¿PSU o ranking de notas?

La ejecución de la PSU correspondiente al presente año fue, sin lugar a dudas, la más problemática y conflictiva, desde que comenzó este sistema de selección universitaria a través de un formato estandarizado. No solo se puso en duda la propia seguridad de los estudiantes, sino que también la idoneidad de este instrumento.

En el primer caso, se trata de otra expresión concreta de que la crisis política, social y de seguridad pública que vive el país desde octubre del año pasado, todavía no termina. Y más aún, de que tampoco ha pasado lo peor. Muy por el contrario, queda de manifiesto que todavía falta mucho por pasar en esta materia.

Lo más preocupante, en este aspecto, es que nuevamente queda de manifiesto la desconexión del mundo político con lo que ocurre a diario a los ciudadanos. Mientras en el Parlamento se discuten interpelaciones y acusaciones, miles de jóvenes –y sus familias- no pueden ejercer su derecho a la educación superior.

La respuesta del Ejecutivo será, nuevamente, judicializar estos hechos, a través de querellas. Pero, de nuevo, queda la pregunta respecto a cómo no se pudo anticipar que esto iba a ocurrir. Y ejemplos tenemos muy cerca: en el caso de Talca, se aplicó un plan especial de seguridad preventiva en cada local de rendición de la prueba.

Así fue posible que más de seis mil jóvenes rindieran su prueba en forma tranquila y segura, aunque muchos claramente con algo más de nervios ante lo que pasó en otras zonas del país. Más allá de incidentes aislados, lo importante es que los planes resultaron y que se aseguró el ejercicio de un derecho constitucional.

Lo de las filtraciones es otro asunto muy distinto que se tendrá que resolver por las vías administrativas y legales. Sin embargo, queda flotando en el ambiente el cuestionamiento a la PSU como medio válido para seleccionar a los jóvenes que accedan a la educación superior, a partir de sus conocimientos y cultura general.

Existe evidencia que este instrumento termina por segregar sobre la base del tipo de educación que reciben los jóvenes, además del contexto cultural y social que viene del entorno familiar. Es muy simple y trágico: el que tiene puede pagar por mejor educación y viene de una familia con más acceso a la cultura, saca más puntaje.

¿Y cómo se contrarrestar este fenómeno? Se trata de sustentar el mecanismo de selección en el ranking de notas, es decir, directamente en el mérito del alumno y en su historial como estudiante. Es decir, el que tiene mejores notas, pasa automático a la educación superior, sin importar de qué colegio venga y de qué grupo social.

Ahora bien. ¿Este mecanismo asegura mayor igualdad? En este punto existen discrepancias, porque si bien un buen alumno en el colegio sigue siendo un buen alumno en la universidad, también puede haber excepciones a esta regla. Y esos casos excepcionales deben tener también la opción de demostrar que son capaces.

Lo concreto, en definitiva, es que la PSU, tal como se ejecuta hoy, tiene sus días contados. Lo importante, en el debate que se viene, es recoger lo que vienen planteando hace años los propios rectores e instituciones especializadas en educación. La idea es que el nuevo sistema tenga base en el mérito y premie el esfuerzo.

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