Helga, el matrimonio, los hijos y el “monstruo”

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12 de enero de 2020
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Horst y Helga en la actualidad. Él dedicado a la apicultura y ella al cuidado de los hijos.

“Mi suegro me habló que yo no tenía familia, que había la posibilidad de casarse. Y fui a la casa de ellos y ahí nos juntamos la primera vez con Helga. Pero como no teníamos la posibilidad de hablar con nadie, nada, ningún gesto, yo no me atreví. Y él me preguntó de un posible casamiento (ríe nervioso) y yo no estaba convencido todavía, porque no conocía a Helga. Después yo trabajé en la sastrería y Helga abajo en la cocina y alguna tarde ahí, después del trabajo, nos juntamos y hablamos y comenzamos a conocernos. No nos demoramos mucho y decidimos casarnos. Y yo le dije a Helga: ‘hemos tenido una vida de torturas y yo no me atrevo a tener familia’.

Y si ella quería familia tal vez era mejor que se busque a otro joven porque yo tuve miedo a eso. Para mí era algo totalmente nuevo. Ella estaba segura que quería casarse conmigo y fue tan grande la emoción cuando nos casamos, la fiesta con las familias y todo. Yo salí de madrugada al cerro y recé y hablé con Dios y todo y ya, estaba seguro que quería tener familia”, recuerda Horst sobre el inicio de su relación con Helga.

El 2005 se casaron por el registro civil. Y realizaron también una ceremonia y una fiesta en medio de la naturaleza en una laguna al interior de la Colonia. A esas alturas ya no querían tener ninguna relación con los jerarcas que todavía lo manipulaban todo. Ninguno de ellos fue invitado. “Pero mi mamá que vivía todavía y el papá de Helga dijeron que un acto tan especial no podía ser afuera y no y no. Yo dije ‘tienen que ablandarse’. Y pasó un mes, otro mes y se ablandaron. Y lo hicimos con unas lindas fotos. Y un anciano nos enseñó cómo se hacía antes, con un carro con flores y adornos y todo. Me enseñó cómo recibir a la novia. Y tuvimos la fiesta afuera. Una alegría para toda la vida”.

¿Ya habías logrado independizarte?
“No, yo pensaba ‘con un sueldo mínimo no puedo tener familia’. No hay futuro para los hijos. Eran como 186 lucas al mes. Y trabajábamos tanto cuidando los ciervos, sin horario, regando todo el tiempo, trabajo duro, duro. Mi señora no tiene trabajo hasta hoy día, no tiene imposiciones. Y yo dije ‘yo voy a separarme de las empresas’. Y les hice una petición para hacerme cargo de pillar los conejos, hacer leña de los árboles que se secan, recoger hongos en los bosques, recoger mora y rosa mosqueta. Me lo permitieron, pero sin tener trabajadores. Y yo dije ‘voy a saltar al agua’. Pero mi suegro que trabajaba en apicultura no podía seguir porque quería volverse a Alemania. Y ahí me preguntaron si yo quería hacerme cargo.

Yo no sabía nada, pero era la primera opción para independizarme. Y no tenía dinero. Pero había unos tambores de miel y así empezamos. Y nos hicieron un contrato increíble, nos amarraron todo, fue horrible. Igual dije sí, voy. Y comencé a aprender de a poco con mi cuñado que había trabajado con mi suegro. Y siempre algún trabajador estaba dispuesto a enseñarme una y otra vez. Por lo menos nos fue bastante mejor. Pude comprar las maquinas con una cosecha buena. Hasta el 2014, 2015, todo fue bastante bien, pero desde entonces ha cambiado mucho, tal vez por la sequía, no lo sé. Así que movemos mucho las abejas siguiendo la floración, como 500 colmenas.

Es un trabajo que requiere mucho esfuerzo, es muy duro, cada colmena pesa como 60 kilos, estoy muy agotado, siempre con dolores de espalda. Este último año ya no podía cargar. Ya no sé cuánto podré aguantar. Por mis hijos me exijo a seguir adelante. Ojalá puedan estudiar y tengan una vida mejor que nosotros”.

Sus hijos son Benjamín y Aurelio, de 13 y 10 años respectivamente. Benjamín cursa octavo y Aurelio sexto básico. Benjamín deberá entrar a la enseñanza media en Parral u otra ciudad. Y no tienen casa. Y el trabajo de Horst es en la cordillera. El teme que Helga no pueda estar sola con los niños porque producto de la dramática infancia y los abusos vividos sufre de depresión y ansiedad.

