¿Es posible la nueva normalidad escolar?

Es decir, por donde se mire, al parecer lo más rentable socialmente es continuar con la actual educación a distancia, aunque todos los expertos tienen claro que no equivale a una formación presencial.

Nadie podría pensar que hacer una clase a un grupo de niños pueda ser asimilable con tomarse un café, tomar una cerveza o comer una empanda en un local comercial cualquiera. Al menos, así ha sido descrita es supuesta “nueva normalidad” que podríamos enfrentar los chilenos en el contexto de la actual pandemia.

Todo esto, por cuanto para nadie es desconocido que, mientras no exista una vacuna, todos los habitantes del planeta –especialmente quienes viven en las ciudades- deberá literalmente convivir con el riesgo de contraer el Covid-19. Así, como no podremos estar en cuarentena permanente, será necesario retomar cierta actividad.

Dicho objetivo busca, a la vez, ser complementario con el interés de las autoridades y de amplios sectores de la ciudadanía, en cuanto a reactivar la economía, en términos generales. Y en términos estrictos, revivir especialmente el comercio y los servicios, los cuales capta un importante segmento de la mano de obra.

Esta urgencia es todavía más relevante en ciudades como Talca, Linares o Curicó, donde las industrias ya no existen y su perfil económico está justamente sustentado en los servicios, ya sea públicos o privados. Todo esto, en el contexto de la actual economía de mercado, sustentada en el intercambio de productos.

¿Pero es posible aplicar esta expectativa a la educación? Al momento, a pesar de lo que piensan algunos, la respuesta parece ser negativa. De hecho es también imposible siquiera imaginar 45 ó 40 niños reunidos en una sala de clases sin que ello transgreda las reglas de distanciamiento preventiva de contagios de Covid-19.

Lo mismo ocurre para la hora del recreo y, más todavía, es pensar que el sistema de educación pública cuente con mascarillas para renovar cada jornada a los miles de niños. Ni qué hablar de los profesores, la gran mayoría de ellos, excelentes y esforzados educadores, pero igualmente personas de la tercera edad.

Ante ello, existen dos alternativas: una es retomar paulatinamente las clases en liceos y colegios rurales, en específico, en escuelas donde uno o dos educadores trabajan con siete o diez niños por jornada. Allí es posible -no necesariamente lo ideal, por supuesto- aplicar las reglas mínimas de bioseguridad por contagios.

Lo otro es, en el caso de los colegios y liceos de las ciudades, poner en práctica una combinación entre clases presenciales y no presenciales, citando a los niños por grupos de no más de diez o quince, como máximo, por periodos cortos y clases específicas. Sin embargo, ello trae el riesgo asociado del transporte.

Para todos es sabido que, especialmente en regiones, la locomoción colectiva no tiene los estándares suficientes de comodidad y seguridad, mucho menos, en términos sanitarios. De hecho, hasta poco tiempo atrás, e Talca hubo un paro de choferes justamente reclamando porque no tenían ni siquiera mascarillas.

Es decir, por donde se mire, al parecer lo más rentable socialmente es continuar con la actual educación a distancia, aunque todos los expertos tienen claro que no equivale a una formación presencial. Ello por cuanto, el niño o joven no tiene opción de realizar preguntas, base fundamental del interés por el conocimiento.

Lo más franco y claro parece ser, en el actual contexto, enfrentar derechamente la decisión de suspender el semestre académico, lo cual permitiría contar con el tiempo suficiente para planificar algo más viable a partir de agosto próximo, es decir, cuando el invierno haya pasado y, quizás, los contagios vayan a la baja.

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