El final del túnel

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28 de junio de 2020
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La pregunta que todos nos hacemos es: ¿cuándo terminará esta feroz plaga que nos devasta desde meses? Y, por cierto, nadie tiene una respuesta que se acerque siquiera a la certidumbre que quisiéramos. Abundan presunciones, teorías y conjeturas, basadas nada más que en especulaciones, supuestos y hasta en cábalas que harto poco tienen del rigor científico necesario. Ocurre que no disponemos de un parámetro confiable con el que medir la magnitud y extensión de la pandemia. No hay puntos de comparación en cuyo reflejo poder confiar. ¿Será que, una vez más, habremos de acudir a la Historia y del pasado, extraer lo necesario para alumbrar nuestro presente?

El mejor referente, más bien el único, que podría servirnos para extraer pautas de comparación y proyección es la Gripe Española que diezmo varios continentes hace casi exactamente un siglo.

Aquella pandemia, según se sabe hoy, se inició en Estados Unidos por allá por 1918 (pese a que hay teorías que sitúan su origen en China un año antes) y se trasladó a Europa con las últimas tropas norteamericanas que iban a combatir en la Primera Guerra Mundial. Y en ese continente, ya devastado por la guerra y sus secuelas, se expandió rápidamente. En España, cuya prensa no estaba bajo la censura militar de los beligerantes, se informó profusamente de la desolación que la peste dejaba a su paso. Tal vez por esto la pandemia tomó el nombre del país en que causó 8 millones de infectados y 300.000 muertos.

Y de Europa, la plaga viajó a Sudamérica y nos llegó a nosotros por dos vías: por Valparaíso, a bordo de las naves que provenía del Viejo Continente y desde Argentina, a cuestas del ferrocarril trasandino que ya existía. En ambos casos, hacia el segundo trimestre de 1918. Unos meses más tarde, ya en la primavera, comenzaron a advertirse numerosos casos. El período más mortífero de la pandemia se extendió por 1919 y ya hacia el año siguiente empezó a declinar. Las estadísticas (sólo medianamente confiables) dicen que entre 1921-1922 Chile volvió a las cifras más o menos habituales de decesos. En suma (y dejando de lado los numerosos reparos a las estadísticas sanitarias), aquella plaga significó 40.113 chilenos fallecidos, en un país que contaba con 3,7 millones de habitantes, 10.658 camas hospitalarias, 450 médicos y 109 hospitales (cifras del Anuario estadístico de 1917).

¿Es posible proyectar aquellas cifras a la actual pandemia que sufrimos? Quiero creer que no es posible. Los avances notables de la medicina, de la tecnología médica disponible, de la cobertura hospitalaria y de las condiciones de salubridad general no permiten hacer el parangón. No obstante, hay datos preocupantes que, me temo, podrían equiparar las diferencias: la densidad demográfica de hoy es notablemente mayor a la de 1920, la tasa de urbanismo también lo es. La movilidad de la población (pese a las cuarentenas y toques de queda) y con ella la transmisión viral, es mucha más que entonces. Y el temor al virus y a su letalidad también es diferente.

Si bien nadie sabe, con certeza, cuándo comenzaremos a salir del espantoso túnel por el que caminamos hoy, nuestros antepasados, hace un siglo exacto, tardaron no menos de tres años.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

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