Muy lejos del mundo

Con el frescor de los escasos árboles, vuelvo a la plazuela donde mi hijo juega, observo la nueva avenida Colín, donde transitan muchos vehículos y las personas se trasladan a diversos lugares, ocultas tras sus mascarillas, sin preocuparse del pasado, tratando de sobrevivir a una injusta pandemia

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16 de agosto de 2020
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Las tardes de verano a orillas del río Claro obligaban a la búsqueda de una aventura.

Ahora me acuerdo de la ciudad de Talca, de esa que se fue y nunca más regresará, trato de recordar cómo era en mi infancia y adolescencia a finales del siglo pasado, mientras estoy tirado en el pasto, en esta plaza del distópico siglo XXI, observando a mi hijo jugar en unos columpios. El viento arrastra una mascarilla olvidada por alguien.

Recuerdo la precoz Villa Magisterio, una isla urbanizada lejos del centro, con sus jóvenes profesores y sus pequeños hijos, como unos colonos al sur de Talca. Las plantaciones de tomates al fondo del caserío se abrían como un vergel y las tardes de verano a orillas del río Claro, obligaban a la búsqueda de una aventura. Antes todo era más sencillo y los niños no estábamos preocupados de la tecnología, éramos felices arrancando tomates de sus matas para polvorearlos con sal y comerlos a mascadas, mientras cantábamos “Voy cruzando el río, sabes que te quiero, no hay mucho dinero, lo he pasado mal”. Luego, caminar hacia el borde del río o perdernos en el pantano, para después luchar contra los treiles.

Qué agradable sensación me provoca la memoria de mi alegría infantil, cuando mi padre me invitaba a comer un rico completo en los carritos de la 4 Oriente, al costado de Las Escuelas Concentradas, o en la 5 Oriente, a veces en Ibiza, después de haber visto “Los Aristogatos” en el cine Astor.

También recuerdo el terremoto de 1985, esa tarde de verano calurosa, justo a la hora de once. Se me viene a la mente el movimiento de las paredes de adobe de la casa y nosotros, todos juntos, en el fondo del patio, abrazados entre los gritos, el polvo y el movimiento telúrico. Yo, con mis casi cinco años de vida no entendía nada, estaba asustado, sentía miedo, pero en ningún momento solté mi completo casero, el cual devoraba entre lágrimas.

Sigo escarbando en ese pasado que me provoca alegría y pena. Siento en mi cuerpo de adulto la emoción que vivía cuando íbamos a buscar las fotografías reveladas en Foto Estudio Chévere, con la incertidumbre de no saber cómo salíamos en la imagen o si el rollo se había velado y se perdían todos nuestros momentos.

Díganme ustedes, cómo no me voy a emocionar al recordar el Talca de finales de los ochenta, con sus calles infinitas y sus arquitecturas antiguas, con el estero Piduco, como un rayo, atravesándola, iluminada por sus faroles de luciérnagas y sus adoquines de piedra. O cuando pasábamos caminando por la 4 Oriente con 4 Sur y sentíamos en nuestras narices ese olor a chocolate proveniente de la fábrica Calaf, y quedábamos inmóviles, maravillados con lo que podía estar ocurriendo adentro, con la esperanza de que alguien saliera de la fábrica y nos regalara un Inkat o un Sunny.

En tanto, en los inviernos, bebíamos el agua limpia que caía del cielo, con la boca abierta, mirando las nubes negras y los goterones en nuestros rostros de niños.

Caminar hacia el borde del río o perdernos en el pantano, para después luchar contra los treiles.

Pareciera que estoy escuchando el silbido de mi abuelo, quien atendía la única ferretería de las 10 Oriente, entre 3 y 4 Sur, donde las papas quemaban y las mujeres se sentaban afuera de las casas a media tarde. Con mi madre íbamos a comprar el pan en la panadería La Flor de Talca y de vuelta, con un trozo de marraqueta tibia en mi boca, volvía a mirar nervioso a esas mujeres que me intrigaban y no entendía por qué al final del pasillo de sus casas siempre se veían luces de colores y espejos, de donde provenía una música festiva, pero triste.
Tampoco entendía por qué a los hijos de esas mujeres los molestaban en los patios y en las salas de la Escuela 13, donde yo también estudiaba. Veía cómo esos niños de segundo o tercero básico se peleaban todos los días con los chicos de los cursos más grandes. Reconocía sus rostros cuando estaban sentados en las veredas, juntos a sus madres, y me quedaba con el saludo sin respuesta, pues quizás por vergüenza me ignoraban.

