Lo que brilla detrás de las máscaras

El artista talquino siente un profundo compromiso por la poesía como medio de transformación social. Su imagen de dureza contrasta con este genuino interés de llevar la cultura a todas partes.

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16 de noviembre de 2019
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“A veces los tipos más duros resultan ser los más sensibles” decía Audrey Hepburn de Humphrey Bogart. La recia imagen que proyectaba el actor de mil películas de “cine negro” jamás habría hecho pensar al público que en su interior podría haber algo de dulzura. Pero ella -la más dulce de todas también- lo “delató”.
Así mismo es Julio César Marín Jara. El poeta que se ha hecho conocido en los círculos artísticos de Talca por declamar sus oscuros versos con terribles máscaras, y una entonación de ultratumba.
Él mismo lo reconoce, y habla sin pudor de sus rasgos duros, su “barba de chivo”, y su piel morena. Todo se acentúa aún más por su vestimenta por lo general negra. Cualquiera pensaría que es un rockero, un punk, o hasta un “satánico”, viendo la estética de su libro “Mausoleo: el hedor de las palabras”.
El mismo Pedro Lemebel, a quien conoció hace un par de décadas, le vaticinó que sería siempre discriminado por su aspecto. Que sufriría muchos prejuicios.
Pero Julio César es de esas personas que trata de “usted” hasta que el otro le da permiso para tutearlo. Que tiene una voz pausada y la expresión siempre correcta, incluso una pizca anticuada. Que le compra naranjas a su enorme perra “Kai”, que llegó para acompañarlo luego de un largo duelo por otra mascota a la que adoraba. Por mencionar sólo algunos ejemplos de su cortesía y calidez.
Su padre y su polola Melisa –para ambos, un compañero cercano- dicen que es poco y nada lo que se enoja. El suyo es un carácter tranquilo, y con la sensibilidad que se atribuye habitualmente a los literatos.
Finalmente, parece ser que el tema de las máscaras es algo más que un dispositivo poético, y dice mucho acerca del hombre que las usa.

EL HIJO DEL PROFESOR
Julio César nació en Talca hace 42 años. Hijo de un profesor y de una ex funcionaria del gobierno de Salvador Allende. Tiene una sola hermana, Cecilia.
Fue uno de esos niños que tuvieron –con todos los pro y los contra derivados- a su padre también como profesor. “Ahí lo tenía ‘cortito’”; recuerda el hoy docente jubilado, con quien comparte casa hoy en el sector suroriente de la capital regional.
Es que al comienzo fue un alumno inquieto, pero al que no fue difícil inculcarle el amor por los libros.
Uno de los recuerdos de la infancia de Julio César es cuando su padre llegaba con uno de esos libros de la colección de clásicos universales salía junto con el diario La Nación. “Mi papá tenía que prácticamente entrar con el libro levantado sobre su cabeza para que nosotros con mi hermana no nos peleáramos por quién lo tomaba primero”, relata.
Al salir de la Enseñanza Media comenzó la carrera de ingeniería en ejecución agrícola, pero como suele suceder en muchas familias, una enfermedad compleja de uno de los miembros, en este caso la madre, lo obligó a dejar los estudios.
De ahí su vida ha tenido muchas idas y vueltas en lo profesional y laboral. Vivió también en varias ciudades: Santiago, Chiloé, Puerto Varas, entre otras.
Hasta que una enfermedad en la vista lo llevó a abandonar esta vida un poco errante y volver de nuevo al hogar paterno. Aquí en Talca estudió una tercera carrera universitaria y se tituló como Trabajador Social. Actualmente se desempeña de manera independiente asesorando a organizaciones sociales.

EL POETA DE LAS MÁSCARAS
En todo este periplo vital siempre ha estado presente la poesía. Y también mucho en ello tuvo que ver el padre, que lo inscribía en concursos literarios desde pequeño.
Sin mucha conciencia aún de lo que quería hacer con sus poemas, simplemente los acumulaba en cuadernos, que quedaban arrumbados en los rincones.
El impulso por publicar fue muy reciente. Hace unos tres años Julio César, como varios talquinos, se vio sorprendido por una tempestad que duró tres días. Sin poder salir de la casa, decidió escribir un poemario que – decidió- esta vez sí publicaría.
Poco dado a la tecnología, cuenta que fue su polola, Melissa, la que lo ayudó a sacar adelante el proyecto, que por fin pudo salir a la luz este año con la editorial “La Horca”.
Pero más allá del acto siempre relevante para un poeta de poder ver publicada su obra, lo que más mueve a Julio César es llevar la poesía a distintos públicos.
No importa si es un colegio, una biblioteca, un centro cultural. Con niños, entendidos en poesía o personas que llegaron por curiosidad. Dentro o fuera de Talca. Julio César es sin duda uno de los poetas más “patiperros”.
Siempre va con sus máscaras que, en su mayoría, él mismo ha construido con materiales que tiene a la mano. Así, por ejemplo, algunas de las máscaras que son de madera las ha tallado él mismo en un trozo de corteza. Son elementos que, asegura, le dan “otra fuerza, otro cariz” a las declamaciones.

LA VIDA Y LA MUERTE
Julio César es un poeta que le canta a la muerte. Una declamación el invierno del año pasado en el mismo cementerio de Talca es la representación más gráfica de aquello.
Algo de melancolía y quizás alguna que otra herida en el alma tengan que ver con eso; pero en lo más profundo, Julio César ama la vida. En ello reconoce el legado que le dejó su madre, que se recuperó de un cáncer, y cuando le vino el segundo, luchó, extendiendo su vida más allá de lo que le habían pronosticado los médicos.
Ello se expresa también en el actual interés que tiene por diseñar algún proyecto que le permita unir la poesía a la prevención del suicidio, impactado por las tasas que se dan actualmente en nuestro país.
Por ahí se adivina un camino, que a la vez da cuenta de lo que brilla en su verdadero ser tras las oscuras máscaras: la poesía como instrumento de transformación social.
Es un compromiso personal que también le hubiera gustado llevar más allá en la actual contingencia del país, pero no ha querido participar en marchas por evitar los problemas que le puede generar su baja visión.
Aun así – dice- está disponible para acciones poéticas que puedan organizarse en estos días. “Esto está bien que suceda -comenta sobre el movimiento social- Y de alguna forma se puede prever una vida más llena de respeto”.

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