La búsqueda de un bien social para los tiempos que vienen (parte 3 de 3)

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24 de febrero de 2020
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En la semana anterior presentamos una síntesis de la evolución que ha experimentado el bien de orden social que deseamos, junto con las concepciones centrales de los distintos modelos de sociedad que han concentrado la atención pública a lo largo del siglo pasado (capitalismo, comunismo, anarquismo, fascismo y socialismo).

Junto con ellos hay Estados con sistemas de democracia social que han combinado sistemas económicos que buscan un equilibrio entre las iniciativas del capital privado y el control del Estado, que regula ámbitos estratégicos de la economía con el fin de evitar abusos del mercado y redistribuir la riqueza para establecer una sociedad más equitativa.

Winston Churchill solía decir que un pesimista ve la dificultad en cada oportunidad, mientras un optimista ve la oportunidad en cada dificultad. ¿Cuáles son las dificultades que se observan? Las actuales desigualdades económicas, las que han alcanzado un nivel alarmante. Al mismo tiempo, el capital se invierte en tecnologías cada vez más eficientes con menos necesidad del trabajo humano, lo que aumenta la cesantía, el ocio, la anomia y el descontento. Se suma a esta situación un modelo de producción que incentiva un consumo creciente, y que pone en peligro el medio ambiente que la humanidad necesita para sobrevivir.

Todos los días las noticias nos advierten de amenazas globales: mega tormentas, escasez de agua por sequías, incendios masivos descontrolados, destrucción de bosques que el planeta necesita para respirar, extinción sin precedentes de las más diversas especies. Es innegable y comprensible que la situación ha desatado descontento, resentimiento, protestas y violencia, las que se multiplican a lo largo del mundo en los más diversos continentes.

En este contexto ¿hay espacio para ser optimistas? Sí, en la medida que seamos capaces de mirar de frente la violencia que hemos provocado con nuestras limitadas concepciones del bien de orden social. La violencia del siglo pasado se entendía como conflictos bipolares entre capitalismo y comunismo, entre fascismo y anarquismo. Ahora vivimos bajo una cultura digital capaz de comprender sistémicamente la complejidad de cómo el conjunto de las cosas interactúan entre sí en búsqueda del equilibrio y la integración. Es desde esta mirada multifactorial que podemos aprender de los errores y aciertos del pasado y de las visiones políticas rivales para desarrollar una visión común superior del bien de orden que necesitamos.

De hecho, ya existen propuestas y experiencias alternativas de desarrollo económico que pueden articularse entre sí y con otros modelos en un proceso de transición. Entre ellos podemos destacar los modelos de economía basados en las empresas cooperativas, en la solidaridad, en el desarrollo circular, ecológico y sustentable, a escala humana. Bajo las recurrentes crisis ambientales que estamos viviendo, estas alternativas están adquiriendo se están abriendo paso para que la humanidad tenga futuro.

La constitución de 1980 logró orientar el desarrollo de una sociedad de crecimiento económico exitoso, basado en la formación de individuos competitivos ansiosos por consumir, aún a costa del endeudamiento y de la pérdida del espacio público. Otra constitución podría orientar el diseño de políticas económicas que fomente una participación ciudadana colaborativa potenciadora del desarrollo integral de cada persona para recuperar y cultivar el hábitat.

El capital podría invertir y crear excedentes en la realización de actividades educativas, culturales y recreativas que movilicen a la población para innovar en redes de colaboración vecinal, nacional e internacional que refuercen nuestro entorno natural común. Así, el empresario no será juzgado por la riqueza personal que acumula, sino que por el reconocimiento del liderazgo que ejerce para incentivar innovaciones en que vale la pena invertir capital y trabajo.

El activismo social en nuestros tiempos digitales se moviliza rápida y espontáneamente para reclamar contra injusticias y demandar respeto a los derechos. El Estado podría orientar el desarrollo de la nación con atención constante al pulso de la ciudadanía, para crear oportunidades de participación educativa y laboral, que canalicen esta energía en campañas para resolver los problemas emergentes. Así el político no será juzgado por su interés personal apegado al poder, sino por su liderazgo en mediar conflictos y movilizar potencial para resolver colectivamente los problemas.

En una sociedad que comprende el bien de orden de esta forma, los ciudadanos con gusto invertirán sus energías, tiempo y capital, no como consumidores sino como protagonistas de la historia en la creación del bien que quieren dejar como herencia para las futuras generaciones.

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