La secular lucha del Maule (y de Chile) por el agua

A la llegada de los hispanos, el agua era el elemento más abundante de esta tierra. Superaba al oro y otros metales preciosos. Además, fue un gran soporte económico: movió molinos, permitió la navegación, regó las cosechas, dio de beber, fue la base de los adobes de las casas y, en general, es la simiente de la nueva civilización. Las cartas de los gobernadores, desde Valdivia adelante, hablan del invierno como “el período de las lluvias”, que comenzaba en marzo y superaba septiembre e incluso octubre. No hubo inquietud hasta mediados del siglo XIX, cuando, en voces que no se escucharon con atención, diversos personeros y estudiosos empiezan a hablar de canalizar los ríos, crear compuertas, construir tranques, es decir, cuidar el agua. Había empezado la gran lucha por este irreemplazable elemento. Por Jaime González Colville. Academia Chilena de la Historia

Plano de la Isla del Maule, dibujo de Cárdenas, del año 1777, con los generosos cursos de los ríos, casi todos navegables y caudalosos.

Los españoles, al invadir Chile, traían una poderosa legislación sobre el uso y derechos de aguas. Pero la enorme capacidad de los ríos de casi todo el territorio, hizo que se dejara de lado cualquier disposición sobre este recurso. De todas formas, los tratadistas anotan que las aguas pasaron, junto con el territorio, a poder de la corona hispana, en calidad de realengos, es decir, una especie de señorío de los monarcas sobre este bien, ejerciendo total dominio, en especial en los ríos y esteros.

Pero Carlos V, en 1541, declaró que las aguas eran propiedad común de los habitantes de las tierras conquistadas. Una gran decisión.
Pasaron así dos siglos y medio. Nuestras aguas fueron descritas por el Padre Alonso de Ovalle en su “Histórica Relación del Reino de Chile” publicada en Roma en 1646, donde, evocando a su tierra natal, para atraer religiosos, se refiere reiteradamente a la fecundidad y abundancia de los cauces en “la inmensidad de ríos, fuentes y arroyos que se descuelgan de sus cumbres y corren por los valles hasta el mar, fertilizando con la abundancia de frutos que logra el otoño y enriquece aquel reino”.

Así, los españoles sacaron grande utilidad de los ríos para instalar molinos en las riberas. Los jesuitas, en Longaví, entre 1660 y 1767, año de su expulsión, enseñaron a los indios a canalizar los ríos Liguay, Perquilauquén y los esteros que bajaban en limpios borbotones desde la cordillera. Desde luego construyeron molinos que hicieron harina que fue el primer pan que conocieron los aborígenes.

Libro sobre las aguas y los bosques, de Federico Albert, publicado en 1910.

El agua manaba con una generosidad extrema y fue causa y motivo de la gran fecundidad de esta zona, desde Copiapó al sur. Además permitió la navegación y el surgimiento de incipientes constructores de naves.

Pero a fines del siglo XVIII, se habló de canalizar algunos cauces para aprovechar mejor esas corrientes. La primera gran obra fue el Canal San Carlos de Santiago, cuyo trazado viene de 1742 y juntó las aguas del Mapocho y el Maipo para regar tierras de cultivos. Su construcción fue larga y duró más de medio siglo y solo vino a estar en servicio hacia 1820, durante el gobierno de O’Higgins. Llevó el nombre del Rey Carlos V y aún presta utilidad.

EL FANTASMA DE LA SEQUIA DE SIGLO EN SIGLO
Pero hagamos un alto: la naturaleza daba advertencias, leves, pero advertencias al fin: hay registros de una espantosa sequia de 1606, seguida de una plaga de langostas que diezmó las cosechas. El fenómeno se repitió en 1618, 1619, 1656 y 1660. En 1665 otra plaga de langostas asoló los campos y una nueva sequía en 1675, 1733, 1740, 1742 y, en virtud de lo cual el cabildo de Santiago hace construir “patas de cabra” para almacenar aguas de los ríos y canales. La más grave de estas faltas de lluvias es de 1892 que afectó desde Quillota hasta Puerto Montt, quedando el país sin productos alimenticios. Nuevos dramas de este tipo se producen en 1908 y 1909 en el Norte Chico. Hay más episodios, pero baste lo referido.

Don Juan Antonio Pando, trazó un gran canal en Loncomilla, para construir su poderoso molino a mediados del siglo XIX.

LAS LENTAS LEYES SOBRE LAS AGUAS
En noviembre de 1818, O’Higgins dispuso la creación del concepto “regador de agua”, que era el equivalente a la cantidad que correspondía a cada agricultor, expresado en una cantidad por segundo. Sin embargo este término, que se instauró en todo el país, fue motivo de discusión durante años y sólo se definió cuando el ingeniero francés Charme, según se verá, realizaba la canalización de parte del valle de Talca a mediados de esa centuria.

Pero durante el siglo XIX se hicieron los primeros intentos por dar marcos legales a las aguas o, al menos, saber de su existencia y determinar su utilidad. Ignacio Domeyko, en 1847, publicó un folleto de 16 páginas que tituló “Memoria Sobre las Aguas de Santiago y de sus Inmediaciones: Resultado de las Investigaciones hechas en los meses de Enero y Febrero en 1847 en la Capital de Chile”. Fue el primer aviso de la necesidad de analizar con detención ese tema, que aparecía a los ojos de las autoridades de escasa preocupación. Unos quince años más tarde, Luis Lemuhot apuntó directamente al problema en su trabajo “Distribución de las Aguas de Regadío de Chile”, de 1863, donde plantea la urgencia de canalizar y establecer una legislación en este tema.

