Dura batalla electoral

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24 de agosto de 2020
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Igual que los fabulosos circos de tres pistas, equilibristas y trapecistas osados y payasos de lujo, las convenciones políticas norteamericanas, realizadas cada cuatro años con bombos, serpentina y un despliegue espectacular, están viviendo sus últimos días. Eran una irrepetible creación que no podían sobrevivir al omnipresente cambio tecnológico. Hace tres años Ringling y Barnum & Bailey, los circos más conocidos de Estados Unidos, anunciaron su cierre definitivo en gran parte porque los espectáculos de animales amaestrados ya no son políticamente correctos. La semana pasada, la convención demócrata marcó el comienzo del fin de una prodigiosa historia compartida por republicanos y demócratas. Aunque el presidente Trump insiste en mantener la tradición, difícilmente persistirán las tradicionales demostraciones multicolores y ruidosas. De ahora en adelante, los candidatos a la presidencia de Estados Unidos serán proclamados en forma telemática. Aunque los animales políticos siguen sueltos, la pandemia los tiene con mascarillas pero no amordazados.

Lo más importante, sin embargo, no ha cambiado: el partido demócrata consagró a sus candidatos a la Casa Blanca en un áspero clima. La decisión de reconquistar el poder, desbancando a Donald Trump, se fortaleció en medio de los dimes y diretes de siempre. En los próximos días Trump, el más desaforado de los opinólogos políticos, tendrá su oportunidad desde Washington. El presidente parece destinado a perder la batalla electoral el3 de noviembre, pero fiel a su estilo peleará cada voto. Como siempre, no cuida mucho los modales. Ya lo hizo hace cuatro años cuando arremetió contra todos sus adversarios. Dijo entonces que no renunciaría a la tortura del ahogamiento simulado de los sospechosos de terrorismos; que pediría “el bloqueo completo y total a la entrada de musulmanes»; que tenía tanto respaldo que «podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos». Así fue.

Ahora no ha cambiado. Cuando se anunció que la senadora Kamala Harris sería la candidata a vicepresidente, se desahogó: “Es la más mala, la más horrible, la más irrespetuosa de todos en el Senado”. Como era inevitable, en su discurso ante la convención, la senadora Harris contrapuso su visión de un país multicultural, tolerante, inclusivo y equitativo. Como se comentó, “desnudó el lastre de las injusticias económicas, sanitarias y educativas”. En las protestas por la muerte de George Floyd en Minneapolis mostró su energía en el Senado, en las redes sociales y en las calles. El miércoles pasado completó su visión al hablar del “racismo estructural”: “Ese virus no tiene ojos, pero sabe exactamente cómo nos vemos los unos a los otros y cómo nos tratamos. Y seamos claros: no hay vacuna contra el racismo”.

Joe Biden cerró la convención demócrata en un tono igualmente duro. Lo hizo con poderosas respaldos: la propia Kamala Harris y Michelle y Barack Obama. Este último, que ha sido atacado con frecuencia por Trump, no solo apoyó a Biden y Harris. Hizo ver su temor por el futuro:

“Deberíamos esperar que el presidente fuera un custodio de esta democracia. Deberíamos esperar que, con independencia del ego, la afición o las creencias políticas, el presidente debe preservar, proteger y defender las libertades y los ideales americanos”. Donald Trump, acusó, “nunca lo ha hecho”.

Abraham Santibáñez

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