El proceso constituyente (parte dos)

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1 de febrero de 2020
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En mi columna anterior hice mención a la oportunidad que representa el próximo plebiscito para pronunciarnos en torno a la constitución política del Estado, donde se definen las líneas gruesas de la forma en que nos organizamos y de nuestra convivencia. Sería la primera vez en que podremos expresarnos democráticamente respecto del tipo de país en que queremos vivir. También resumí el significado de las opciones en juego, aprobar o rechazar la elaboración de una nueva constitución.

Desafortunadamente, al menos hasta la fecha, desde las distintas trincheras, en vez de centrarse la energía en los méritos de sus respectivas opciones, se tienden a reportar mensajes apocalípticos de triunfar una u otra opción, tanto en los medios de comunicación convencionales como en las redes sociales. La polarización está en marcha buscando instalar una campaña del miedo, tanto de parte de quienes están con la opción apruebo, como con la opción rechazo.

Algunos de quienes respaldan la opción apruebo afirman que la perpetuación de la actual constitución implicaría la recurrencia en el tiempo de los estallidos sociales, los que tenderían a incrementarse. Se apoyan en la revolución pingüina del 2006, la rebelión universitaria del 2011, y el tsunami social del último 18 de octubre. Sin embargo, olvidan que ninguno de estos estallidos fue precedido por plebiscito alguno donde todos tengamos la posibilidad de expresarnos sobre la actual constitución. Es una diferencia que estimo clave.

En efecto, si en el plebiscito ganara la opción de rechazar la elaboración de una nueva constitución, lo democrático es aceptar el veredicto y no sacarse el pillo con argumentos sacados de la manga. Más que amenazar con los mil y un demonios de ganar la opción rechazo, lo que corresponde es asegurar que la gente pueda votar informadamente, concentrarse en las ventajas que conlleva la construcción de una nueva constitución desde una hoja en blanco, sin imposiciones ni violencias de ninguna naturaleza, asegurarse que el mayor número de personas vote, y que los espacios publicitarios sean equilibrados para las distintas opciones. Flaco favor le hacen a la opción apruebo al basarse en las consecuencias negativas de la opción contraria.

Lo mismo vale respecto de quienes desde la acera contraria, la del rechazo, ponen el acento en el vacío o caos que se generaría de ver triunfante la opción apruebo. Pero eso será materia de la próxima columna.

Rodolfo Schmal S.

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