HELGA
Helga nació en Colonia Dignidad. Sus primeros recuerdos son del kínder, los niños separados por sexo. Sólo a veces veía a su madre. Recuerda que “mi abuelo trató de huir a la embajada, pero lo devolvieron. Y a mi abuela la encerraron en un subterráneo y era puro hueso y sufría hambre y todo. El abuelo escribió una carta a Alemania a su hijo para pedir que lo sacaran de acá porque era puro engaño no más. Pero ya estaba todo controlado y revisaban las cartas. Después mi abuelo falleció”.

En la voz cansada de Helga se adivina el desaliento y el dolor. “No sabía quiénes eran mis hermanas y hermanos. Había que adivinar no mas. Después yo quedé con una tía y otras niñas chicas. Y como a los 6 o 7 años me pasaron a otro grupo llamado ‘halcones’. Y ahí puro palo, palo. Casi todos los días tocaba pegarle a una niña, le daban tantos palos y al fin una pobre niña quedó en el piso y alguien decía: ‘¡Termina, termina, que ya está muerta!’. Para mí lo peor era que había que buscar al viejo, a Schäffer, y avisar que habíamos recibido una ‘fleta’ y él siempre preguntaba: ‘¿Qué hiciste con tu mano? ¿Qué chanchería hiciste?’.

Para mí fue siempre un monstruo, siempre tuve miedo, siempre me retaba. Y él estaba en la cocina comiendo, siempre con sus ‘sprinter’ alrededor. Estuve como 20 años en ese grupo. Y solo una vez en la semana nos permitían cambiarnos la ropa. Y los miércoles la ropa interior no más. Y echar la ropa sucia en cada saco”.

¿Recuerdas tus trabajos en ese tiempo?
“Trabajábamos en los campos recogiendo papas, lavando ollas y loza en la cocina, pintando máquinas, lavando los autos, los aviones, haciendo aseo en la casa y lo que hoy es el restaurant. Había que poner el servicio, limpiar el hospital. Y todo a pie, recogiendo fruta, frambuesa o frutilla, ayudando en la jardinería. Y además tocar instrumentos, primero mandolina, después oboe. Y siempre anotar en un cuaderno todo, cuánto tiempo tocaba oboe y también cuándo nos lavábamos el pelo con champú en un frasco chiquito (lo muestra) y jabón Popeye. Y usar zapatos usados y si se rompían llevarlos al zapatero. Y también practicar ‘spagat’ (es una posición física en la cual las piernas están alineadas una con la otra en direcciones opuestas en un ángulo de 180° o más, propio de acróbatas o bailarines)”. Horst dice que debían practicarlo durante el tiempo libre como castigo. Lo practicaron tanto que terminó afectando sus caderas.

EN EL HOSPITAL DE LA “DOCTORA MUERTE”
Helga no recuerda haber asistido nunca a una fiesta o un cumpleaños. Sí recuerda que cuando creció y sus pechos se desarrollaron la obligaron a usar un delantal enorme y blusas muy holgadas para que no se notara. Las camisas viejas de los hombres debían usarlas las niñas. También recuerda que una mañana despertó en la sala de operaciones del hospital. No sabe qué le hicieron. Después escuchó que a todo su grupo le aplicaron electroshock. Los electroshocks se aplicaban en la zona genital posiblemente destinados a provocar esterilidad.

Helga recuerda que una mañana despertó en la sala de operaciones del hospital. No sabe qué le hicieron. Después escuchó que a todo su grupo le aplicaron electroshock.

Mientras trabajaba en la cocina siempre la retaban, que andaba con la “boca abierta” y que era muy lenta. Repite varias veces: “había que hacer toneladas de papas fritas y chucrut” y si llegaba a quebrar una taza “había que anotarlo”. Y a ella por tanto stress nada le salía bien. “La cocina era un trauma para mí”, afirma. “Y el viejo (Schäffer) estaba en su mesa comiendo y si tenía reunión todas teníamos que salir y cuando el terminaba debíamos volver a terminar el trabajo.

