Normalidad en lista de espera

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3 de febrero de 2020
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El estallido social quebró la normalidad en Chile. Muchos esperan que vuelva pronto. Pero ¿de qué estamos hablando? El Diccionario de la Lengua Española define normalidad como “cualidad o condición de normal”, lo que obliga de inmediato a revisar el significado de “normal”. Al hacerlo, nos topamos con dos miradas contrapuestas. Una dice que lo normal se define -positivamente- como algo que “se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”. Pero, según la otra, también puede entenderse simplemente como algo “habitual”.

La normalidad que se añora no era tal, era solo lo habitual, lo de todos los días. Era un estado de ánimo en que aceptábamos sin escandalizarnos las colusiones y los abusos financieros, los sacerdotes y pastores pedófilos, la mala atención médica, los remedios artificialmente caros, la desidia burocrática y las pensiones miserables.
No atendimos las señales de corrupción en todos los niveles, civiles y uniformados.

Por años consideramos normal la segregación geográfica en nuestras ciudades. Ahora ya empieza a no serlo, como se dejó en evidencia en la Enade cuando a los invitados a Casapiedra se les mostraron crudas imágenes del brutal contraste entre Renca y Vitacura, entre calles de tierra y parques sin árboles y avenidas con extensas áreas verdes. Hasta el día de la explosión, nos parecía “normal” la desigualdad.

Podemos entender la incertidumbre que nos agobia este verano como el comienzo del aprendizaje de mirar de frente a la realidad. Pero falta mucho. Una buena causa (el ecologismo) sirve de pretexto a unos habitantes de Peñalolén para rechazar como vecinos a los eventuales beneficiados por un proyecto de viviendas sociales. Y persisten los fantasmas egoístas que niegan el libre acceso a “sus” playas en lagos y mares.

Lo normal, en el sentido de lo habitual, podría ser lo que ya tenemos: fachadas de negocios tapiadas, con un letrero que informa que están atendiendo público, vecinos sitiados en sus casas porque la policía es incapaz de imponer el orden público, incerteza en los horarios de los eventos públicos. Se nos impone la idea de que los encapuchados deben ser reconocidos como héroes y que un diputado comunista considere una “gracia” infantil un dibujo donde aparece él mismo disparando contra el Presidente de la República.

El discurso del odio empieza a hacerse normal en Chile. Nos habituamos a la violencia convertida en el pan de cada día. No es esa la normalidad en una sociedad democrática. En la tregua o semitregua que nos ofrecen las vacaciones de verano, deberíamos reflexionar acerca de la normalidad a la que aspiramos.

Debe ser diferente de lo que teníamos hasta octubre y que -ingenuamente- nos parecía suficiente porque no veíamos las injusticias, las insuficiencias ni las desigualdades. Aunque habíamos dejado de creernos -por pudor, imagino- los “tigres” de América Latina, estábamos satisfechos con tener parte del “chorreo” del ingreso per cápita más alto del continente.

Ya no se recuerda cuando el Presidente Piñera y sus seguidores, se ufanaban de su supuestos liderazgo internacional. Él ha optado por confesar el sufrimiento vivido en la soledad del poder en los primeros días del estallido social.

Es de esperar que tenga claridad respecto de la verdadera normalidad a la que aspiramos todos.
Es nuestro derecho.

Abraham Santibáñez

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