Retorno de la insensibilidad

Parecería que es un hecho irrefutable que el estallido social nos ha remecido a todos. La explosiva expresión del soterrado malestar de vastos sectores, generó variadas reacciones, casi todas positivas. Una gran mayoría, según encuestas recientes, cree que es necesaria una nueva Constitución. Incluso quienes no están de acuerdo, piensan que de todos modos hay que hacerle modificaciones a la ley fundamental vigente. Tampoco hay dudas acerca de la necesidad de crear una mejor legislación en muchos ámbitos.

El diagnóstico parte de la comprobación de fondo de que el “modelo” económico se aplicó sin control. Se confiaba, ingenua o ciegamente en que el mercado impediría eventuales excesos. No fue así. Lo ocurrido con las pensiones, los servicios de salud, la educación, la salud pública, la seguridad pública y las condiciones laborales demuestra que el autocontrol era un mito. Era como dejar al gato a cargo de la carnicería. O como dejar fluir el tráfico sin semáforos, sin límites de velocidad, ni exigencias mínimas para vehículos y conductores.
La explicación, como hemos visto en los últimos meses, apunta a la penosa comprobación de que los chilenos vivimos por décadas sin percatarnos de que estábamos en falta en valores fundamentales. Es imposible una sana convivencia sin conciencia ética y cívica y sin respeto a la dignidad de las personas. Sin solidaridad, en suma.
Lo malo es que la supuesta revisión de valores que se produjo tras el estallido social está plagada de debilidades. En este verano que termina, mientras la mayoría se esfuerza por recomponer la convivencia mínima, hemos sabido de nuevos ejemplos de insensibilidad. La tipología del “propietario” de la playa en el lago Ranco persiste: el personal a bordo de un bus del recorrido Pucón Santiago rechazó con dureza a un pasajero con síndrome de Down, en sus palabras por ser “un enfermo”, Con menor franqueza, no pocos compatriotas se han molestado porque una estudiante chilena, que nunca estuvo en peligro de contagiarse con el Corina Virus, después de un largo calvario, haya llegado de China y se le haya permitido seguir viaje a su casa en Concepción. No lo dicen públicamente, pero acusan en privado a las autoridades de no asumir sus responsabilidades.

Entre los sectores que no han aprendido nada hay que incluir de manera destacada a los publicistas. Se supone que, por su oficio, están siempre atentos a los sentimientos y reacciones del público al cual deben convencer de la bondad de determinados productos o servicios. Pero, con una falta de criterio propia del pasado, no pensaron en lo poco oportuno que es ilustrar cuadernos escolares con grafitis, algunos violentos. Peor demostración de una imperdonable falta de contacto con la realidad fue la publicidad con menores de edad en poses eróticas y provocativas. Los productos ofrecidos eran prendas de vestir para escolares. Es evidente que estos creativos nunca escucharon a “Las Tesis” ni se dieron cuenta de su mensaje.

Chile vive un momento difícil. El remezón social ha despertado esperanzas, pero también temores. Parece clarísimo que el único camino consiste en atender a lo que tradicionalmente se han llamado “los signos de los tiempos”.

El mensaje es claro: si no sabemos escuchar, menos vamos a poder reconstituir nuestro herido y maltratado cuerpo social.

Abraham Santibáñez

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