Partir

Siempre tenemos que partir… Lo hacemos a cada instante. Hay que partir al trabajo, al colegio, a la empresa. Hay que volver a partir para regresar a casa, o porque concluyó el tiempo del campamento en la cordillera. Partimos a la vida misma al ser concebidos en el seno materno. Nos desprendemos del mismo seno materno, para partir al mundo e iniciar nuestra trayectoria vital. Así, cada etapa de nuestra existencia, tiene momentos de partida. Como ahora, cuando a raíz de la pandemia, muchos han debido partir de sus trabajos y quedar cesantes, en completa incertidumbre. Otros, parten con iniciativas para abordar la crisis.

Hay partidas simbólicas o nostálgicas, como cuando el marino embarca en el puerto para navegar por largo tiempo. Asimismo, una expedición científica parte hacia la Antártica, donde permanece un prolongado periodo. También hay que partir por cambios de ciudad o del hogar, debido a que existe una opción y alternativa nueva. En cada caso, hay despedidas. La última partida es la muerte.

El trabajo establece vínculos profundos. Porque la obra que realizamos, demanda talento y creatividad, pero, la hacemos con personas y en un lugar determinado, donde es natural arraigarse, más sin han sido años. Con todo, las labores en instituciones, llegan a su término y con ello, la hora de partir…

¡Siempre tenemos que partir!
Por eso, surge la pregunta ¿qué sentido tiene el constante partir? Lo cierto es que estamos en marcha, somos caminantes. Estamos en un “ir hacia”, desde donde procedemos… La vida nos sorprende, cuando advertimos que nuestro origen es puro regalo, don, obsequio del ser… La existencia es gracia, la vida nos la han confiado. ¿Quién? El creyente responde: Dios bueno e infinito, cuyo amor guía y conduce con sabiduría todos sus designios. Jesucristo nos mostró que ese Dios es Padre, y que hasta los pelos de nuestra cabeza están contados; que Él nos cuida, más que a las aves del cielo y las hierbas de los campos…

Por eso, Jesús enseñó que vivir es partir. No podemos quedarnos sin dar pasos, sin partir una y otra vez. Hay que partir, olvidarse de sí mismo y hacerse verdadero discípulo. Partir y dejar los impedimentos que obstaculizan seguir al Señor y Maestro. Partir y así, dejar nuestras esclavitudes personales, servir sin reservas, mirar más ampliamente, estar disponible donde nos necesiten.

Partir es estar vivo y atento, es aprender a dejar que Dios obre. Por su Espíritu Santo, nos volvemos hijos libres y hermanos con todos. Por eso, en esta hora, al partir, no atesoramos más en el corazón, que pura gratitud…

Horacio Hernández Anguita
Villa Cultural Huilquilemu UCM

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