De la plaza a la Alameda, una historia entre rejas

Tanto su génesis hermenéutica como las posteriores transformaciones, la entrelazan con la historia de las policías en el valle del Maule y el Poder Judicial, testimoniando que junto con la espada y la cruz, los conquistadores españoles trajeron a estos lares la “Vara de la Justicia”, para dar a cada quien lo que correspondía

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2 de agosto de 2020
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Plano de la ciudad de Talca de 1895. En el cuadrante número 8 se ubica la Penitenciaría de Talca.

Desde febrero de 2019 y hasta noviembre de ese año, el autor de este artículo implementó una acuciosa investigación sobre la historia de la Cárcel de Talca, de la cual se extrae el presente artículo.

Los primeros corregidores de la Villa San Agustín de Talca situaron la Cárcel Pública en el periplo de la Plaza de Armas o al interior del Cabildo, por lo cual su origen se vincula directamente con la época fundacional de la villa. Así, un informe del Corregidor Juan Cornelio Baeza dio a conocer que en 1744 se construyó el edificio más importante de la Villa San Agustín de Talca en el costado oriente de la Plaza, esquina sur -antigua calle La Gloria hoy 1 Sur-, el que fue ocupado por oficinas municipales, la Intendencia y la Cárcel, en un solo cuerpo. Hacia el norte se situaba la sala del Cabildo, y después seguía hacia el sur la capilla de la Cárcel de San Antonio, la que tenía en su interior “dos ventanas, una a cada lado del altar, que daban justamente a los dos patios de la cárcel de hombres y de mujeres, por donde los presos podían escuchar los oficios religiosos” (Opazo Maturana).

En ese entonces la naciente villa tenía 88 vecinos con familia, de los cuales 5 no tenían casa, pero sí solares cerrados, destacándose también la existencia de 4 puentes de madera que atravesaban el estero de la ciudad. El mencionado historiador Gustavo Opazo afirma que “la fachada tenía corredor al frente de la Plaza, corrido de dos y media varas de claro, de medio punto de madera y entablado, con sus bases de piedra. Estos eran los llamados Portales de arquería. La fachada que daba al sur, la constituían ochos cuartos con sus respectivas puertas. Todo el edificio tenía 5 y media varas de alto”.

Afiche de la exposición Hacer justicia en la época colonial. De la pena de muerte a los azotes – 2014, que refleja los tormentos y vetustas

SUBLEVACIÓN DE PRESOS EN LA CÁRCEL DE TALCA
En 1751 la refundada Villa San Agustín de Talca fue azotada por un fuerte terremoto que la destruyó casi por completo y que dejó sobresaltados a sus habitantes. No obstante ese flagelo natural, con el redescubrimiento de los ricos filones de oro de la mina El Chivato, el poblado pudo volver a levantarse lenta pero sostenidamente. Y poco después, en 1768, ocurrió uno de los acontecimientos más notables de la Cárcel Pública de Talca, en las postrimerías del primer gobierno del Corregidor Francisco de Polloni y Lepiani (Cádiz 1733), quien debió enfrentar un complejo problema carcelario.

De Polloni se caracterizó por perseguir sin cuartel a los malhechores, y por ahorcar a tres bandidos en la plaza pública, sin dejar de atender las necesidades de justicia de Cauquenes y Curicó. En ese entonces, el presidio se hacía día a día más estrecho para contener a la gran cantidad de delincuentes, cuyas acciones habían recrudecido notablemente, poniendo en peligro constante a los tranquilos vecinos de la villa y convirtiéndola en un lugar inseguro. Él mismo había expresado que “si salía uno un día, ese mismo día entraban cuatro”. A esto se agregaba el mal trato que se les daba a los presos. Los calabozos se caracterizaban por su hedor y fetidez, el techo se llovía, y las plagas de piojos obligaban a los presos andar desnudos -aún en invierno- para evitarlos. Los alcaldes, a cuya vigilancia estaba sometida la cárcel, en ocasiones soltaban a gran número de delincuentes para despejarlas, dejando detenidos a los más peligrosos, que al interior de ese infierno se convertían en verdaderas fieras. Ello, unido al trato cruel que algunos alcaldes les daban, cual verdaderos verdugos, recrudeció en junio de ese año. Así, el alcalde don Rafael de Parrado, desde el 2 de ese mes y hasta el 12 les privó “del alivio del patio y del 9 al 12, del agua”, por lo cual rompieron las amarras de los calabozos y corriendo locos de desesperación gritaban que preferían que los mataran a golpes que perecer de sed.

La maciza mole de la parte oeste de la Cárcel Pública de Talca, colindante con la Diagonal Isidoro del Solar.

Al hacerse presente en el presidio, ordenó que los metieran en sus celdas a balazos, lo que no atemorizó a los reos, los que determinaron esperar a la muerte maldiciendo al alcalde. Vecinos que se habían agrupado frente al edificio carcelario, junto al alcalde, disuadieron a los reos diciéndoles que se tranquilizaran y volvieran a sus calabozos, y que no se les castigaría. Por esa y otras arbitrariedades Parrado fue demandado ante la Real Audiencia, la que lo condenó por sus procedimientos. No obstante, antes de dejar el mando de su segundo mandato, el Corregidor Polloni manifestó la conveniencia de tener guardias pagados y disciplinados y no milicianos desordenados y desobedientes como los que hasta entonces cuidaban el presidio. Además, creyó propicia la ocasión para dar a conocer el lamentable estado de la cárcel, absolutamente insegura, ya que se encontraba llena de hoyos que los detenidos hacían para fugarse.

