Memoria de encuentros

La memoria tiene esa virtud maravillosa y fecunda de recordar. Por ella, traemos al corazón las vivencias pasadas. Sin recordar las pasividades y acciones, el sentir y pensar, no habría en nosotros la continuidad de la consciencia psicológica del yo. Nuestro pasado vivido está en mi presente.

Entre los recuerdos atesorados tenemos los encuentros. ¿Qué es un encuentro? La entrega libre y acogida confiada de personas, familiares, o amistades en el amor y respeto mutuo. Los encuentros perduran aún en la ausencia, porque inhabitan ellos en nosotros, dada la intensidad afectiva y dinámica. Podrán faltar detalles de tal o cual encuentro pasado. Pero, si hubo allí experiencia de amor, entrega profunda y verdadera, permanece…

Los encuentros, cuando tienen hondura, despiertan luz, alegría, paz o emoción agradecida. Son tonificantes del espíritu y suscitan creatividad. Ellos constituyen el tejido de nuestras existencias. La grandeza y riqueza de una persona, está en la calidad sus encuentros genuinos: solidez, libertad, respeto y amor. Sentido para entrar al ámbito sagrado. En cambio, la falta de encuentros auténticos, hace que las personas se estrechen y aíslen.

Quien tiene a su haber múltiples y profundos encuentros, enriquece el mundo interior, forja amplias posibilidades, es desprejuiciado y flexible. El encuentro más radical, es con Dios Padre en Cristo Jesús, que nos abre camino, verdad y vida, por el don de su Espíritu.

Hay encuentros de sufrimiento y desengaños. En realidad, estamos ahí frente al triste desencuentro, que hiere y deshonra. De ello, es indispensable desprenderse y sobreponerse fortalecido.

Los recuerdos están ligados unos a otros. Para afrontar dificultades inciertas del futuro, la memoria permite recurrir al saber práctico adquirido por la experiencia, aunque no todos los encuentros recordados se traducen en sabiduría vivida. Esto último puede ocurrir por falta de hondura, lo que es grave, y burda superficialidad.

Si hay recuerdos de encuentros que nos pesan por el dolor que suscitan y el mal que engendran, siempre, debemos estar confiados, en que hay más bien y belleza que recordar y más maravillas que agradecer. De este modo nuestro interior se vigoriza y nutre de estas inagotables fuentes interiores de alegría, las que Dios creador nos proporciona. Son el verdadero gozo que impide a la vida se enferme y amargue.

El mal, el dolor, la muerte, los golpes de la vida y las calamidades, no son la última palabra del acontecer. En el interior de cada hombre y mujer está la excelencia de la memoria de encuentros, potencia del espíritu que consolida la confianza y la libertad. El mismo recordar del orante, nos apropia del don sagrado de la vida y así nos volvemos más agradecidos…

Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu UCM

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