Las pestes más mortales de Chile y el Maule

Visita de autoridades médicas a una sala de tuberculosos, a principios del siglo XIX.

Durante años reunimos entre nuestros papeles, publicaciones de médicos sobre las pestes chilenas, fundamentalmente de los siglos XVIII, XIX y parte del XX. Son estudios casi desconocidos, algunos de gran valor, incluso en nuestros días, donde se estudian y analizan las enfermedades infecciosas en Chile, con afanes y esfuerzos de médicos, usualmente aislados, por buscar la curación y evitar la propagación de los males.

De la viruela, muy agresiva y mortal, se habla en el otoño 1619. Abarcó desde Santiago hasta Bio Bio, pasando por el Maule, con miles de muertos, que muchas veces quedaban insepultos por el temor de acercarse a los restos, lo cual persistió hasta principios del siglo XX. El fatídico cuadro se repitió en 1620, 1653 y 1654. No se sabe exactamente cuántas víctimas ocasionó.

En 1787 y 1790, la peste llegó a Cauquenes, Parral y Linares. Se estableció un cordón sanitario en el río Maule. Solo las partidas de defunción de las parroquias, suman más seis mil muertos. En esa época se descubrió que los aborígenes se bañaban y bebían grandes cantidades de agua fresca apenas aparecían los granos, lo cual hizo que muchos se recuperaran.

Equipo de rayos, traido a Talca en la década del 20 por el Dr Caravagno, de gran utilidad en el diagnóstico de la TBC..

Equipo de rayos, traido a Talca en la década del 20 por el Dr Caravagno, de gran utilidad en el diagnóstico de la TBC..

PRIMERAS VACUNAS
En 1805 se trajeron desde Buenos Aires las primeras vacunas, que era traspasarse la sangre de brazo a brazo de un enfermo a un sujeto sano. Ello provocaba que los anticuerpos se inocularan en el no infectado, dándole alguna inmunidad.

En Chile se atrevió a aplicarla el padre Manuel Chaparro, quien realizó la primera prueba en las puertas de cabildo de Santiago el 8 de octubre de 1805. Tres años más tarde, en 1808 se creó una Junta Central de Vacunación que envió estos elementos a provincias. Sin embargo no alcanzó para todos y la mortal plaga reapareció en fuerza.

Los médicos de la época daban como causa de este flagelo a la suciedad, la falta de aguas adecuadas, el hacinamiento y la mala alimentación. Incluso se realizaron “quemazones de campos” para que el humo contribuyera a desinfectar el ambiente.

El Sanatorio de Los Maitenes, en San Clemente, construido a principios del siglo XX para recibir enfermos de la TBC.

Sin embargo, la más efectiva fue la descubierta por el médico ingles Edward Jenner, quien escuchó que las mujeres que sacaban leche de vaca no sufrían de viruela. Así extrajo una pústula de una de las ordeñadoras y la inyectó a un niño, quien no sufrió la infección.

De todas formas, a fines del siglo XIX y principios del XX, la viruela siguió sus mortales visitas, obligando a las autoridades a crear lazaretos (en Talca, estaba en la Alameda, en Linares donde hoy está la Escuela de Artillería,) en los cuales se recluían a familias enteras, sin que nadie, salvo alguna piadosa persona, se acercara con alimentos o medicamentos. No obstante ya en esa época se sabía que la vacuna prevenía, pero una vez declarada la infección, esta no se detenía.

El Dr. Anibal Ariztia, tuvo importante gestión, a principios del siglo, en la aplicación de la vacuna contra la TBC

Los desesperados titulares de los periódicos de antaño, daban cifras pavorosas de fallecidos, infectados o aislados en los crueles lazaretos ya descritos. En acciones desesperadas, se realizaban misas, procesiones o rogativas para pedir a Dios por el alivio del mal.

Historia de la Medicina en Chile, del Dr Lautaro Ferrer, de gran aporte a la curación de las pestes. La obra fue editada en Talca en 1904.

Los cadáveres debían ser enterrados de noche y colocar sobre ellos dos sacos de cal. Los cortejos nocturnos por las calles oscuras ponían otra nota macabra a esa situación.

Una acción emprendida por algunos médicos en 1884, fue la fumigación de casas mediante desinfectadores, lo cual se efectuaba en ranchos y conventillos. Escenas similares se han visto en estos días.

El poeta Armando Ulloa Muñoz ( derecha) poco antes de muerte, junto a su hermano Emilio, con los signos inequívocos de la TBC.

