Reportaje: Una vida de torturas y esclavitud

Por Gabriel Rodriguez Bustos. Cada vez que sale a la luz un relato que cuenta la historia de los colonos de la Colonia Dignidad, no deja de sorprender el nivel de atrocidad. Algo que sucedió en Chile, ante la impasividad del Estado, y que sigue marcando la vida de muchas personas. Gabriel Rodríguez, en esta primera parte, nos recuerda que el horror existe y tiene consecuencias.

Horst Schasfrik y Helga Bohnau I

Llovía suavemente ese domingo de mayo. Salimos a media mañana rumbo a Colonia Dignidad. Era el Día del Patrimonio Cultural. Ana María llevaba flores y lo primero que hicimos fue visitar las riberas del río Perquilauquén y ponerlas en la modesta placa en homenaje a las víctimas chilenas del enclave declarado Monumento Nacional el año 2018.La belleza del rio y de las montañas nevadas era sobrecogedora. Nos dirigimos a la vivienda que ocupan Horst y Helga junto a sus dos hijos. Los habíamos conocido en algún encuentro en Parral para abordar los complejos temas relacionados con la memoria.

Horst es apicultor y con un enorme esfuerzo ha logrado crecer y trabajar de manera independiente. Helga se dedica a criar algunos animales, a cuidar a los niños y a apoyar a Horst. Después de los saludos, conocer a sus hijos y conversar sobre temas de mutuo interés nos sentamos en el comedor, saqué la grabadora y pregunté a Horst qué le parecía la propuesta de reparación de la cancillería alemana, que anunció la entrega de siete millones y medio de pesos a las víctimas alemanas y a los chilenos esclavizados por Schäffer y los jerarcas.

“El aporte de la cancillería alemana hay que entenderlo de otra manera”, dice, “no es una reparación. Yo trabajé como 45 años sin contrato de trabajo, sin sueldo, sin imposiciones, sin horario, trabajando como 15 horas al día. Mi vida útil se fue sin recibir ni un peso. Si calculamos todos esos años, eso suma unos 180 millones…entonces… ¡Qué perdida de nuestra vida! ¡No se paga con 7 millones! Nuestros dos hijos necesitan un tratamiento dental y frenillos por unos tres años y eso vale 7 millones. Entonces es solo una pequeña primera ayuda. Nosotros sabemos que ese es un logro de los parlamentarios alemanes que, con todo su corazón, su misericordia y su esfuerzo presionaron al gobierno alemán y exigieron este aporte que ojalá sea para pronto y sin mucho papeleo. Pero indemnización no lo es”, afirma con pasión.

Horst preside la organización denominada “Asociación por la verdad, la justicia, la reparación y dignidad de los ex colonos” (ADEC Chile) que agrupa a los ex colonos víctimas y que demandan una efectiva indemnización de los Estados de Chile y Alemania por los años de esclavitud, abusos y sufrimiento vividos en Colonia Dignidad.
Me explica que algunos de los ex colonos “estamos repartidos en Osorno, en Purranque, en Temuco, en Los Ángeles y acá”. Que recientemente se entrevistaron con autoridades del Ministerio de Salud las que “van a ver cómo pueden ayudarnos”.

Sobre la responsabilidad del Estado chileno y alemán en la tragedia humanitaria que fue Colonia Dignidad, Horst insiste que “tendrían que tener vergüenza como encargados del Estado porque saben la vida que hemos perdido. Yo llegué de 3 años, en 1962 y recién el 2006 vi el primer peso, empezaron a pagarnos unas 15 lucas al mes, después 18. Todos los funcionarios del Estado saben que tienen el deber de proteger los derechos de sus ciudadanos. Nosotros fuimos esclavos por 45 años y de eso es responsable el Estado alemán y el Estado chileno. Si se habla que la Colonia fue ‘un Estado dentro de otro Estado’, entonces era algo que no podían aceptar las autoridades chilenas.

