Sanitos, sanitos

Mi abuelita decía que las guaguas estaban sanitas si tenían la cara regordeta, los cachetitos (pómulos) colorados y rollitos en los brazos, piernas, cuello y allí donde les cupieran. Claro, en aquellos años, la desnutrición, el raquitismo como decían entonces, campeaba en el país y para las madres era una felicidad que sus retoños lucieran ese sobrepeso que se consideraba saludable y feliz.

Medio siglo más tarde, las cosas han cambiado.

Hoy nos enteramos que nuestro país ha alcanzado el dudoso honor de liderar la obesidad y el sobrepeso entre los países de la OCDE, con los que tanto nos gusta compararnos. Según los datos publicados, el 74% de los chilenos presenta sobrepeso u obesidad, superando, por ejemplo, a Estados Unidos, que es el creador de la comida chatarra y el paraíso de las hamburguesas, las gaseosas y todo lo que exude calorías, grasas y azúcar.

Los datos ahora conocidos son alarmantes, especialmente a nivel escolar, segmento que exhibe cifras que deberían ser una de nuestras preocupaciones mayores. Se ha informado, por ejemplo, que el 51% de los niños de prekinder padecen de sobrepeso u obesidad. Es por eso que la Federación Mundial de Obesidad ha predicho que, para 2030, Chile tendrá nada menos que 774.000 obesos menores de 20 años. Lo anterior ha sido dramáticamente corroborado con otro estudio, la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia, que siguió la evolución de 20.000 niños chilenos que, en 2010, tenían entre 0 y 5 años de edad y que presentaban peso normal.

Siete años más tarde, en 2017, casi la mitad (46,9) de ellos presentaba sobrepeso u obesidad.
¿Qué está pasando? ¿Por qué Chile pasó, de tener problemas de desnutrición, a problemas de sobrepeso en sus niños? La primera respuesta, por cierto, radica en la alimentación que proporcionamos a nuestros niños. La cantidad de azúcar, de grasas y de sal que damos a los niños son, en sí mismas, la raíz de la obesidad. Y las madres, que son las principales responsables de la alimentación que se da a los niños, privilegian alimentos ultraprocesados por ser fáciles de preparar, baratos y de un formidable respaldo publicitario, llenos de endulzantes, preservantes, colorantes y, además… baratos.

Pero, junto con la triste realidad descrita, hay otras aristas. Hemos cambiado el simple vaso de leche por el yogur, con aditamento de cereal endulzado, trozos de sucedáneos de frutas, endulzados también. Hemos reemplazado el sencillo helado “de agua”, por otros llenos de crema, chocolate y menjunjes calórico y grasosos. Hemos aumentado de manera estratosférica el consumo de pan, margarina y cecinas, a la vez que disminuido en igual proporción la ingesta de verduras, legumbres y frutas. Y la guinda (almibarada) de la torta (con mucha crema) de esta obesa tormenta perfecta ha sido la determinación escolar de hacer de la Educación Física una asignatura opcional.

Nuestras abuelas jamás imaginaron que aquellos niños “sanitos, sanitos”, al cabo de unas pocas décadas transformarían aquel aspecto rubicundo en uno de los problemas de salud pública más acuciantes de nuestro tiempo.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

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