En esa época se fundó el primer Instituto de Higiene en Santiago, dirigido por el Dr. Federico Puga Borne e integrado por los doctores José Joaquín Aguirre, Presidente del Consejo Superior de Higiene y Lucio Córdova, primer director del Desinfectorio Público. La tarea desarrollada por este organismo fue bastante efectiva en la prevención del mal. Cuando se preparaba la instalación de un servicio en Talca y Chillán la Junta Militar que reemplazó a Arturo Alessandri en 1924 cerró este establecimiento, dejando sin atención a los más desposeídos del país.

En definitiva, la viruela se consideró erradicada del continente americano en 1950. Pero se han seguido reportando casos.

Funcionarios del Instituto de Desinfecciones, fumigando un lugar para eliminar virus en 1906.

LA TUBERCULOSIS
Llamada la “peste blanca” o “enfermedad de los artistas”, aun cuando en el planeta es de larga data, en Chile aparece en la primera mitad del siglo XIX, contagiándose rápidamente entre los sectores más desvalidos. La enfermedad se anidaba bacterialmente en los pulmones, aun cuando puede darse en forma extra pulmonar. Se caracterizaba por el adelgazamiento del paciente y la segregación de sangre en la saliva por el daño del aparato respiratorio.

Por ser de muy fácil incubación en personas jóvenes, la enfermedad, que era asintomática en sus comienzos, llegó a todos los hogares sin distinción de clases: varios hijos de Andrés Bello y de Vicuña Mackenna murieron por su causa.

Baldomero Lillo, victima de la tuberculosis.

Por sus características respiratorias, se pensaba que el aire puro podía contribuir a la recuperación. De esta forma se fundó el conocido sanatorio de San José de Maipo y el Peral de Santiago, mientras que en el Maule se construyó el de Los Maitenes, en San Clemente, donde fueron llevados cientos de enfermos de toda la región, con un alta mortalidad y escasos recuperados. Nobles médicos, como los doctores Juan Manuel Salamanca, César Caravagno o José Dionisio Astaburuaga, prestaron servicios en forma alternada en ese centro. Caravagno, mediante donaciones y aportes personales, logra traer desde Europa, en 1928, un avanzado equipo de radiología y radioterapia – único en Chile – que permitió exámenes y diagnósticos más precisos.

Visita de autoridades médicas a una sala de tuberculosos, a principios del siglo XIX.

Pero las víctimas de esta enfermedad son de nombres destacados y en su mayoría poetas de vida bohemia, trasnochadas y alcohol, es decir, con campos de cultivo apropiados para la mortal bacteria: Pezoa Veliz en 1908, Raimundo Echevarría en 1924, Armando Ulloa en 1929, Romeo Murga y otros de esa época, van a parar al sanatorio y de ahí a la otra vida. La madre de Neruda y el Presidente Aguirre Cerda son otras de las víctimas de la TBC.

El reconocido escritor Oscar Castro engrosa esta lista en 1947 Aun cuando Roberto Koch había descubierto en 1882 a la bacteria, la vacuna sólo se logra en 1921. Un médico chileno, de especialidad tisiólogo, el Dr. Sótero del Rio Gundían, participa en las investigaciones con los científicos franceses Albert Calmette y Camille Guerin. A estos estudiosos les fueron de gran valor las estadísticas, tratamientos y otros detalles que llevó desde Chile el entonces joven profesional. De vuelta a Chile, le cupo atender a un joven de nombre Raúl Hasbún, cuyo cuadro de tuberculosis era muy avanzado. Le aplicó los primeros antibióticos producidos y superó la infección. El sacerdote suele repetir: “Le debo mi vida a un masón”.

Coche de la Asistencia Pública de 1916, trasladando un enfermo a un hospital.

Pese a las gran cantidad de fallecidos por esta enfermedad, la vacuna, enviada a Chile por preocupación de sus descubridores en la década del 30, se demoró en su aplicación por causa de varios inoculados de Europa que murieron. En esta tarea de aplicación del antídoto le cabe importante labor al Dr. Aníbal Ariztía, con raíces en Linares y Longaví.

Tras varias discusiones, la vacuna se difundió masivamente a contar de 1938, para imponerse como obligatoria en 1950. No obstante, las organizaciones de salud estiman que la enfermedad no está definitivamente erradicada, por cuanto aún se reportan casos.

Dr Sótero del Río Gundian, nacido en Cauquenes, en la época en que colaboró con los descubridores franceses de la vacuna anti TBC.

Chile superó esas y otras enfermedades masivas. Estamos ciertos que la ciencia moderna logrará, de igual forma, ubicar el antídoto para la que hoy se difunde.

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