Empero, con el paso de los años y durante las décadas que prosiguieron a la Declaración de la Independencia de Chile, se mantuvieron las vetustas prácticas represivas que se centraron en el castigo físico y en la humillación del reo. Al respecto, se debe recordar que durante el Gobierno de don Joaquín Prieto (1831-1841), don Diego Portales, a la sazón Ministro de Guerra y Marina, ante el grave inconveniente que representaba la carencia de cárceles, implementó un presidio ambulante que consistía en una jaula de fierro montada sobre una carreta. Aun cuando no se han hallado evidencias de que en Talca dichos carros se hubieren implementado, es probable que estos sí se usaran en las zonas aledañas, eminentemente campesinas y expuestas a gran número de bandoleros y asaltantes. Al parecer en los campos maulinos en aquel entonces la vigilancia policial se centró más en proteger a los grandes hacendados, dejando bastante indefensos a los campesinos y a sus familias.

Antiguas esposas de tornillo que se empleaban para inmovilizar a los reos, a comienzos del siglo XX, en la Cárcel de Talca.

EL DISEÑO DEL ARQUITECTO JOAQUÍN TOESCA
Hasta 1794 el edificio carcelario aún estaba en ruinas -debido al megasismo de 1751-, sosteniéndose en puntales. Y no fue sino en 1798 cuando don Joaquín Toesca y Ricci (el mismo que construyó el Palacio La Moneda de Santiago) realizó los planos del Ayuntamiento y de la Cárcel Pública de la Villa San Agustín de Talca, por encargo del corregidor Vicente de la Cruz y Bahamonde y el apoyo del Cabildo, autoridad que además de construir edificios públicos se preocupó por construir puentes sobre los esteros Baeza y Piduco, así como por el empedrado y aseo de las vías. En ese escenario, el edificio de Toesca fue destruido por los terremotos de 1823 y de 1835. Con el primero cayó la torre y con el segundo sus portales. Así, ruinosos y todo, siguieron funcionando la Cárcel y el Cabildo, pero era imperativo poseer uno nuevo, para lo cual en 1854 se gestionó la compra a los padres Agustinos de su antiguo solar situado en Alameda, en la suma de seis mil pesos (al revisar la documentación histórica de la época, no queda claro si el lugar actual de emplazamiento de la cárcel correspondía al de la Iglesia San Agustín o al de la Iglesia del Carmen – Plano de Talca, 1859), levantándose un edificio de acuerdo a los planos del ingeniero francés Augusto Charme y que finalizó don Daniel Barros Grez en 1864 (sitio en el que actualmente permanece). Casi simultáneamente a la inauguración de la Cárcel, en 1866 se inició la construcción de la Penitenciaría de Talca, moderno edificio para la época que satisfacía requerimientos sociales (cada vez aumentaba la población penal) y que reflejaba la evolución del país en materia carcelaria.

Guardian armado vigilando desde la altura de un pasillo de ronda, en 1916. En la parte superior del enorme muro de ladrillo existieron seis garitas para el servicio permanente de centinelas día y noche.

PENITENCIARÍA DE TALCA
Al llegar 1918, la penitenciaría, presidio y cárcel de Talca comenzaron a funcionar en el mismo edificio que había sido construido en 1866, cimentado de adobe de más de un metro de espesor, cerrado exteriormente por una muralla de ladrillo de gran altura y con un pasillo de ronda. Asimismo, en su parte superior tenía instaladas seis garitas para el servicio permanente de centinelas día y noche. Aquella antigua construcción, confortable y extensa, poco a poco se fue haciendo estrecha para contener a la población de reos, que ya en el mencionado año 1918 tenía 459 penados; el presidio menor con 15 reos; 199 procesados en la sección de cárcel y 55 condenados por infracción de la Ley de Alcoholes, lo que daba un total de 728 presos. No obstante, una Ley de Indultos Generales descargó la población del presidio en más de 200 reos. Allí ingresaban diariamente personas condenadas por los diversos tribunales del crimen en el territorio que comprendía la Provincia de Talca hasta el territorio de Magallanes. Dicha Penitenciaría, presidio y cárcel tenía su entrada por la calle 2 Poniente, entre 3 y 4 Norte, ocupando una manzana cuadrada. Tenía cinco patios, cuatro galerías con 65 celdas en altos y bajos, más una sala hospital, diversas dependencias y un taller para el trabajo de los zapateros. El director de ese año era don Eduardo Contardo Chavarría, antiguo funcionario público de dilatada trayectoria, que estaba secundado por una guardia armada de tres oficiales, cinco clases, 64 gendarmes y la vigilancia de 20 perros guardianes.

Dicho edificio colapsó con el terremoto de 1928 (pasarían casi tres décadas para que la Cárcel, definitivamente, se reconstruyera totalmente).

Finalmente, al interior de la Cárcel Pública de Talca fueron fusilados los reos Francisco Manríquez -el sábado 22 de diciembre de 1933- y Cesáreo Villa en 1965.

Jorge Valderrama Gutiérrez

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