Periodismo y bien público

Ayer, 11 de enero, por la madrugada, hace 54 años, Roberto Hernández Cornejo fallece en Valparaíso, ciudad que lo adoptó como hijo ilustre. Cuando era secretario de redacción y con pleno afán periodístico en “El Chileno” de Santiago, donde trabaja con un grupo humano excepcional, sobreviene el terremoto del 16 de agosto de 1906, en Valparaíso. A causa del gran desastre, el dueño y director del diario, Enrique Delpiano, determina el traslado del joven Roberto, pronto a cumplir 29 años, para dirigir la edición porteña.

Sin mayor dilación, toma las maletas y a pocos días de la tragedia, llega a la ciudad puerto, “que más parecía una inmensa y desoladora ruina, de punta a cabo”, según él testimonia. Los edificios están desplomados y las escenas son cuadros de terror. Todavía se mantiene humeante, tras los incendios y las réplicas, el sector del viejo Almendral. Valparaíso está desbastado…

Iglesias, viviendas, industrias, emporios, casas comerciales, hospitales, requieren las medidas de emergencia. Conmueve observar los rostros doloridos y escuchar el quejido en las calles llenas de escombros. Epidemias, falta de salubridad, peligro y saqueos. El Cementerio con los remezones, dejó caer del cerro, a la Plaza Aníbal Pinto, varias urnas con cadáveres… La muerte ronda, mientras la lluvia hace estragos. Las consecuencias económicas gravitan sobre el país, si se piensa que el Puerto, conecta al mundo por medio de la navegación.

La catástrofe demanda de la autoridad pública dedicación íntegra. Pero eso no siempre ocurre. ¿Qué hace este periodista al asumir la dirección de “El Chileno” porteño? Con sorprendente claridad y aplomo, se propone un pensamiento directriz para actuar en coherencia: “Las dificultades eran muchas y muy graves, dice, pero mi propósito no fue otro que afrontarlas sin desmayo. Desde luego, la norma del diario, para sobreponerse a la crisis y defenderse con eficacia, debía ser la de una firme y constante fiscalización de todos los servicios, animado del bien público por sobre toda otra consideración”.

Roberto Hernández afronta las adversidades múltiples y severas, sin desviarse de su propósito esencial, con reciedumbre y coraje. Ante una crisis de tales magnitudes, no deben paralizarse quienes están llamados a un servicio superior de conciencia y justicia: “una firme y constante fiscalización de todos los servicios”, en tiempos de emergencia. El periodista alerta, cual vigía, se rige, así, por una sola norma: el bien público sobre cualquier consideración, más allá de los intereses particulares, las presiones económicas, políticas o sociales.
Es el bien público, por consiguiente, la norma suprema. ¡Gran enseñanza para el actual periodismo, de mucha chatura y cobardes consideraciones!

Horacio Hernández Anguita
Villa Cultural Huilquilemu UCM

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