Entendimiento y diferencias

Ya tras el estallido social de octubre se generó en un principio cierta aproximación entre los distintos partidos. Pero se asustaron y todo volvió a fojas cero.

La unidad, en política, asusta. En los del mismo equipo y, con mayor certeza, entre oponentes. Es inconcebible que adversarios políticos puedan coincidir en argumentos, en soluciones.

No es la esencia de la política. Su esencia es, justamente, la discusión democrática, el disentir, con argumentos, en búsqueda del bien común. Paradójico, por decir lo menos. Buscar el bien común asumiendo las diferencias. O a pesar de ellas, avanzar.
A veces resulta una tortura escuchar a los parlamentarios defender sus ideas, atacar y contraatacar. Tal vez por eso, por la virulencia, por la falta de empatía ideológica, la ciudadanía tiende a criticar con dureza a la clase política. Sí, es cierto, hay otros factores que influyen en la distancia entre quienes se dedican a esta labor -incomprendida a veces, mancillada otras, pero de innegable relevancia para el funcionamiento democrático- y los ciudadanos que han aprendido -como ha quedado demostrado- a manifestarse y hacer valer sus derechos.

El ministro de Salud, Jaime Mañalich, nos tiene acostumbrados a los titulares grandilocuentes. Puede caer bien o mal, pero nunca va a pasar desapercibido. En una de sus últimas reflexiones, expresó que “el fracaso del Gobierno es el fracaso completo de un país en la lucha más grande que ha tenido que enfrentar en los últimos años”.
Lo dijo a propósito de algunas críticas que se han expresado a la gestión del Gobierno en medio de la pandemia. Acusó de cierta intencionalidad en algunos líderes por mostrar que el Gobierno “va a fracasar”.

El ministro sabe que en política es “sin llorar”, reconociendo la histórica dialéctica de enfrentamiento que se utiliza en las trincheras partidarias.

Sin embargo, hay momentos que, por su relevancia, consecuencias y afectación, ameritan una interpretación diferente. Se necesita de un entendimiento que supere las diferencias ideológicas. Ya tras el estallido social de octubre se generó en un principio cierta aproximación entre los distintos partidos. Pero se asustaron y todo volvió a fojas cero.
El miedo, se sabe, no es un buen consejero.

La generosidad, la solidaridad, en cambio, permiten desprenderse de egoísmos y pensar más allá de lo que -con justicia ideológica- se considera correcto. Porque no es fácil reconocer al otro, al “rival”, al que piensa distinto. Es más fácil pretender que mi idea es mejor.
Pero no están los tiempos para egoísmos.

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