Casi todos los que lograron huir fueron traídos de vuelta, fuimos sometidos a electroshock, obligados a consumir un montón de drogas, uno andaba como zombi, como ‘tonto’, a algunos les caía la saliva de la boca porque no había ningún control sobre el cuerpo. Y tener a los niños durante veinte años así es un crimen, es un atropello a los derechos humanos de las personas.

Estos son crímenes de lesa humanidad”, sostiene, alzando la voz. Horst relata que en una audiencia que sostuvieron con autoridades solicitaron que el Estado chileno “por favor nos reconozca como niños, güagüas, que llegamos a Chile y fuimos torturados, esclavizados, abusados sexualmente, separados de los padres, que siempre son la ayuda, la protección para un niño. Y eso por toda nuestra vida. Yo pienso: el Estado chileno es responsable como el Estado alemán y no pueden decir que con 7 millones esto se terminó ¡Ahí empezó no más!”.

Mientras redactaba esta entrevista el abogado de los colonos esclavizados Winfried Hempel, también ex colono, anunció una demanda contra el Estado chileno por “secuestro, esclavitud y trabajos forzados durante 45 años” en representación de 117 víctimas.

LOS PADRES LO ENTREGARON TODO
Como casi todos los colonos, Horst viajó a Chile con sus padres. Venían desde Italia. Un viaje de aproximadamente un mes. Lleva 57 años en Chile y le faltan pocos años para jubilar, pero carece de imposiciones. Sus hijos de 10 y 13 años cursan los últimos años de enseñanza básica. Y no tienen ninguna propiedad, ni casa propia.
“Y producto del trabajo de décadas aquí hay 17 mil hectáreas”, reflexiona, “al fin quieren dar media hectárea, donde ni siquiera alcanza para hacer una chacra, tierras que no sirven para la agricultura.

Yo pienso que es una tremenda, tremenda sinvergüenzura. ¿No merecemos más después de tantos años de maldad y sufrimiento? ¿Y qué pasa con las 17 mil hectáreas? Son de unas empresas que son dueñas de todo. ¡Las empresas no han sufrido, las personas han sufrido! Y nosotros como cualquier trabajador que busca trabajo. ¿Nada más nos queda, ningún derecho, ninguna distribución de ganancias? ¿Cuántos millones sacaron en todos los años de esclavitud?”.
Horst señala como ejemplo a Harald Lindemann quien tiene acciones en las empresas que administran el lugar y obtuvo 800 pesos de rentabilidad. “No alcanza ni para comprarse un jugo”, comenta.

Recuerdo que en alguna actividad otro ex colono me contó que había recibido 750 pesos por sus acciones. Horst insiste, “yo pienso que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania debería preocuparse de estas cosas, son seres humanos los que han sufrido, son seres humanos los que deben enfrentar la vejez. Es muy necesario un Centro de Documentación para que estas cosas no se repitan, pero sin olvidarse de las personas que hoy día necesitan ayuda. ¿Quieren esperar a que mueran? ¿No quieren verlos ahora que necesitan ayuda?”, pregunta.

Hay que recordar que cuando en los años 90 el presidente Patricio Aylwin le canceló la personalidad jurídica a la Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad, Schäffer y los jerarcas, asesorados por conocidos abogados de la época, traspasaron todos los bienes de la ex Colonia a diversas sociedades comerciales que hoy dirigen y controlan los hijos de los jerarcas. El Estado chileno no fue capaz en su momento de enfrentar legalmente dicha operación. En la práctica fue una forma de apropiación de toda la riqueza acumulada por el trabajo esclavo de dos o tres generaciones, dejando a los simples colonos en la más completa indigencia.

A LOS NIÑOS LOS TRAEN LOS ÁNGELES
¿Cómo fueron tus primeros años en Chile?
“Cuando llegamos había 3 o 4 casas. Mis padres habían vendido su casa en Alemania, también su negocio, su vehículo y todo lo entregaron a un fondo común sin quedarse con un solo peso. Porque en Alemania les habían prometido que acá todos iban a recibir su casa, su propiedad. Llegaron como 200 personas. Y tuvieron que alojar en carpas. Y comenzaron a trabajar las tierras, los animales. Y ese famoso líder (Paul Schäffer) separó a las familias para tener a los niños a su disposición para abusos sexuales.