Hacíamos mucho jugo de manzana. Yo trabajé 15 años en la cámara de frío, hasta que estuve embarazada de mi primer hijo. Una vez me dejaron un año en la jardinería después que se fue Schäffer. Y nos obligaban a ir a las reuniones a rezar y siempre con palabras duras y siempre ‘tiene pecado y hay que ordenar tu vida’. ¡Oh! Siempre había que decir lo que uno pensaba. Estaba todo manipulado. Siempre había que dejar el yo afuera. Un año estuve en el gallinero. Y después de Schäffer hubo una competencia entre Harmutt Hopp (fugado de la justicia chilena actualmente en Alemania) y Riesland por el liderazgo. Y muchas cosas andaban mal. Y me volvieron a la cocina”.

En Dignidad Schäffer impuso una religión del terror que le permitió manipular a su antojo las consciencias de sus víctimas. El miedo a un dios castigador, la presencia del diablo como explicación a toda rebeldía, una biblia que los colonos nunca recibieron, confesiones comunitarias que incluían los sueños, le permitió un control riguroso de todas las actividades y conductas de los colonos. Los castigos incluían palizas, la prohibición de hablar por largos periodos, negación de alimentos y agua, medicación forzada y trabajos pesados. Un caso extremo que aún me cuesta creer es el de una colona que se portó mal de acuerdo a las reglas del pedófilo y fue condenada a vivir sola en el bosque por varios meses. Cuando regresó a la comunidad se mantuvo en silencio y aislada.

En Dignidad Schäffer impuso una religión del terror que le permitió manipular a su antojo las consciencias de sus víctimas.

Helga desarrolló una depresión severa, era incapaz de trabajar, pero no sabía lo que le pasaba. Su padre la quiso llevar a un médico especialista, pero no pudo. Cuenta que Hoop le dio algunos medicamentos. Ahora se da cuenta que tuvo varias depresiones. Además, en ese tiempo uno de los jerarcas abusó de ella. Recuerda que “estábamos celebrando Navidad y me dijo venga, venga conmigo. Y yo inocente fui con él… fue en la panadería. Y otra vez allá en el camino, estaba muy oscuro”.

¿Hiciste la denuncia en la policía?
“En ese tiempo no teníamos ningún contacto afuera. Y Doris Gert lo hizo y se convirtió en una oveja negra. Y también pasó con otras niñas. Y él ahora vive en la ‘Villa’ muy tranquilo”.

El capítulo sobre los abusos de las mujeres en Colonia Dignidad está pendiente. Siendo ellas la última escala en la distribución del poder y tratadas cotidianamente con menosprecio e indignidad, son quienes más han tardado en narrar sus brutales experiencias de abuso, golpes, trabajo esclavo, misoginia.

Algunos ex colonos se han aprendido de memoria el discurso de que la única manzana podrida era Schäffer. Pero un solo hombre no pudo construir un verdadero campo de esclavitud, acumular una incalculable riqueza, cometer todo tipo de delitos y gozar de impunidad por décadas. Los antiguos jerarcas que rodeaban al pedófilo y compartían sus privilegios fueron su círculo de hierro. Ellos se distribuían las tareas represivas, de inteligencia (46 mil fichas de chilenos), los negocios, la alianza con la dictadura militar. Y por supuesto ejercían violencia y abusos contra los indefensos colonos y colonas.

Sobre las represalias que sufrían quienes se atrevían a hablar o a defender sus derechos, Helga cuenta que una vez hicieron panfletos contra Horst y Winfried Hempel y los repartieron por todas las casas y habitaciones.

UNA RELIGION BASADA EN EL MIEDO
Schäffer usó la fe sencilla de los colonos para construir su pequeño reino al servicio de sus perversiones y los privilegios de los jerarcas. El desarrollo de nuevas manifestaciones sectarias al interior del enclave debiera mantener en alerta a las autoridades.

“Yo lloraba y lloraba por tantos conflictos acá. Y nosotros fuimos de los primeros en cambiar el rumbo. Y todo fue peor cuando mi mamá se volvió a Alemania. Ellos dijeron: ‘ustedes están locos, con ustedes no se puede hablar’. Yo estaba sola con mi güagüa, y ellos dicen: ‘se alejaron de Dios’. Y no tuvimos ninguna ayuda, nada. También están enojados porque pusimos un recurso de protección porque nos querían cobrar arriendo, cuando todo esto lo crearon los que vinieron y nuestro trabajo de cincuenta años”, explica Helga.