Federico Albert Taupp, precursor de las políticas referidas a las aguas de Chile.

El abogado Enrique Salazar en 1874 esboza una “Jurisdicción En Materia de Aguas”, Ismael Rengifo hace “Consideraciones Sobre las Aguas Corrientes” en 1875, Valentín Martínez propone un “Estudio Sobre la Construcción de un Marco de Aguas” en 1877, etc., etc. Pero el tema no preocupa. ¡El agua era tan abundante en Chile! En definitiva, nada se hizo, al menos en esa época.

Las autoridades de Talca, a mediados del siglo XIX, como se ha dicho, encargaron trabajos de canalización de aguas a los ingenieros Augusto Charme (francés) y Daniel Barros Grez. Por esa época, la facultad de ciencias matemáticas de la Universidad de Chile intentó determinar el concepto de “regador”, esto es, qué cantidad del vital elemento debía asignarse a esta definición para así precisar exactamente cuánta agua debe ocuparse en un proceso de riego. Charme, desde Talca, envió un detallado informe a la Casa de Estudios, precisando que regador era “la cantidad de agua que se derrama en un segundo por un orificio rectangular”. Es éste el primer atisbo de que el aún abundante elemento requería de algunos ajustes y control en su uso y distribución.

Charme canalizó las aguas del río Claro y permitió regar numerosas hectáreas, que se hicieron fértiles y cuyos resultados aún se pueden apreciar.

Vendedores de agua, extraen el vital elemento para repartirlo, a fines del siglo XIX.

En Loncomilla y San Javier, tanto Francisco Encina Echeverría, fundador del molino en la primera localidad, como Juan Antonio Pando, que alzó otra maquinaria en el sector de Juntas Viejas, construyeron grandes canales que hasta hoy llevan sus nombres. Aun cuando existía ya una legislación sobre este tema, no les fue necesario pedir permisos especiales ni concesiones gubernamentales. Los cursos de aguas eran caudalosos y generosos.

Solo en 1875, redactado el Código Civil, se elabora el primer proyecto de Código Rural, con el propósito de fijar y determinar derechos de aguas, lo que sin embargo, sólo se haría años más tarde con trabajos de J. V. Lastarria, José Ravest (1884) e Isidoro Vásquez Grillé en 1886.

Ravest en su código determinó sobre mercedes de agua, donde se dispuso autorización para toda intervención privada en las aguas de uso común, pero su trabajo nunca fue promulgado como ley, lo cual habría sido de gran utilidad en esa época y en la presente.
Federico Albert, cuya obra adquiere cada vez más vigencia, para quienes la hayan leído, publicó en 1906 y 1910 dos libros verdaderamente visionarios, referidos a “la organización que se debe dar en lo futuro a los servicios en aguas y bosques”, en donde exhorta a las autoridades a cuidar los cauces de aguas, determinar embalses y analizar políticas de regadío. Está demás decir que fue escasamente oído.

Río Maule, el Valle de los Cóndores

EL GRAN CANAL MELADO DE LINARES
Uno de estos afanes es el canal Melado hoy de mítica memoria. Fue el trabajo de más grande envergadura y casi una hazaña de ingeniería, solo precedida por el Canal San Carlos del siglo XIX, ya comentado. Uno de sus más entusiastas impulsores fue el agricultor don Carlos Lamas.

Desde fines del siglo XIX, los agricultores de la Provincia de Linares iniciaron gestiones, no muy organizadas, para aprovechar con fines agrícolas las aguas que bajaban de la cordillera. El proyecto fue hecho por el ingeniero civil Carlos Ponce de León Gotterbarm en 1914 y con él se pretendía regar inicialmente unas treinta mil hectáreas que más tarde subieron a cuarenta y dos mil. Se captarían las aguas de los ríos Ancoa y Melado, mediante la construcción de un túnel, lo cual hizo de este trabajo, una de las obras más importantes en valor y extensión de ese tiempo. Con ello, el costo de cada hectárea de tierra regada subió considerablemente en su valor. El 21 de mayo de 1918 se abrieron las propuestas por ocho millones de pesos, creándose una Asociación Canal Melado. Los montos finales, no obstante, serían mucho más elevados.

Sn embargo, dificultades en las obras, cálculos mal hechos y otros pormenores demoraron por más de veinte años los beneficios de este proyecto, los que se hicieron palpables en 1944.

Trabajos para el agua potable en Linares, a principios del siglo XX

El embalse Bullileo de Parral tuvo un proyecto en 1896, a cargo del ingeniero Ascencio Astorquiza. El diseño definitivo fue del profesional Dionisio Retamal, de destacada trayectoria en estas obras. Tras varias complicaciones, fue inaugurado por el Presidente González Videla en 1949.

Tras ello, la región tuvo el embalse de la laguna del Maule, el enorme complejo de Colbún, el tranque Tutuben de Cauquenes, etc.
De una u otra manera se recogieron las opiniones, tal vez sin saberlo, de quienes profetizaron la reducción de los cauces, la disminución de las lluvias, todo lo cual habla de la tardanza con que se abordó el problema del agua, hoy al borde del drama.

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