Yo comencé a trabajar en el campo a los 8 años. Recuerdo que tenía como 30 años y aun pensaba que en la noche los ángeles traían a los niños a la tierra. Yo nunca supe, nunca vi a una mujer embarazada, las escondían. Y menos sabíamos lo que era el abuso sexual porque no podíamos preguntar nada. Estábamos totalmente aislados, sin contacto con nadie de afuera, ningún profesor, nada, para que nada se supiera. Vivíamos sin TV, sin radio, sin diarios, sin teléfonos, sin documentos. No podíamos enviar cartas, todo era controlado, no había libros para explicar lo de hombre y mujer y los que había estaban rayados o con papeles pegados”.

Helga nos muestra un ejemplar del silabario “Nuevo Lector Americano” de Amanda Labarca para segundo y tercer año básico con varias páginas con papeles adheridos para evitar que dichos trozos fueran leídos. La represión y la negación de la sexualidad desde la infancia fue una constante en el enclave. Al empleo de drogas se suman testimonios de misteriosas inyecciones en los genitales de los muchachos y oscuras operaciones a las niñas. El abogado Winfried Hempel sostuvo en un seminario internacional realizado en el Museo de la Memoria que “hay una persona…que está castrado, que está mutilado en ciertas partes de su cuerpo…Y hoy día defiende el turismo y defiende el pasado de la Colonia”.

El silabario “Nuevo Lector Americano” de Amanda Labarca para segundo y tercer año básico con varias páginas con papeles adheridos para evitar que dichos trozos fueran leídos.

¿Y cuándo supiste cómo nacen los niños?
“Ya en los 90 estuve de garzón en el Casino de Bulnes (otro negocio de Schäffer y los jerarcas) y un día vino una ‘tía-mamá’ con una hija chica y la niña dijo: ‘Yo tengo un hermanito’. ‘¿Y dónde está?’, preguntó alguien. ‘Ahí en la guatita de la mamá’, dijo la niña tocando a su madre. Entonces yo pensaba: ‘¿Cómo?’ Ahí empecé a pensar y le pregunté a Schäffer: ‘¿Cómo es eso? ¿Cómo va a nacer?’ Le pregunté varias veces. Y un día en un ensayo del coro él me separó, me retó y dijo: ‘Aquí hay unos fregados que se meten en cosas que les corresponden a los adultos’. Y me echó afuera ante los 60 del coro y yo me puse rojo. Esa fue su respuesta. Y después alguien me dijo ‘vea en la biblia’, la que nunca nos entregaron.

¡No lo podía creer! Así vivimos, aislados, abusados, esclavizados. Nunca nos compraron ropa o algo. Yo tuve un cepillo de dientes como 10 años, ya no tenía pelos. Yo estuve feliz cuando me dieron un cepillo nuevo. Así era. Zapatos nuevos nunca tuvimos, la ropa y los zapatos eran usados y llegaban desde Alemania. Normalmente siempre andábamos con chalas hechas de neumáticos y unos cueros. Fue nuestra vida por veinte, treinta años”.

UNA VIDA DE TORTURAS
¿Te castigaron alguna vez?

“Yo ni siquiera sé por qué me pegaron tanto. Un día estábamos jugando en la escuela, era el recreo, jugábamos al pillarse y de repente llega Schäffer con otro adulto y un niño y me miraba, me miraba. Y cuando salimos a mediodía me llevaron al lugar donde dormíamos. Y ahí con los mayores del grupo me pegaron con palos, 10 o 15 minutos, me dejaron todo hinchado, mi ropa quedó pegada a mi cuerpo con la sangre. Por dos semanas no pude caminar y me costaba sentarme. Esa fue una vez. La otra fue porque como siempre estábamos cansados con las drogas, cuando teníamos ensayo de coro yo no me atrevía a cantar porque siempre se decía que el que no estaba en orden con su Dios no podía estar ahí.

