Espías demasiado cerca

Lo mejor de un servicio secreto es, precisamente eso: ser secreto. Pero ello también implica muchas veces que ni siquiera sus propios gobiernos reciben la información recogida. Un servicio secreto es, por esencia, un poder autónomo (o que busca serlo) dentro del estado, democrático o no.

Eso explica que, hasta la semana pasada, prácticamente nada se sabía de la alianza entre la CIA, la agencia norteamericana, y el BND, su contrapartida alemana. En un reportaje del Washington Post y dos canales de TV: ZDF (alemán) y SRF (suizo), se calificó este insólito pacto como “el golpe del siglo de los servicios de inteligencia”. A través de la empresa Crypto, la sociedad CIA-BND se convirtió en un lucrativo negocio que diseñó, fabricó y vendió equipos de encriptación y líneas de comunicación “seguras” a más de 120 países. Conforme el reportaje, “los gobiernos extranjeros estaban pagando buen dinero a EE.UU. y Alemania Occidental (para que registraran) sus comunicaciones más secretas». El Reino Unido, Israel, Suiza y Suecia recibieron parte de la información.

La clave del negocio -político y financiero- es que podían acceder a los equipos así vendidos sin que los usuarios lo supieran.

El monitoreo afectó a Brasil, Chile, Colombia, Honduras, México, Nicaragua, Perú, Uruguay y Venezuela en nuestro continente. La sociedad CIA-BND entregó información sensible sobre las juntas militares de Sudamérica a Washington y a Bonn (la capital de Alemania Federal).

Para los norteamericanos, lo más importante fue el seguimiento de las actividades en Irán durante los 444 días de la «crisis de los rehenes» desde fines de 1979. Los alemanes se beneficiaron -aunque tardíamente- con los datos de un atentado terrorista de origen libio contra una discoteca. Según la versión del Washington Post, los británicos recibieron importante información sobre el ejército argentino durante la guerra de las Malvinas. Sin entregar detalles se supo que también El Vaticano era cliente. Rusia y China nunca confiaron en las máquinas helvéticas y jamás las usaron.

El gobierno suizo reaccionó de inmediato. La portavoz del Ministerio de Defensa indicó que ya se había designado a Niklaus Oberholzer, ex ministro de la Corte Suprema, para que se hiciera cargo de la investigación. Tiene plazo hasta fines de junio para entregar los resultados. “Estos acontecimientos, agregó la vocera, se remontan a 1945 y es difícil reconstruir lo ocurrido e interpretarlo”. Es evidente que semejante alianza entre los vencedores y los recién vencidos en la guerra, habría parecido imposible en ese momento. Pero así ocurrió.

Para los chilenos es, por cierto, muy grave que dos países “amigos” nos espiaran. Pero más grave es que el período más intenso de esta actividad clandestina, coincidió con los peores años de la dictadura. La información obtenida debió permitirles saber que en Chile se cometían graves violaciones a los derechos humanos, incluyendo el asesinato de Orlando Letelier en Washington. Otros dos episodios más debieron preocuparles, por lo menos: el caso del periodista norteamericano Charles Horman (llevado al cine en Missing), y las atrocidades de Colonia Dignidad, largamente ignoradas, aunque más tarde Alemania mostró su preocupación por esta situación específica.

La pregunta es si ¿habrá alguna reacción oficial en Chile?

Abraham Santibáñez

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