“¿Por qué dudaste?” Décimo noveno domingo del año

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligo a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús, fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. <>, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: <>. Entonces Pedro le respondió: <>. <>, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: <>. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo mientras le decía: <>. En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él diciendo: <> (Mateo 14, 22-33).

Que fácil nos resulta embarcarnos en algunas empresas sin medir el riesgo que se está tomando y de manera irreflexiva o impetuosa nos ponemos a defender diversas causas que a poco andar nos ven hundirnos ante la magnitud de lo que emprendimos.

En Pedro uno puede ver reflejado una comunidad que tiene el ánimo inicial de ponerse a realizar una iniciativa cualquiera y al poco andar solo van quedando dos o tres que cansados solo tienen el deseo de terminar. Así ha pasado con la tarea misionera diocesana que, después de varios años de experiencia formativa y de visitas a los hogares, hoy está casi olvidada y todos encuentran solamente dificultades para sortear la nueva barrera que es visitar los hogares que son los condominios o los conserjes de los edificios que no dejan pasar si no son conocidos o invitados por los habitantes. Se nos olvida que la misión es movida e inspirada, fortalecida y realizada por el Señor por lo tanto requiere solo nuestra confianza y lanzarnos a la tarea, de alguna manera se abrirán las puertas que harán entrar el evangelio en el corazón de los hombres y mujeres del mundo. Eso significa renovar nuestra misión, buscar nuevos areópagos, como hace San Pablo.

Esta realidad de los apóstoles es una situación permanente en la Iglesia, a veces las tormentas no dejan avanzar y nuestra visión realista, que constata la dificultad, impide emprender desafíos que solo saldrán adelante por la fe que tengamos en ellos.

La misión de la Iglesia no es algo tangible, no se puede medir en el hoy. Ya lo mencionábamos en el domingo de la parábola del sembrador. No somos cosechadores, somos sembradores. Hoy, somos quienes vamos en la barca, movidos por diversas tormentas que nos mueven hacia todos lados. Podríamos quedar bien con Dios y el diablo, hay personas que lo hacen así. Pero es necesario hacer una opción en la vida, no se puede tener dos señores nos dice el mismo Jesús. Para llegar a la orilla hay que mantener la calma y recordar siempre lo que nos ha movido a estar acá. No hemos salido por una iniciativa personal, nos ha llamado el Señor. Si bien es cierto fue una decisión personal, pero llamados por él.

Si perdemos esa mirada quedaremos como barco a la deriva, que va hacia donde el viento lo conduce y saldrá donde “sepa Dios”. Con Cristo, podemos tener desvíos, que es distinto. A veces para llegar al norte debemos rodear algún montículo. Es la clave para salir adelante. Muchos jóvenes quieren estudiar una carrera y no otra; pudiendo iniciar en una que lo conduce a la que desean. Pero les falta la paciencia y la sabiduría que les ayudará a tener mayor conocimiento y mejor formación.

P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Santo Tomás Talca

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