Tampoco podíamos estar afuera, teníamos que sentarnos aparte como ‘ovejas negras’. Y yo fui a hablar con Schäffer y le dije: ‘yo estoy perdido para siempre y Dios no me va a perdonar’. Y estuve un tiempo como loco, trastornado. ¿Y qué hizo? Un día me llamó adelante y empezaron a retarme y decían: ‘¡No quiere arreglarse con su Dios!’ y me pegaron, me pegaron, hasta que caí inconsciente al suelo. Después empezaron a tirarme con los pies hacia arriba: ‘¡Este chancho para arriba! ¡Hipócrita!’, decían. Cuando volví a tener consciencia escuché a uno de los grandes que dijo que me dejaran y Schäffer me mandó al subterráneo ‘a lavarme el hocico’ porque estaba sangrando. Esa vez me quebraron la mandíbula”.

Horst terminó en el hospital donde le pusieron unos alambres y le inmovilizaron la mejilla. Recuerda que estuvo como tres semanas tomando alimentos con una pajita. “Con las drogas yo anduve como dos años trastornado, pensando en el infierno y que no servía para nada. Toda nuestra familia fue castigada y drogada. Cuando el ‘caballero’ se escondió (1997) supe que mi hermano mayor le había contado a mi papá que había sido abusado sexualmente. Cuando pasó eso separaron a mi papá de mi mamá. No podía hablar con ella. Y el pobre papá andaba en silla de ruedas a consecuencia de la guerra. A otro hermano también lo drogaron para que nunca saliera nada a la luz.

Uno estaba sicológicamente destruido. Me sentía tan mal, siempre pensé que cuando adulto no iba a ser capaz ni de manejar un vehículo. Esa fue nuestra juventud. A mediodía había que ir al coro, no había un minuto de descanso, ningún tiempo para uno mismo o para conversar con un amigo. Nunca pude preguntarle algo a mi papá o a mi mamá, sentir algo de cariño o protección. Y ahora uno entiende por qué todo eso”.

Horst se emociona, se exaspera, se indigna al recordar su infancia y juventud. Al trabajo esclavo, las drogas, los abusos sexuales, las golpizas, hay que sumar el tráfico de armas, los electroshocks, las torturas, la manipulación religiosa, los crímenes.

“NO QUERIA TENER FAMILIA”
¿Cómo fue el proceso después que Schäffer huyó?

“Durante cinco o seis años nunca me atreví a pensar que Schäffer había hecho algo malo, yo no entendía cómo eran las cosas”.

Cuando en los 90 el Presidente Patricio Aylwin le canceló la personalidad jurídica a la Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad, Schäffer y los jerarcas (…) traspasaron todos los bienes de la ex Colonia a diversas sociedades comerciales que hoy dirigen y controlan los hijos de los jerarcas. El Estado chileno no fue capaz en su momento de enfrentar legalmente dicha operación. En la práctica fue una forma de apropiación de toda la riqueza acumulada por el trabajo esclavo de dos o tres generaciones, dejando a los simples colonos en la más completa indigencia.

¿Los abusos te parecían normales?
“Sí, uno no sabía qué era eso, tal vez era un cariño que los niños tienen con sus padres, qué se yo. Como lo teníamos como un dios, yo no era capaz de ‘cachar’ que había algo malo. Después cuando conocimos la Biblia, ahí ya sabíamos de abuso y lo que había pasado. Y comprendí por qué nunca tuvimos una Biblia. Y pensé: ¡Que chancho! ¡Que chancho! ¡Y lo teníamos como un dios! Como el 2006 comenzamos a recibir unos pesos al mes. Y algunos jóvenes que nacieron en Chile tuvieron la oportunidad de salir a estudiar, entregábamos dinero para eso, para después volver y con conocimientos encargarse de todo. Nosotros fuimos ‘caballos de trabajo’ toda la vida”.

Entre los que pudieron estudiar conozco sólo a dos, los que frecuentemente han estado en veredas opuestas: Winfried Hempel, abogado de los ex colonos víctimas, y Anna Schnellenkamp, gerenta de turismo del actual complejo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here