Perfil: El regalo de Andrés Cifuentes

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26 de enero de 2020
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Andrés no es rencoroso. Prefiere reservarse los malos ratos o la ingratitud. Hay que quedarse, propone, con lo valioso, con el cariño de los “cabros”.

Podría ser don Andrés. Pero no le gustan los protocolos. “No soy tonto grave”, define a contrapelo de sus 98 años. Andrés Cifuentes, entonces, asegura ser “un hombre alegre”, al que no le gusta la solemnidad. Le tiene temor. Una actitud que -dice, como si se tratara de su secreto mejor guardado- le mantiene joven. Le creo. Hay que creerle. Se mueve lento, es cierto. Y hay que hablarle fuerte. Pero su mente es ligera y clara, muy clara. Profesor de castellano. Escritor. Su último libro, “Casa con dos lunas”, del 2017, fue comentado recientemente por el poeta y profesor, Bernardo González Koppmann en Temas.

Koppmann lo define como un “hombre de profundas convicciones”, que “siempre apeló a las buenas maneras en los temas públicos y a la modestia de escuchar la indesmentible verdad del silencio musical de la palabra poética”.
Andrés no es talquino. Nació en Santiago en 1921. Su infancia la pasó en Rancagua. A Talca llegó en 1949 a hacer clases a la, en ese entonces, Escuela Industrial. Y se quedó.

Andrés no es talquino. Nació en Santiago en 1921. Su infancia la pasó en Rancagua. A Talca llegó en 1949 a hacer clases a la, en ese entonces, Escuela Industrial.

Andrés no es muchas cosas. No es solemne ni talquino, está dicho. Tampoco petulante. No se atreve a hablar de vocación si le preguntan por qué se dedicó a la docencia. “Yo no me atrevo a decir por vocación, sino por amor, por mi profesión, por la asignatura, por la juventud”.

Andrés no es rencoroso. Prefiere reservarse los malos ratos o la ingratitud. Hay que quedarse, propone, con lo valioso, con el cariño de los “cabros”. Con la lectura que invita a escribir, que “abre la imaginación y las capacidades espirituales del hombre”.

Andrés acusa a la tele, que es lo mismo que decir celular o computador, dice que los jóvenes no leen por su culpa. “Cuando quise comprar televisor, unos colegas me dijeron: ‘te vas a comprar la caja estúpida’. Y me la compré porque soy estúpido”. Después, precisa: “es un invento genial, pero mal usado”. El Estado, en todo caso, acota, no hace mucho, ya que “no se interesa en utilizar la televisión como vehículo de cultura”.

Otra cosa de la que escapa son las definiciones. “Le tengo miedo a las definiciones, no me gusta definir (…) Hay que dejar las definiciones a los expertos científicos. Lo que uno hace es aproximarse, no definir”. Pedagógico. Así explica Andrés. Por eso cuando se le apura a hablar de “Casa con dos lunas”, se defiende acotando que se trata de evocaciones de infancia. “Uno cuando niño es feliz, no se preocupa si los papás son pobres o si anda a ‘pata pelá’”.

Eliana Cuadra, su esposa, falleció hace 10 años. Tiene seis hijos. Dos profesores. Una agrónoma. Una matrona. Celeste, la gata de una de sus hijas, se pasea por la sala. La señora que lo cuida trae bebidas y galletas. La foto pide que se la tomen cerca del retrato de Eliana.

Andrés pidió que en la fotografía se viera el retrato de su esposa, fallecida hace 10 años.

Vuelve a Rancagua. A Antonio, su padre, en su palacio, el taller de muebles. Futbolero, fundador de una asociación de árbitros. En Rancagua conoció a Óscar Castro, escritor y poeta, autor de “Llampo de sangre” y “La vida simplemente”, entre otras obras. Conserva fotos y cartas. Le dedicó un poema. “Óscar era un muchacho sencillo. No le gustaba que lo presentaran como poeta. A mí tampoco. Yo soy profesor, por encima de todo. Un profesor que escribe”.

Hay muchas voces poéticas en Talca. El problema, critica, es “la falta de canal expresivo”. Cómo se publica, argumenta, si es caro. Si un 60 por ciento de las ganancias van al editor, el 30% al librero y solo el 10% es para el autor. “No es una crítica al editor ni al librero, tiene sus razones (el porcentaje) y son valederas. El drama está en que para el poeta su obra es algo exquisito, pero para el editor y librero es solo mercadería, se vende o no”.

“Como ciudadano soy un espectador de lo que sucede. Tengo la obligación de no sustraerme de la realidad mundial y nacional”. Andrés sabe lo que pasa con la crisis social. “Debo existir viviendo”, escribe en voz alta. “Todo hombre es hijo de su tiempo. El tiempo lo influye, quiera o no. Estamos viviendo un tiempo peligroso”. Peligroso y beligerante. “Vivimos en paz, pero preparados para la guerra”.

Hay que creerle a Andrés cuando dice que es un hombre feliz. “Sí, me declaro un hombre feliz…Con problemas comunes a todos los mortales, pero, en resumen, no debo quejarme, no soy quejoso”.

“¿Quién duerme tranquilo?”, se pregunta Andrés. “El hombre moderno vive sobresaltado”, intenta una respuesta.
¿Cómo vive Andrés? Se ríe. “Yo vivo en paz, pero consciente de mi existir, consciente de lo que me rodea. Sí, me declaro un hombre feliz…Con problemas comunes a todos los mortales, pero, en resumen, no debo quejarme, no soy quejoso”. Andrés se siente un hombre viejo y joven a la vez. “La vejez es algo subjetivo. Yo me siento joven, fui siempre joven”.

Andrés tiene muchos proyectos. Por ejemplo, un libro de poemas y canciones que presentó al Fondo de la Lectura. Recuerda que “Casa con dos lunas” fue rechazada en su momento porque el jurado consideró que era una obra que carecía de “impacto social”. “Honestamente no puedo entender qué es el ‘impacto social’. Era presumir que no iba a ser leído por el gran público”. Hizo un esfuerzo y lo publicó por su cuenta. Y lo regaló. Andrés Cifuentes, gracias por el regalo.

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