Qué bonito recuerdo se me viene a la memoria cuando en 1993 presencié la final de fútbol entre Rangers y Cobresal. El rojinegro goleó 3 a 1 a los nortinos, quedándose con el campeonato de segunda división, entre abrazos, fuegos artificiales y eucaliptus alegres.
Con el frescor de los escasos árboles, vuelvo a la plazuela donde mi hijo juega, observo la nueva avenida Colín, donde transitan muchos vehículos y las personas se trasladan a diversos lugares, ocultas tras sus mascarillas, sin preocuparse del pasado, tratando de sobrevivir a una injusta pandemia.

De nuevo me voy al pasado, a los domingos reunidos frente a la TV de 21 pulgadas, cuando vibrábamos con cada capítulo del Acompáñeme, con el Pollo Fuentes alentando a un ilusionado concursante dentro del “Ciclón Millonario”, soñando estar dentro de ese torbellino de billetes de cinco y diez mil pesos, lograr sacarlos por la ranura y arreglar los problemas económicos que aquejaban a la familia.

Cómo no me voy a acordar, recostado en esta plaza del sector La Florida, mirando el cielo, de la antigua avenida Colín, con su hermosa arboleda y sus modernos supermercados, Megamarket Fiesta e Hipersur, cuando en esa época era un panorama ir a comprar el pedido del mes junto a nuestros padres, siempre a la espera de alguna degustación o algún concurso.

Y mientras se me vienen todos estos recuerdos a la cabeza, entre imágenes fugaces, observo a mi hijo de 4 años jugando distraído y pienso en lo que él recordará cuando sea un adulto como yo. Tal vez se tire en el pasto de esta misma plaza del futuro a observar las nubes, el cielo, ojalá más azul que ahora, y recuerde su infancia. Espero que sus recuerdos sean tan buenos como los míos y se emocione hasta las lágrimas, como me suele pasar, por la nostalgia de ese niño que fui y nunca más volveré a ser.

Hugo Villar Urrutia/Fotografías: John Pallero Nieraad

1 Comentario

  1. Solo me gustaría agregar algunos recuerdos notables de mi niñez en Talca:
    Las visitas al supermercado Multimarket que estaba en la 1 sur 11 oriente, esquina sureste, que era el único supermercado (que incluso hasta ahora) tenia carritos pequeños para los niños (completamente funcionales y a escala). Y que juntando cupones podías canjear por camiones metálicos de la misma marca, los cuales podías llenar con productos a escala con las marcas de todos los productos disponibles (tarros de milo, café, cajas de leche, fideos, gelatinas, etc. que eran una copia exacta del producto original).
    También recuerdo la notable apertura del megamarket fiesta (ubicado en calle carlos short frente a calle balmaceda, actual unimarc), que lanzaba desde una avioneta pequeños paracaídas con productos (chocolates, pastillas,etc) y que terminabas encontrando en techos, canaletas o la simple calle. Pero que tenias que cuidarte de la orda de pendejos flytes que andaban con palos tratando de agarrarlos.
    Tambien los inolvidables «flypers» o «videos» que habían en la 1 sur y que ibas a jugar inocentemente, hasta que un flyte te decia «yo te paso la etapa» y te sacaba a empujones quitándote el juego, o sino simplemente te robaba las fichas de los bolsillos o las «monea» mientras intentabas jugar. Al extremo que después estaba tan lleno de flytes que ya no ibas más.
    Como olvidar las tortillas de rescoldo del mercado, que por $180 te daban una tortilla del porte de un plato con jamón y queso, que luego subieron a $250, $500… etc. En la época en las que los completos aún valían $200 o $250.
    Inolvidable también las palmeras de la 2 norte entre 1 y 2 pte, las que con unos pequeños peñazcasos proporcionaban una generosa cantidad de cocos que podías partir y comer en la misma vereda, o recoger sin mayor esfuerzo en días de lluvia.
    Finalmente el famoso puente colgante de la 1 sur con 3 pte, en el cual te podías balancear justo en el centro con un vertiginoso y caudaloso rio claro bajo tus pies, y que impedía que las personas quisieran pasar por el. Mismo puente que posteriormente pasabas en bicicleta a toda velocidad, en lo que era antiguamente la única ruta, para llegar a la alameda y subir el cerro la virgen.

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