Quemando las puertas

Había una vez un hombre que, ante el frío atroz que le azotaba y la escasez de leña que sufría, echó al fuego la puerta de su casa. Total, pensó el impulsivo congénere, la puerta es apenas un pequeño porcentaje de las paredes de mi casa. ¿Qué de malo habrá de pasar si la casa ya no tiene puerta? Con su madera podré calentarme un par de horas. Y lo que pase en el futuro ya se verá. Después.

¿Quemaría el Lector la puerta de su casa, para calefaccionarse unas horas? Con unas matemáticas rápidas, calculo que ella no representa más del 10% de la barrera protectora de su hogar. Entonces, ¿importa mucho echar al fuego ese bajo porcentaje, con tal de superar el frío de esta noche? ¿Y el frío de mañana? ¿Y el de los próximos meses, y el de los inviernos venideros?

Cuando la semana pasada observé, con una mezcla de asombro y desazón cómo la Cámara aprobaba, vía reforma constitucional y mediante un artículo transitorio, que los chilenos podremos disponer de un 10% de nuestros fondos previsionales para gastarlos y paliar un poco las apreturas que nos hace padecer la pandemia, recordé la historia del inicio. ¿Es juicioso disponer de esos ahorros, que son propios sin duda, enfrentando con ellos la emergencia? ¿No se arriesga de ese modo el capital que, más tarde y por un lapso mucho mayor, se podrá necesitar? Hay veces en que la escasez de reflexión hace parecer extremas las urgencias presentes y menores las futuras. También hay ocasiones en que los postulados ideológicos, las trincheras partidistas y los objetivos de corto plazo, nublan las miradas largas y difuminan las proyecciones de largo aliento.

Las cosas nunca deben medirse sólo en sus efectos inmediatos. Y las leyes, menos todavía. Porque esta norma, a la que restan varios pasos aún, eventualmente aprobada provocará un alivio momentáneo a millones de personas, los que podrán sortear estrecheces y carencias circunstanciales, con los fondos que retiren de las platas ahorradas para su vejez. Pero ¿y después?

Sabemos, lo dicen el sentido común y todos los expertos, que el año próximo será extremadamente duro. Y el que sigue también. ¿No enfrentaremos mañana urgencias peores que las de hoy? ¿Echaremos mano, entonces, de otro porcentaje? ¿Quemaremos otra puerta de la casa, hasta que no queden, y seguiremos luego con los muros y los techos?
Tres millones y medio de personas, de aprobarse la norma, quedarían sin fondos para su jubilación. A merced del Estado y su ayuda solidaria. ¿Alguno de los que votarán favorablemente la norma, pueden garantizar que en el futuro el Estado y su gobierno estarán dispuestos a conceder 3,5 millones de pensiones solidarias? ¿Habrá recursos suficientes para solventar, por años, ese gasto?

Así como las puertas de la casa protegen y dan seguridad, los ahorros previsionales, pocos o abundantes, permiten mirar con más confianza el porvenir. Y evitan quedar a merced y discreción de un Estado y un gobierno que nadie sabe si querrá hacerse cargo de la imprudencia y escasez de previsión de algunos, por estos días.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia
Egresado de Derecho

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