Las vidas de don Matías Rafide

En sus últimos años resumió su vida con una frase de gran espontaneidad: “He vivido atiborrado de clases y ocupaciones secundarias, sintiendo la angustia de no encontrar la soledad fecunda, no aquella egoísta o misógina, sino el ocio creador”

Con Pedro Olmos y Emma Jauch, en 1976, en Linares.

Los antepasados de don Matías Rafide Batarce (el padre era de Jerusalén y su madre de Belén), se afincaron en Curepto “nunca supe por qué” como recordaba él, y allí vino al mundo en 1929. Su padre, fiel a su herencia atávica fue comerciante, pero, de los nueve hijos del matrimonio, Matías Salomón se enroló en las letras y Berenice, la cuarta de la prole, fue por varios períodos alcaldesa de Curepto.

En nuestras conversaciones, en la sala de profesores de la antigua sede de la U. de Chile (hoy U. de Talca) o en el casino, solía narrarme “sus vidas”, como él decía, mientras revisábamos apuntes, pruebas y las clases de la ayudantía en la cual le colaboré como alumno.

En un principio fue muy cercano a la vocación religiosa, tras estudiar las primeras letras en la Escuela Parroquial de su pueblo natal. Pero una tarde vio un match de box y se entusiasmó con el rudo deporte. El entrenador, un recio alemán, lo convenció de calzarse los guantes y en varios rounds dio y recibió con gran entereza. Es más, incluso llegó a ser promotor y árbitro de encuentros infantiles.

Pero, como nacido en Chile, también se aficionó a las carreras, donde, si ganaban con sus hermanos y amigos, invertían el premio en empanadas y refrescos, con la gran frustración de volver a casa cabizbajos cuando perdían. Y si hurgamos aún más en su lejana infancia, lo vemos, con la pandilla de niños, deslizándose cerro abajo, en frágiles carritos de madera. Al verlo llegar, sucio y desastrado, su progenitor más de una vez pensó que no sería “alguien de provecho”.

Siguió estudios en el Instituto San Martin de Curicó, donde se sintió picado por el bichito de las letras. Hizo series ilustradas que repartía entre sus compañeros, creándoles una gran expectativa cada semana, en la espera del “próximo capítulo”. A ello agregó obras de teatro que tuvieron representaciones con no escaso éxito. Ya el camino futuro parecía trazarse. Algunos poemas suyos aparecen en la Prensa de Curicó.

Del box, de las carreras de carritos, de los poemas, torna súbitamente la vocación sacerdotal. Ingresa al Seminario San Pelayo de Talca. Sigue escribiendo y logra premios. “No me lo explico –me dijo una tarde– por cuanto hoy los leo y son malísimos”.

Gran presencia tiene en el centro formador de clérigos el Obispo Manuel Larraín. Pero en tercer año decide revocar su objetivo y deja las aulas seminaristas. Monseñor Larraín se disgustó seriamente con él, sentimiento que, según creía don Matías, nunca se aminoró en el ilustre prelado.

Decidido por la docencia, entra a la Universidad Católica a estudiar Pedagogía en Castellano. Gana otros concursos literarios y la poesía le llama fuertemente. En Santiago conoce a Luis Durand, Benedicto Chuaqui, Eleazar Huerta, Alone y otros escritores del momento. Pero el criollismo no fue nunca de su agrado y, me lo dijo varias veces, pensaba que era hora de renovar las letras chilenas.

Homenaje a Pedro Antonio Gonzalez, 1953, en Curepto, el joven poeta Rafide, a la izquierda. A su lado derecho Juvencio Valle.

En 1950 publica “La Noria”, poemas que merecen comentarios de todo tipo. Egresado de su carrera, hace vida bohemia en la capital en el café “Iris”. Publica “Itinerario del Olvido” de 1955. Por esos años, inicia además sus estudios sobre literatura chilena, que se expresaría en varios volúmenes de antología. La más destacada, sus “Poetas de la Región del Maule” de 1973 y donde colaboramos con interés en las investigaciones de cada autor recogido en sus páginas.

En 1953, siendo un joven de 24 años, organiza en Curepto un homenaje en recuerdo del cincuentenario de la muerte del poeta Pedro Antonio González. Entre nuestros papeles, tenemos una fotografía de ese acto. Fue siempre cercano a los escritores maulinos y, de hecho, su memoria de título es sobre Jorge González Bastías.

En 1956 logra una beca para doctorarse en España en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Aprovecha esa estancia para divulgar la poesía y las letras chilenas. Logra publicar en la capital española “Fugitivo Cielo”, con prólogo del notable escritor hispano Joaquín de Entrambasaguas. Recorre varios países de Europa.

De vuelta inicia la docencia universitaria. Trabaja en la Universidad del Norte. En 1960 publica “El Corazón Transparente”. Por esa época nace y muere su primer hijo Ricardo Emilio, que marca dolorosamente su vida. De vuelta a España en 1961 publica “Tiempo Ardiente”. Tras varios cargos en Chile, finalmente llega a la Universidad Católica del Maule, en Talca. Es fundador de la Sociedad de Escritores. Ya no abandona la actividad literaria y sus libros de poemas y antologías superan la trentena.

En 1980 es designado miembro de la Academia Chilena de la Lengua, recibe la medalla Lircay y es declarado Hijo Ilustre de Curepto. Su familia la componen su esposa Ana Walmi Cuadra, con quien casó en 1960, y sus tres hijas María Soledad, Carol Jéssica y Karin Verónica.

Don Matías era un conversador grato, de ágiles anécdotas y siempre chispeante diálogo. Sincero en sus gustos, cuando llegué al primer año de castellano y fui su ayudante, me dijo: “A ti te gusta el criollismo, a mí no. De manera que esos autores te los dejo a ti”.

En sus últimos años resumió su vida con una frase de gran espontaneidad: “He vivido atiborrado de clases y ocupaciones secundarias, sintiendo la angustia de no encontrar la soledad fecunda, no aquella egoísta o misógina, sino el ocio creador”.

Jaime González Colville
Academia Chilena de la Historia

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