Me defino: Javiera Peón-Veiga

41 años - Bailarina - Psicóloga - Artista

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2 de junio de 2020
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“Con la danza me conecté con la dimensión cognitiva, mental y afectiva que encarnamos en el cuerpo”

¿De dónde surge su vocación?

“Las vocaciones las vamos construyendo con el tiempo, son la acumulación de experiencias y saberes, por lo cual, van mutando. Yo no siempre quise hacer lo que hago ahora. Desde niña me atrajo bailar, pero en Rancagua no tuve muchas oportunidades de tomar clases de danza o de ir a ver obras. Recuerdo inventar un baile de zapateo americano, mientras mi papá me grababa en VHS y, luego, ver el video una y otra vez. También tenía una fijación con aprenderme coreografías de clases de aeróbic de la tele y, luego, se las enseñaba a mis amigas y las bailábamos en eventos. Ya más grande, mis padres me empezaron a llevar al teatro y supe inmediatamente lo que quería. Mis neuronas espejo me lo hicieron sentir. Fue como recibir una flecha”.

¿Cuándo tomó la decisión de incursionar profesionalmente en este arte?

“Cuando salí del colegio vi en un diario las postulaciones a danza en algunas universidades, pero me dio miedo, ya que era un lugar demasiado desconocido y no me atreví. Me fui a vivir a Santiago y estudié Psicología, en paralelo, empecé a tomar clases de danza de distintos estilos, y así me fui formando. Cuando terminé de estudiar Psicología, tomé la decisión de estudiar danza. Tuve la oportunidad de audicionar en Inglaterra y Holanda, y me fui a estudiar danza contemporánea a Londres por tres años. Desde entonces, me dedico a la danza”.

¿Cómo se relaciona su carrera con su actual desempeño?

“Estudié Psicología y, luego, Danza. Por mucho tiempo no entendía la relación, pero hoy siento que con la danza me conecté con la dimensión cognitiva, mental y afectiva que encarnamos en el cuerpo físico a través del movimiento. Y en mi trabajo como creadora, me siento muy conectada con la necesidad de generar experiencias que muevan la conciencia y que abran espacios para reinventarnos, sentirnos, pensarnos y volver a imaginarnos. Con el tiempo, he tomado conciencia del cruce entre psicología y danza. De alguna manera, considero la danza como una práctica de sanación. Cada quien participa del fenómeno, sea como intérprete, espectador o facilitador, entre otros. Creo que la danza tiene esa potencia de transformar la conciencia, de mover y modificar al cuerpo a nivel químico y eléctrico. Practicar danza, ver danza, imaginar danza, genera transformaciones estructurales en nuestros cuerpos”.

 ¿Cuál ha sido su trayectoria?

“Luego de los tres años de estudiar danza contemporánea en Londres, estudié un año más en Francia, donde profundicé en el camino como coreógrafa. Me quedé un año más en Francia, estudiando y desarrollando proyectos de creación en diversas residencias. El 2009 volví a Chile. Aquí comencé lentamente a vincularme con la comunidad de la danza. Conocí y me reencontré con personas y colegas con quienes sigo trabajando hasta el día de hoy”.

¿En qué proyectos trabaja actualmente?

“Desde hace doce años me dedico a la creación de proyectos vinculados a la danza. Actualmente, estoy dirigiendo un proyecto que se llama Hammam, en el que estamos investigando acerca del sonido y el vapor como medios de contacto y afectación. Como artistas, somos muchas cosas a la vez, creadoras, gestoras, performers y productoras, entre otros, si no, es difícil sacar adelante proyectos.

Hace siete años, nos lanzamos a inventar. ¿Cómo sería un espacio en Chile dedicado a residencias de investigación y creación para artistas, con un foco en la danza y las artes del cuerpo? Queríamos visibilizar los procesos creativos más que el resultado final, donde se pusiera el acento en el proceso como un estado en permanente cambio, en el que no sabemos siempre ¿qué y cómo hacemos?

Queríamos validar a la danza y al arte como espacios de producción de conocimiento con incidencia política y social. Este proyecto es Nave, Centro de Creación y Residencia, iniciativa de mi familia, abierto a la comunidad hace cinco años, del cual soy co-directora artística”.

¿Qué desafíos plantea el proyecto Nave?

“Ha sido una aventura desafiante por muchas razones, una de ellas, es que se trata de un proyecto de iniciativa privada en un país con políticas culturales cortoplacistas, con una perspectiva del arte y la cultura como bienes de consumo, donde el sector privado -si es que aporta- lo hace a proyectos que apuntan a lo masivo. Ha sido muy difícil encajar en las políticas públicas de apoyo, ya que promovemos las residencias e investigación, no solo la producción de obras y su exhibición”.

 ¿Qué satisfacciones le ha brindado su oficio como bailarina y creadora?

“Autoconocimiento y, por consecuencia, una mayor apertura y disponibilidad para encontrarme y comunicarme desde canales que traspasan la comunicación verbal. Sensibilizarme con la vitalidad que despierta movernos y con el poder infinito que podemos gestionar al activar nuestros cuerpos. Aprender a escuchar, a ceder y a estar más en el presente”.

¿Es difícil posicionarse en esta área?

“Posicionarse en el arte, en general, y ser artista en Chile, es un reto. La situación actual de crisis pone en evidencia nuestra precarización, más que nunca. La mayoría de las personas que trabajan del arte y la cultura son independientes, sin contrato, boletean, por tanto, no tienen acceso a protección social ni salud. Hoy ya van casi tres meses sin trabajo, sin sueldos, sin que el Ministerio de Las Culturas, las Artes y el Patrimonio, enfrente los problemas del sector. No calificamos dentro de las medidas de ayuda que plantea el gobierno ante la emergencia sanitaria. Las leyes laborales en el sector son muy insuficientes. Hay miles de colegas pasándolo muy mal y sin medios para sobrevivir. Necesitamos ayuda y que el gobierno active planes de emergencia reales y no ‘medidas parche’”.

Como artista ¿cuál sería su deseo para fomentar cambios a favor del arte?

“Incrementar el gasto público en cultura y una transformación de paradigma. Concebir la cultura y las artes como propulsores de cambio social, vitales para la transmutación de las conciencias y la imaginación del futuro. El arte debiera partir ejercitándose en la educación, en el amor y goce por la expresión artística, desde la infancia, como una práctica sensible, pensante y crítica que se cultiva a lo largo de la vida. Si el arte -comprendida como acción que genera conocimiento- fuera transversal en la construcción de mundo desde temprana edad, desarrollaríamos sociedades más empoderadas y con mayor creatividad y habilidad para responder ante problemáticas desconocidas de todo orden.”

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