El antídoto y el poder

Nos hemos enterado en las últimas horas de lo que son, indudablemente, dos buenas noticias. La primera de ellas viene de Inglaterra, en donde un grupo de científicas/os de la Universidad de Oxford, liderado por la investigadora Sarah Gilbert, asegura que se encuentran trabajando en una vacuna para frenar el avance del Covid-19 y que podría estar terminada en septiembre del 2020. La segunda proviene de Estados Unidos, donde un laboratorio privado (Distributed Bio) estaría desarrollando no una vacuna, sino una cura para el virus, la que igualmente estaría disponible en septiembre. La diferencia, puntualmente, es que la primera permitiría frenar el avance de la pandemia, pero no salvar de sus consecuencias a quienes ya están infectados/as, mientras que la segunda, de materializarse, significaría el fin del coronavirus inhibiendo, además, potenciales rebrotes.

No tengo la más mínima capacidad de pronunciarme respecto de los avances o retrocesos de estas investigaciones que, espero por supuesto, puedan llegar a buen puerto. Sin embargo, sí es posible plantear algunas interrogantes en una línea, digamos, geopolítica. De encontrarse la vacuna o la cura para este virus ¿ésta será repartida igualmente en todo el mundo? ¿O, por el contrario, veremos, una vez más cómo las superpotencias se aseguran comprando cientos de millones de dosis para sus poblaciones internas mientras los más pobres del mundo ven sellados sus destinos al no ser sus Estados lo suficientemente ricos para adquirir el antídoto? Finalmente, y en el plano local ¿se dispensará, con la misma regularidad y eficiencia, este antídoto en las clínicas privadas del barrio alto de Santiago, por ejemplo, como en el consultorio de la localidad de Victoria en la Araucanía?
La idea central es ésta: si bien el Coronavirus es una pandemia global que desterritorializa los límites nacionales haciéndonos parte de un entramado global que nos iguala frente al riesgo, es probable, si es que la razón económica gobierna a la razón humanitaria –como lamentablemente es la costumbre–, que el antídoto sea privatizado, secuestrado, transformado en dispositivo de dominación por parte de las mismas naciones que históricamente han desplegado su hegemonía en el mundo entero, rehabilitando entonces la bestial e inherente desigualdad que se acurruca en el vientre del capitalismo.

Esto que puede parecer añejo, tributario incluso de las viejas categorías sesenteras de la CEPAL, no lo es en absoluto. Judith Butler sostiene en su columna aparecida el 19 de marzo en versobook.com y re-publicada en Sopa Wuhan (2020), lo siguiente: “Trump ya ha tratado de comprar (con efectivo) los derechos exclusivos de los Estados Unidos sobre una vacuna de la compañía alemana, CureVac, financiada por el gobierno alemán. El Ministro de Salud alemán, con desagrado, confirmó a la prensa alemana que la oferta existió”. Todo esto nos permite pensar entonces que, si bien el virus acentúa la globalización del riesgo y, de esta forma, nos instala al interior de una contingencia en que como humanidad nos sentimos igualmente amenazados por el despliegue y avance virológico, las estrategias de acaparamiento, una vez encontrada la vacuna o la cura, pueden ser desastrosas para la población más vulnerable del planeta, aumentando así las brutales diferencias entre los países ricos y los países pobres, entre el “centro y la periferia”, por seguir homenajeando a la veterana CEPAL.

Chile, en el contexto de encontrado el antídoto, probablemente no se restará de este secuestro. Hemos visto, impresionados y con un cierto malestar estomacal, cómo casi 70 mil personas dejaron sus casas para pasar el fin de semana largo en sus casas de veraneo. Esto, lejos de ser únicamente una infracción a un estado de cuarentena, revela un cierto tipo de racionalidad, una en la que escasamente el otro, la alteridad, el prójimo o como quiera llamársele, forma parte de la conciencia cotidiana, donde se evita mirar de frente al riesgo mundial de una pandemia brutal, reivindicando los deseos y placeres unidimensionales por sobre la responsabilidad con el resto de la población; con los habitantes pobres de esos pequeños pueblos costeros que se verán inescrupulosamente afectados por la feroz pulsión a la auto-complacencia tan típica de una parte (significativa) de nuestra clase alta. En fin, haciendo de autos y helicópteros la energía que traslada la moral hilachenta de un país sin decencia.

¿Creemos realmente que Chile, con su larga tradición de acaparamiento y del “me salvo solo”, hará de la vacuna o la cura para Covid-19 un espacio para que se repliegue nuestro escalofriante individualismo? ¿será el antídoto una posibilidad para el reencuentro, la igualdad y la emergencia de una racionalidad de lo común?
No sin pesar, comparto mi pesimismo.

Javier Agüero Águila, director del
Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule

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