De la revolución a la involución

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9 de diciembre de 2019
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Juan Carlos Pérez de La Maza. Licenciado en Historia. Egresado de Derecho

Muchos de los jóvenes protagonistas de las manifestaciones sociales de los últimos dos meses consideran, con entusiasmo, que son parte de una revolución. Lamentablemente, un análisis más exhaustivo y desapasionado, lleva a una conclusión diferente: en nuestro país lo que se ha desatado es, más bien, una verdadera involución.

El viernes último el Banco Central, organismo constitucionalmente autónomo (hasta ahora) de cualquier gobierno, señaló que nuestro futuro económico inmediato se ve bastante oscuro. Dijo ese organismo que si, como teme, el desempleo llega al 10% (o más) y la inflación se acerca al 6%, gran parte de lo avanzado en materia de equidad social se perdería y los chilenos volveríamos a vivir un panorama socioeconómico más cercano a los años ‘90, que al Chile de hoy.

Si bien el fin de semana el propio Presidente del Banco central matizó sus dichos, con la evidente intención de no provocar más pánico que el que ya existe entre los agentes económicos, no desmintió su sombrío pronóstico. Apenas, lo atenuó.

Es probable que la falta de conocimiento histórico (que es otra arista de los acontecimientos recientes) sea responsable de la visión que hoy tienen millones de jóvenes y adultos menores de 40 años, que parecieran creer que la actual condición social y económica de millones de chilenos siempre ha sido así, desconociendo la situación en que vivían sus padres y abuelos. Para ellos, algunos datos ilustrativos:

Cuando sus abuelos eran niños, tal vez cuando sus propios padres lo eran, uno de los problemas de salud pública más preocupantes era la desnutrición infantil. En vivienda, los campamentos y las llamadas “poblaciones callampa” eran el hogar de millones de compatriotas, carente de alumbrado público, agua potable y alcantarillado. En educación, preocupaba la deficiente cobertura, la baja escolaridad y el analfabetismo adulto, a la vez que accedían a la educación superior un reducido número de privilegiados. En tecnología, apenas unos pocos, poquísimos, tenían televisor hace medio siglo. Los demás, y no todos, apenas una radio a pilas.

Hoy, en el imperfecto Chile que vivimos, la desnutrición infantil casi no existe. Más bien ha sido reemplazada por la obesidad infantil, que habla, sugerentemente, de un problema de administración, no de escasez de alimentos. En vivienda, los estándares de las viviendas sociales hoy son otros: la cantidad de metros cuadrados, la calidad de las terminaciones, la eficiencia energética, la conectividad, áreas verdes y demás características de los barrios serían impensadas hace medio siglo. La cobertura educacional, incluso rural, ya casi no es tema hoy día.

La escolaridad, no obstante requiere elevarse, es muchísimo mayor que hace 4 décadas. Tanto como lo es el acceso a la educación superior, que millones de jóvenes han logrado por primera vez en su familia. Y la disponibilidad tecnológica de que hoy disfrutan es asombrosa. Más bien excesiva, según algunos.

Sólo es de esperar que los movimientos sociales, en esencia válidos, no pongan en riesgo el camino de progreso ya recorrido y que los cambios que de ellos emerjan no arriesguen lo que ya se anduvo.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia. Egresado de Derecho

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