. Acto seguido, elegimos como alcalde a otro personaje, que anteriormente, como funcionario municipal, firmó horas laborales en días inexistentes en el calendario. Y para colmo, en las elecciones presidenciales obtiene alta votación quien arrasara con el banco de la ciudad en los años 80. Algo no anda bien, al parecer, en esa costumbre de dotar de poder a quien abusa o humilla, en nuestras caras, sin pudor. Los mismos parámetros veo en el crimen de La Calchona, cerrando los 80. Ese secreto a gritos, ese “hacernos los locos” como ciudad, pues todos sabemos quiénes fueron los culpables, que fueron encarceladas personas inocentes y que los asesinos nunca pagaron.

NACE UNA ESPERANZA: EL NUEVO TALQUINO
Una luz se observa al fondo del camino, en hechos más recientes, pues la ciudad se ha volcado a las calles ante la injusticia social, destacando los movimientos ligados al cuidado del medio ambiente, el feminismo, grupos vecinales y el aporte de las ONGs, fundaciones y centros culturales. El protagonismo de la ciudad del trueno en el estallido social es innegable, lo que, sostengo, también tiene relación con una renovación generacional, jóvenes más conectados con el mundo gracias a las tecnologías y, por supuesto, la llegada de extranjeros de América Latina y otros lugares a nuestra ciudad, que han hecho florecer la diversidad en muchos ámbitos, en las poblaciones, en el comercio y en salas de clases.

 

Si tras leer estas líneas usted cree que es más común encontrar los defectos que los aspectos positivos, quizás esté en lo cierto. Siguiendo la lógica de la identidad, veamos cómo nos ven los otros pueblos. Se habla de una rivalidad histórica con los curicanos porque al parecer no nos merecíamos ser la capital regional. Por otra parte, a lo largo de Chile nos recuerdan por el incidente de las guaguas cambiadas del hospital (en Youtube se puede encontrar una banda de punk llamada “Hospital de Talca”), por el primer caso de Covid 19 en Chile, un concejal que recibió una bolsa de excremento en su cuerpo, el desmantelado Banco de Talca y el pan mojado del completo. Para colmo existe el dicho “hacer la talquina”, que se refiere a una traición. También se nos tilda de “pesados” y “agrandados”, o huasos porque utilizamos palabras como “bombona” o “pan francés”, para el cilindro de gas y la marraqueta.

Recuerdo que ese día de abril, después del incidente con la profesora, caminé por las calles de San Antonio, tomé la micro que me llevaría a mi casa en El Quisco, mientras seguía pensando en Talca y en la repulsión que ella le tenía. A la altura de Cartagena, subieron dos payasos a hacer una rutina a cambio de monedas de los pasajeros. Tras un show humorístico bastante vulgar, se me acercaron y casi bajo amenaza les di una moneda de 500 pesos, bastante valiosa para mí. Me lo agradecieron y se sentaron a mi lado “¿De dónde eres flaco?”, me preguntó el más grande. Temeroso, respondí y los dos se rieron. Conocían La Sota, habían carreteado en la calle roja, la 10 Oriente. Para empatizar, les dije que la conocía perfectamente, que un tío tenía un bar ahí, mencioné algunos locales que ellos recordaban. Afortunadamente, se bajaron en Las Cruces. Algo perturbado, me pregunté si sería mejor ser sanantonino, o cartagenino, o crucino… después de todo, no es tan malo Talca, pensé. Al llegar a mi destino pasé a un negocio y pregunté por el valor de la bombona, el almacenero me miró y me dijo que no entendía, “el gas”, le dije-, “la bombona de gas, es que soy de Talca”.

Hugo Villar Urrutia

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here