La escala humana

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23 de junio de 2020
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Una pileta usada como piscina. Un banco para sentarse en el respaldo. Un muro muerto para pintar, una calle vacía para vender en el suelo. Un Quiosco solemne que alberga batallas de hip hop.

Un pasaje que es cancha de fútbol, donde los arcos son un árbol y un montón de piedras. Un prado usado como diván para leer y el árbol de hojas rosadas de la plaza como un escondite y quizás el mismo árbol para pedirse pololeo. Un río con agua sucia a cuyo costado hay un paseo familiar. Una estatua regalada por un gobierno fascista que setenta años más tarde es el punto de encuentro para iniciar una manifestación ciudadana por más democracia. Un barrio pobre lleno de recuerdos, el lugar en donde fuimos tan felices con tan poco. Eso es una ciudad para mí. Un lugar donde nos encontramos y decidimos qué hacer con ella sin mirar el manual de instrucciones. Ahí donde la voluntad va por delante y forja su carácter. Un paisaje que se pinta con los colores que queremos mucho más allá de la cantidad de edificios que rompen la línea del horizonte o de la planificación que nos trataron de imponer.

¿Por qué relevar esta idea?
Porque vivimos en ciudades que se han planificado y crecido olvidado la existencia de personas y sus recuerdos, sus emociones y su dignidad en ella. Se prefirió la conveniencia del negocio.

Tenemos lugares donde pocos viven cómodos y donde muchos viven hacinados. Donde el contagio de Covid-19 depende del hacinamiento.

Tanto tiempo estuvimos renegando de la idea misma de ciudad que empezamos a deshumanizar su naturaleza. Las ciudades las hacemos nosotras y nosotros y le damos sentido a su existencia en lo cotidiano. Es el lienzo en donde desplegamos nuestra humanidad con todas sus imperfecciones, y por sobre todo, el lugar en donde el milagro de sobrevivir existe. Y es precisamente así: las ciudades se definen por las interacciones de nosotras y nosotros que ocurren en ella y son nuestras convicciones las que hacen que se mueva en un sentido o en otro. La neutralidad es un cuento que nos trataron de hacer creer y que no existe, porque lo humano jamás fue neutral. Pasamos creyendo tanto tiempo que las ciudades son el problema, cuando en realidad siempre fueron la solución, pero ésta debe enfocarse hacia las personas en todas sus dimensiones. La segregación y el hacinamiento infrahumanos con que han sido diseñados nuestros centros urbanos fueron una alternativa de mercado que hoy nos pone en peligro mortal. Y es que el objetivo fue la planificación de esa abstracción del “crecimiento” según el interés de pocos. En tiempos de pandemia, depende de cuánta humanidad ponemos en la ciudad reconociendo la emoción en las escalas que van desde poner un recuerdo feliz en la memoria hasta un acto de justicia en su planificación ahí donde se necesita. Ahí donde decidimos guardar el manual de instrucciones de la voluntad de unos pocos para reconocer la verdadera escala humana. Es cierto que hoy definimos los usos de la ciudad según nuestra verdadera vocación a pesar de lo que nos construyeron. Esa siempre fue nuestra victoria. Pero el desafío es mayor: que la planificación de lo urbano sea realmente decidida por quienes habitamos, hasta que la dignidad se haga vivienda, se haga barrios, y se haga ciudad.

Rodrigo Hernández Fernández.
Abogado
Director Regional Fundación Urbanismo Social

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