Opinión: La búsqueda de un bien social para los tiempos que vienen (primera parte)

Escrita por Jim Morin y Rodolfo Schmal.

En el debate sobre la Constitución que queremos para Chile, tenemos una oportunidad de ponderar el tema central que históricamente ha guiado la redacción de los contratos sociales, la fundación de las constituciones, y el diseño de las políticas económicas que han servido como carta de navegación para las naciones. Este tema es el bien de orden social que deseamos. Revisar en perspectiva histórica cómo esta noción influyó en la organización de diversos sistemas políticos, permite aprender de sus fortalezas y limitaciones. Servirá como faro, cuyas luces advierten de los peligros para guiarnos.

En las sociedades primitivas el bien se identificaba con cómo se conseguía lo necesario: comida, abrigo, pertenencia y protección contra las amenazas. Las tribus hablaban del bien en sus mitos, leyendas y narraciones sobre los orígenes y las misiones. Los líderes eran cazadores y guerreros, por su doble función de proveedor y protector. Con el desarrollo de sociedades agrarias más complejas, emergieron nuevas organizaciones encabezadas por monarcas y sacerdotes. Fundamentaron el orden social de las primeras ciudades-estado en relación con los dioses del lugar que entraron en conflicto con dioses de otros lugares y tiempos.

Luego aparecieron los imperios de Egipto, Babilonia y Asiria, los que con poderosos ejércitos conquistaron y administraron vastas extensiones territoriales. Cuando estos imperios se desintegraron, los pueblos volvieron a lo más cercano, a la familia, al clan conocido, al núcleo palpable de la solidaridad ínter-subjetiva.

Sorpresivamente, de un pueblo nómada y de un pueblo pequeño y aislado nacieron ideas que influyeron profundamente el pensamiento político del occidente. En el libro Éxodo, se narra la historia de liberación de la esclavitud en el antiguo Egipto, del pueblo hebreo inspirado por su creencia en un solo Dios que exige justicia. El relato constata también que las estructuras del poder faraónico, impedían pensar en posibilidades de cambio, a pasar de las amenazas de plagas. En otra parte del mundo, los atenienses lucharon contra la tiranía con democracia, el gobierno del pueblo en que los ciudadanos participan en la toma de decisiones políticas. Dejaron por escrito los derechos para así garantizar la igualdad de los ciudadanos ante la ley.

El imperio romano logró sostenerse y expandirse en base a la esclavitud, fuertes impuestos y un poderoso ejército. Por siglos mantuvo la paz bajo el derecho romano que otorgaba la ciudadanía a extranjeros y dejaba en manos de la élite local la regulación de sus asuntos. Cuando este poderoso sistema degeneró en el despotismo y se debilitó por la decadencia de la aristocracia, el imperio no tuvo fuerza para resistir las revueltas de los esclavos y la invasión de los bárbaros.

Durante el período feudal, la red de monasterios e iglesias locales difundieron la revelación judeo-cristiana sobre el reino esperado, que en la tierra afirma los derechos de los menos privilegiados y la igualdad de todos ante Dios. En algunos lugares aparecieron prácticas de auto-gobierno por el pueblo a través de sus instituciones municipales. La unidad de la cristiandad medieval entró en decadencia cuando la élite eclesial y seglar se unió para imponer con fuerza la fe y enriquecerse con la venta de indulgencias que remitían la pena de los pecados.

Olvidaron que el mandato del poder auténtico era asegurar un bien de orden social al servicio del cuidado de todos. La reforma protestante, junto con la imprenta de Gutenberg que circuló la biblia en el idioma de la gente, logró aumentar la alfabetización y motivó la lucha por la libertad religiosa, lo que dio bases para el desarrollo de las naciones modernas.

Luego se fundamentó el bien de orden social, ya no en la palabra de Dios, sino sobre la razón humana. A medida que surgió una clase comercial con tiempo para participar en el gobierno, el espíritu de libertad del Renacimiento promovió un humanismo basado en la igualdad de derechos políticos y sociales. Nuevamente la violencia apareció como un medio para reemplazar una élite decadente por otra clase privilegiada. La sangre derramada en la revolución francesa y las guerras de independencia en las Américas, mostró la necesidad de contar con contratos sociales y constituciones civiles para regular por ley los derechos y el potencial, tanto creativo como destructivo de la naturaleza humana.

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