Cuando la fe y la solidaridad cruzan los muros de una prisión

Margarita Tobar, integrante más longeva del grupo católico fundado en la década de los 90, relata su experiencia como misionera tras los muros del recinto penitenciario de Talca

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21 de julio de 2020
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Tobar es ejemplo de fe en su hogar.

En la década de los 90, Margarita Tobar sentía un vacío inexplicable dentro de su trabajo como misionera y catequista en la parroquia Las Mercedes de Talca. De pronto, llegó la invitación del hermano, Guido Goossens, para participar en la naciente Pastoral Carcelaria de la diócesis de la capital regional. Y allí encontró ese “algo” faltante.

“Yo había escuchado el evangelio esa semana y sacaba la cuenta y decía que a los enfermos los iba a ver, cuando veía alguien necesitado lo ayudaba, pero a la cárcel ¿Cómo entro si no tengo ningún familiar allí? Entonces, cuando el hermano Guido me hizo la invitación era la respuesta a la pregunta que yo me hacía. Empecé a participar y a conocer ese mundo, que es muy diferente al de nosotros afuera”, relata Tobar.

En aquella época la mayoría de los privados de libertad eran adultos detenidos, sobre todo, por robos en el campo o en el trabajo, pero con el paso del tiempo eso ha cambiado. Actualmente, la mayoría de los internos son jóvenes y los delitos más frecuentes tiene que ver con el manejo de drogas.

ESCUCHAR AL CORAZÓN

Por su decisión de unirse a la Pastoral Carcelaria fue objeto de críticas y advertencias de parte de sus parientes, pero eso no la detuvo.

“Me pasó con mi marido, porque como iba con mi hija mayor no le gustaba. Yo le respondía que los conociera (a los internos) y hoy día es una de las personas que más me apoya en mi trabajo junto con mis hijas y mi familia”, recordó.

En casi 25 años de labor imparable con el mismo grupo católico dentro de la Centro de Cumplimiento Penitenciario de Talca -cinco de los cuales dedicó a los enfermos de Sida- Tobar asegura que nunca ha tenido problemas con los privados de libertad. “Todo lo contrario -afirma- Lo que he encontrado en la cárcel ha sido mucho amor”, afirmó.

El miedo tampoco ha logrado permear su convicción de ayudar al prójimo, aun cuando se trate de prisioneros, “porque estaba clara a lo que iba, que era anunciar el Señor, que él quiere que se rehabiliten, que vivan otro amor y sacarles también un poco esa rabia que sienten contra la sociedad, porque no tuvieron oportunidades de estudiar, buena salud o trabajo”.

Tobar junto a los integrantes del grupo de apostolado participa en una actividad de Semana Santa en la cárcel de Talca.

CREER EN LAS PERSONAS

En el encierro lo que más necesitan los reos es ser escuchados y en ese es parte de su tarea, pues como parte de la Pastoral Carcelaria no se dedican a justificar lo que hacen los internos, sino que les ofrecen acompañamiento y palabras de consuelo.

“Lamentablemente, cuando vemos que alguien va a un juicio no solamente lo condena el juez sino nosotros como sociedad y muchas veces en esa parte nosotros no sabemos aceptar a los que les toca vivir otra realidad, simplemente juzgamos. Y yo tuve que sacarme ese prejuicio para pensar que es un hermano o un familiar que puede estar en esas circunstancias”, explica.

Además, su experiencia le hace afirmar sin titubear que es posible que las personas cambien. En la Casa de Acogida que forma parte de la misma organización conoció varios internos que formaron su familia al salir de la cárcel y no volvieron a delinquir; mientras que otros han aprovechado el tiempo para estudiar, como un joven que después de haber sido reincidente se dedicó cursar una carrera y se graduó como asistente social.

Hoy, después de un cuarto de siglo de trabajo muchos de los internos la identifican como “mamita” o “hermanita”. “A pesar de todo -cuenta- son como parte de mi familia. Yo no veo que adentro exista maldad, porque a mí no me lo han hecho. Entiendo a la gente que ha sufrido un asalto, un robo. Y yo no los justifico, sino que los intento ayudar para que puedan cambiar”, indicó.

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