Salir del encierro para escuchar al otro

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25 de agosto de 2020
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Es común auto-complacerse a sí mismo, vivir desde el concepto de vida personal y exclusiva sin atender al otro (nuestro semejante) que al igual que nosotros tiene necesidad, interés y compromiso, acostumbramos a mirar el mundo real y concreto desde nuestra individualidad, el ser primordial de una entidad propia exclusiva y excluyente, personal y única, lo cual puede tener sentido y referencia propia, pero debemos cultivar una sana buena convivencia para escuchar con plena atención al otro, sobre todo, aquellos postergados y marginados de la sociedad, a quienes podemos tratar de comprender en el ámbito de su necesidad, ponerse en el lugar del otro para entender su particular existencia, todos debemos hacer esfuerzos en no ensimismarnos en el privilegio del sentido del ser, la esencia de la condición humana.

Si acostumbramos a recorrer las callejuelas de la ciudad o los laberínticos senderos del mundo rural, si escuchamos al semejante que transita justo en la vereda del frente, al mendigo que golpea nuestra puerta para pedir un trozo de pan o las migajas que caen de la mesa, experimentar, en vivo y en directo, la realidad excluyente de la sociedad moderna donde las personas pasan a ser un número en una serie, simple estadística y sumatoria, si no tenemos tiempo para observar con detención lo que nos ocurre como organización social y política de un país en crisis que suplica atención y mitigación del dolor ajeno. Entonces, es cuando, debo abandonar la comodidad de mi hogar para estar presente ante los requerimientos urgentes del hermano que sufre el dolor del abandono, la miseria como condición vital ante el egoísmo de quien tiene la fortuna de un mejor pasar económico sin mayor dificultad para enfrentar los avatares de la existencia humana por sobre la faz de la tierra.

En ocasiones, creemos que nuestras necesidades son las mayores en la sociedad moderna del siglo XXI; pero, a raíz de la mala distribución de la riqueza, los conflictos sociales, políticos u económicos, el egocentrismo exagerado de la personalidad de muchos y miles que se parapetan en recintos particulares y privados, en una sociedad sesgada y excluyente, atomizada en recintos especiales a los cuales se protege y niega el acceso, por lo cual no podemos mirar la realidad concreta en un mundo en evolución y cambio constante; entonces, proponer que nuestras necesidades personales son las peores del mundo es un desacierto y desatino.

Debo aprender a reconocer la realidad a mi alrededor; pero también, en el mundo distante y ajeno, descubrir a los marginados en su dolor y desencanto cotidiano, aquel quien no sabe si tendrá alimento el día de mañana o un lecho donde dormir, aquel a quien no atiende el estado ni la sociedad, aquel que se satisface con una moneda casi arrojada para evitar contagiarse de pobreza.

Invito a salir del encierro para escuchar al otro, mirar con delicada atención la sobrevivencia de miles y millones al amparo de la incertidumbre, dedicar toda nuestra atención en los semejantes más desvalidos para mitigar su dolor y satisfacer sus necesidades, escuchar el rumor de la necesidad en los campamentos, en las poblaciones marginales, en la desigualdad ante la salud, la educación y el acceso a los bienes y servicios, todos deberíamos poder acceder a una existencia placentera y agradable y por lo mismo, quienes se encuentran en la vereda del frente pueden cruzar la calle y permitirse demostrar solidaridad y caridad con el hermano sufriente en la miseria. Sólo debemos ofrecer parte de nuestro tiempo, de seguro, será gratificante.

Marcelo Sepúlveda Oses
Profesor

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