El caminante que detuvo su andar en un taller de lanas

Con más de 20 años dedicado al oficio de las piezas de artesanía hechas con lana, en su vida hay también varias otras etapas y, quien sabe, dice, si vengan más.

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14 de diciembre de 2019
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El artesano textil Alfredo Morán teje sus piezas en un espacio que le permite admirar los árboles que él mismo plantó cuando llegó a la casa que ocupa desde hace 18 años.

El artesano, Alfredo Morán Venegas (Talca, 1958), es de esas personas que parecen mirar desde una cima. No en el sentido de soberbia, sino de quien ha hecho un largo camino, con varios entresijos, hasta llegar a un punto donde se puede mirar con perspectiva y reconocer procesos.

En este trayecto, Alfredo (muchos lo conocen por Alfredo Rayán, porque así está en Facebook) ha llegado a la estación vital de la artesanía textil como algo natural. De alguna manera, hubo eventos en su vida que lo fueron conduciendo hacia acá: primero una señora que, en Nirivilo, cuando era niño, le enseñó los primeros usos de la aguja; luego, una tía y, también, su propia madre.

Pero, tampoco se puede asegurar que sea la estación final, él se cuida de las predicciones tan contundentes. “Capaz que a los 70 años se me ocurra escalar el Everest por decir algo; pero en este momento ha sido una buena cosa para mi alma y mi cuerpo trabajar en el textil”, relata.

APRENDER Y CREAR
Algo en esa barba completamente blanca evoca aires proféticos. Pero al conocerlo, es posible darse cuenta que, lejos de plantearse como portavoz de un mensaje, Alfredo gusta de compartir y aprender mutuamente.
Así ha sido en la artesanía textil en la que lleva ya más de 20 años. En todo este tiempo, ha desarrollado una labor propiamente creativa, y también una de tipo formativa con mujeres en zonas apartadas de la región.

La mayor parte de las veces son personas ya iniciadas en la artesanía textil, por lo que le toca enfrentarse al cuestionamiento de “qué es lo nuevo que se puede aprender con este caballero”, pero al final siempre ambas partes salen ganando.

Cuando no está en lugares como Pelluhue (que es el lugar donde desarrolló talleres este año), está trabajando en el taller que ha montado en su casa. Un lugar pequeño, con ventanales que dan a un jardín bien sombreado.

Allí teje todo el tiempo, pensando en cualquier otra cosa, menos en cómo vender sus trabajos. Reconoce que, al igual que muchos artistas, le cuesta la relación con el dinero y las ventas; lo suyo es dar curso a la creatividad, “pintando con lana”.

DE LA FOTOGRAFÍA AL TELAR
Esa creatividad antes se expresó en el estudio del Diseño Gráfico y Fotografía. Los años 70’, tan turbulentos y, luego, tan oscuros, lo encontraron en Santiago. Como estudiante de Fotografía, por ese entonces comenzó -como muchos otros- a tomar imágenes en las calles. “Tomé imágenes que no me habría gustado tomar”, recuerda.

Esas fotografías se entregaban desinteresadamente a quienes pudieran servir, y así se colaboraba con dejar registro de lo que sucedía en plena dictadura cívico-militar.

Los 80’ ya fueron distintos, casado, con dos hijas, y trabajando en Talca. Un negocio de publicidad y diseño gráfico le permitió mantener a su familia.

En algún momento de la década siguiente, las cosas comenzaron a cambiar. Y el momento del gran quiebre, fue cuando murió su mamá. Recuerda que no era especialmente apegado a ella, pero –finalmente- la madre es siempre el origen de todo, y cuando ese hecho aconteció, el remezón vino desde la raíz.

El tejido vino primero como un bálsamo para aplacar la pena. Un día la artesana, Herminia Castro, lo invitó a exponer en una feria. Por ese tiempo, Alfredo hacía muchos telares con figuras de árboles, y se vendieron bastante bien. A partir de allí, Alfredo fue dándose cuenta que podía vivir de la artesanía textil, y se entregó a ella con un amor que se refleja en el tiempo que le dedica a los detalles.

MADRE NATURALEZA
Mientras teje, Alfredo piensa, por ejemplo, en la naturaleza. Es el pilar de su espiritualidad. “He aprendido mucho de los ciclos de la naturaleza”, comenta.

La madre naturaleza le ha enseñado también que todo vuelve a su curso. Así fue también en su vida personal. Hace 18 años, mantiene una relación con Cristián, y hace cinco que están unidos por el Acuerdo de Unión Civil. Como suele suceder, un incidente médico les abrió los ojos respecto a lo cruel que puede ser un sistema con una concepción de familia estrecha y anticuada.

Y desde lo social, le preocupan los cambios que se han producido en los últimos años en el secano costero, a raíz del progresivo daño al medioambiente. Más que los discursos de políticos o advertencias de científicos, Alfredo dice que le impacta lo que ha visto en terreno.
“Va a llegar un tiempo en que voy a tener que caminar en tres pies, voy a tener que usar un bastón. Y eso no me lo dice la religión, me lo dice la edad, el tiempo, y la naturaleza. A raíz de eso soy un hombre más creyente de la naturaleza en sí misma”, explica.

LAS ETAPAS DE LA VIDA
Es mucho lo que se puede hablar con Alfredo, es un buen conversador. Hay muchas historias de su gran familia, con seis hermanos, sobrinos, tías, hijas y una nieta. Muchas historias del campo de sus abuelos en Nirivilo también.

Todo con el carácter ameno de quien ha recorrido varias estaciones en la vida, y las sabe reconocer.

Desde esa difusa base cristiana que le quedó de su formación familiar, en algo recuerda al Eclesiastés, cuando dice a propósito de su actual ocupación: “Hay cosas en la vida que se van acomodando con la edad. A los 20 haces cosas muy imperiosas, a los 30 vas planificando parte de tu vida, a los 40 ya estas relativamente estacionado con algo, con un trabajo, con una casa; a los 50 quieres estar hay estable con tus emociones; y a los 60 como que ya quieres estar con algo que te de tranquilidad y además el corazón lo tengas tranquilo”.

1 Comentario

  1. Que agradable es leer y saber de Alfredo. Entrega una paz con solo leer de su vida y de su actual momento. Me alegra mucho saber que se realiza en muchos aspectos de su vida. Un abrazo.

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