Horst interviene para señalar que “también nos quieren cobrar por la electricidad, pero la electricidad es propia y sale de las turbinas, así que pagamos como 15 mil pesos, para mantención de las turbinas. Ellos dicen: ‘Ojalá se vayan de aquí, los rebeldes’”. Helga, conmovida y nerviosa, salta de un tema a otro. “Una vez yo me puse unos zapatos para ir a recoger papas y la tía me empezó a pegar en la cara, fuerte, fuerte, hasta que yo caí. Y tenía la cara hinchada y me dejaron en arresto por varios días. Y avisaron a Schäffer, nadie podía ver mi cara por lo hinchada que estaba. Y otra vez que el pecado”.

¿El pecado, el diablo, una religión basada en el miedo?
“Pasó con Alfred Schaak (un importante Jerarca cercano a Schäffer). Cuando falleció dejaron el ataúd en el actual Restaurant Zippelhaus que se usaba como sala de reuniones y el Schäffer gritaba: ‘Levántate, levántate’. Y no se levantó. Y la culpa era de los pecados de la comunidad. Eso impidió que Schaak resucitara”.

De acuerdo a Friedrich Paul Heller, en su libro “Pantalones de cuero, moños…y metralletas. El trasfondo de Colonia Dignidad” (Ediciones Chile-América, Cesoc), quien ha estudiado el fenómeno desde los años setenta, Schaak, encargado de las tiendas de la Colonia en Alemania, fue asesinado por orden de Scháffer, porque quiso denunciar algunos delitos como el tráfico de armas. Hopp viajó a Alemania y trasladó sus restos hasta el enclave. En dicha muerte se habría usado una bacteria desarrollada por la DINA con el apoyo de Schäffer, la misma que se usaría en el asesinato de personeros contrarios a la dictadura militar.

Horst insiste: “Pasaron muchas cosas así. Siempre era el pecado, si alguien murió era por el pecado. El miedo era tremendo, una vez siendo niños un chico cayó en el hospital por meses por las drogas y al final ya no despertó. Y nos hacían ir al hospital a verlo con tubos y todo. ¡Muy fuerte! Y rezar por él para que lo soltara el demonio. Y una niña murió, porque era cariñosa con los niños chicos y le pegaron hasta que un día se tiró al rio y se ahogó. Y nos dijeron que estaba en el hospital y solo una enfermera podía verla porque tenía una enfermedad muy grave. Y alguien dijo que Schäffer había dicho: ‘Esto lo llevamos a la tumba, nadie habla’. Y no se sabe la verdad (si se mató o la mataron). Todo era un infierno”.

Siguiendo a Heller, la chica se llamaba Ursula Schmidtke la que “fue condenada y golpeada por la ‘asamblea de hombres’, porque era ‘muy fresca’ y además no ocultaba todo su cabello debajo del pañuelo. Se ahogó en 1963 en un intento de fuga. Según Colonia Dignidad la causa de muerte fue una pulmonía”.
“Esa sala (Zippelhaus, el comedor actual del hotel) donde corrió tanta sangre, merece también ser un espacio de memoria”, afirman ambos.

LA DICTADURA CONTINUA
Hemos conversado por horas. Hacemos un alto para un café. Afuera la lluvia aumenta y ha caído la noche. Se escuchan las risas de sus hijos en otra habitación, ajenos a nuestra plática.

Conversamos un rato sobre cómo enfrentar mejor sus necesidades en el ámbito de la salud y de la vivienda. A ratos pareciera que ambos se encuentran al borde de la desesperación, atrapados antes y ahora por la tragedia que ha sido Colonia Dignidad. Me pregunto si será tan difícil para las autoridades chilenas y alemanas encontrar una solución aceptable y rápida para tanto dolor y desesperanza. Pero la experiencia demuestra que los distintos gobiernos chilenos no han tenido la voluntad de hacerse cargo de la responsabilidad del Estado en esta tragedia. Sólo los tribunales de justicia podrían obligarlo a responder por la brutal vulneración de derechos vivida por décadas en Colonia Dignidad.

No son los únicos. A ellos se suman los menores chilenos abusados que llevan 20 años esperando una indemnización, los detenidos y torturados de Talca y otras ciudades, los campesinos expulsados de sus tierras con apoyo militar después del golpe de Estado. Al terminar, Horst comenta que “cuando pillaron a Schäffer el 2005 ya estaba el nuevo pastor. Hizo un gran perdón y nunca más se habló del tema. Eso fue todo”.

Es tarde. La noche ha caído sobre el inmenso fundo. Llueve. Horst nos obsequia su exquisita miel cordillerana.
Al despedirnos, Horst me recuerda una frase que se podría aplicar a situaciones como esta: “Se fue el dictador (Schäffer), pero la dictadura continua”.

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