¿Hacer o deshacer?

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16 de diciembre de 2019
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Qué es más fácil: ¿crear, impulsar, producir y construir o, al contrario, destruir, detener, dilapidar y derribar? La respuesta es fácil: siempre es más liviano bajar que ascender, es más sencillo desarmar que elaborar y cuesta mucho menos derrochar que acrecentar.

El Instituto Nacional José Miguel Carrera, la primera institución educacional creada en la República, el primer colegio de Chile independiente y, según su propio lema “El primer foco de luz de la nación” ha tenido, por primera vez en muchos años, más vacantes que alumnos postulantes. Las cifras son elocuentes: tras el primer llamado a postular, quedaron 112 vacantes sin llenar. Y luego de un segundo llamado, inédito para el Establecimiento, sobraron 52 cupos que no tuvieron interesados.

El establecimiento, cuna de Presidentes, parlamentarios, empresarios, intelectuales, artistas y demás hombres que han formado la élite de Chile, no tuvo, este año, suficientes alumnos para llenar sus vacantes.

¿Qué razones permiten explicar esta inédita merma de postulantes? ¿Es que se cuestiona la calidad de la educación que el Instituto ofrece? ¿La idoneidad de sus docentes, de su infraestructura? Las razones son otras, muy distintas. Las familias anhelan un establecimiento como el Instituto Nacional, pleno de exigencias y desafíos estimulantes para quienes quieren dar lo mejor de sí. Un colegio cuyas clases sean el impulso a indagar antecedentes, formular hipótesis, ensayar propuestas y aprender cada día y a cada momento. Y si, otrora, este bicentenario Instituto respondía con creces a tales esperanzas, ¿por qué hoy sobran vacantes? El Lector, tanto como yo, sabe la razón de esta menor postulación, Los paros, las huelgas, las tomas, las marchas, la interrupción de clases, las bombas incendiarias, la violenta agresión a autoridades, docentes, funcionarios y compañeros, que hemos observado con desazón los últimos años, finalmente han hecho mella.

Cuando hace unos meses comentamos, en este mismo espacio, que la insólita destrucción de uno de sus muros para sacar piedras que arrojar a la policía era una temible y terrible señal, hoy comentamos, con pena, que tuvimos razón aquella vez. El Instituto Nacional se apaga. No de improviso, porque indicios hubo demasiados. No de un golpe, porque ha tenido varios. No de una vez, porque será de a poco. Pero será.

A menos, nos queda la esperanza, que retorne la cordura y esta prime por sobre la insensatez, el sectarismo y la afiebrada obcecación de quienes han visto en este establecimiento la inclusión verdadera, la integración fundamental, que no tiene que ver con las viviendas, los sueldos o la ropa. Que sí tiene que ver con la disímil procedencia que tenían sus alumnos, la distinta condición económica que poseían y la igualdad fundamental que el Instituto ofrecía y exigía: las ganas de aprender, de estudiar, la disposición a esforzarse al máximo y el deseo de contribuir al progreso personal, familiar y nacional, que inspiraba a sus alumnos.

Es de esperar que una institución que costó a miles de chilenos levantar por más de 200 años, no sea destruida por la ciega intolerancia de unos pocos.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

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