Él vino para traer paz, Él es nuestra paz

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22 de diciembre de 2019
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Vivimos en un mundo globalizado, un mundo que, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, no obstante, se vuelve cada día más violento y brutal. Los espectros de los conflictos armados, los que han dejado huellas imborrables en la sociedad, en la actualidad se vislumbran amenazantes. No se puede negar que la paz es un derecho humano y lo que hoy más deseamos, sin duda, es la paz, no se puede vivir en medio de la violencia. La violencia misma, daña, destruye y los que más sufren sus estragos, como lo hemos visto, son los más débiles. La violencia produce caos, inseguridad, odios, rencor, destrucción y sentimientos de venganza. Cuando no hay paz, no hay desarrollo y si no hay desarrollo, tampoco hay medios para entregar a los más necesitados.
No creo equivocarme, todos deseamos y necesitamos de la paz (las familias, los barrios, las comunidades, las ciudades y las naciones). Pero si es así, entonces, debiéramos preguntarnos ¿por qué no es posible alcanzar la paz? Mis estimados, la Biblia lo dice y la historia así lo demuestra, cuando hay una ausencia de Dios en el hombre, entonces, es imposible que el hombre tenga paz. (“… por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” Romanos 5:1).
En la actualidad, la gran mayoría de los seres humanos vive una vida de apariencias, ya que, en el fondo de su interior, no se sienten conformes con la vida que experimentan. El tipo de vida que se ha instalado en la sociedad más bien obedece a un progresismo liberal, que más que un progreso, es un retroceso en lo moral. Un botón de muestra; es el modelo de familia, ésta es desechable, no brinda seguridad conyugal ni menos estabilidad a los hijos y, cuando ello sucede, no puede haber paz en el corazón humano. ¿Cuál es la razón? Si se responde con honestidad y responsabilidad, en cualquier momento lo que parecía ser fuerte e inquebrantable se rompe, se destruye, dejando tras de sí, huellas imborrables en lo que se decía amar e hijos traumatizados por el resto de sus existencias.
Lo que hoy más necesitamos es paz y, muy en especial, la paz interior, para ello, es necesario atender con mayor diligencia el mensaje del Evangelio. Una vez más, celebraremos el más grande acontecimiento que la humanidad ha experimentado, me refiero a la venida del Hijo de Dios a este mundo. La encarnación del verbo de Dios, su venida, fue anunciada “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). En su nacimiento los ángeles cantaron “¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, ¡buena voluntad para con los hombres! (Lucas 2:14). Nuestro Señor, al llegar al término de su ministerio terrenal, Él les proporcionó la paz a los suyos, a los que le siguen, a los que creen en él. Esa paz, es distinta al plano racional humano, él nos dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo (Juan 14:27)”; “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
Dios nos ha creado, pero el hombre se ha convertido en su enemigo, sin embargo, Él, envió a su Hijo para que en él tengamos paz. Él es nuestra paz (Ef. 2:14). Feliz Navidad.

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