Crónica: El belenismo en Europa, una arraigada tradición

Por Albert Ferrer Orts, Universitat de València. El foco belenista más importante e influyente fue el arco mediterráneo desde Nápoles a Murcia, además de Portugal, Francia y algunos países centroeuropeos. Italia fue la cuna y Nápoles el principal centro productivo y renovador.

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7 de enero de 2020
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Basílica de la Natividad, interior. Belén.

Cuando visitamos un belén o pesebre (en algunas partes de Latinoamérica, posada) cualquier persona perteneciente a la órbita de la cultura cristiana, particularmente católica, da por hecho cuáles son su objeto y objetivo últimos, así como las fechas “irrefutables” en que toma cuerpo; esto es, conmemorar el nacimiento de Jesús en Navidad. Aun así, esto que parece tan evidente a estas alturas-sobredimensionado por su trascendencia festiva- no lo fue tanto hace siglos, cuando los primeros cristianos desconocían a ciencia cierta cuándo pudo nacer el mesías y, por eso mismo, concentraron los primeros ritos en torno a su pasión, muerte y resurrección. Cuestión que, indefectiblemente, se alargó después del gobierno del emperador Constantino y la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio romano.

Y es que un dogma como este, que pasó de perseguido al único permitido en una demarcación política tan amplia y diversa, se encontró de súbito con la problemática de combatir y, a la vez, adaptar armónicamente el legado greco-latino (en suma, pagano) a la tradición hebrea de la que se nutría. Es decir, ante la falta de textos sagrados, una variada iconografía basada en estos que ilustrara convenientemente a los fieles, espacios adecuados para las celebraciones religiosas e, incluso, de un completo calendario litúrgico sobre el que organizarse, la herencia clásica fue decisiva.

EN TORNO A LOS ORÍGENES DEL BELENISMO
Sobre el Nacimiento no hay a alusiones en los primitivos escritos y los Evangelios canónicos son parcos, puesto que solo los sinópticos (san Mateo I: 18-23, II, y san Lucas I: 26-38, 39-45, II: 1-20, 21, 23-29, 40-52) lo mencionan en base a las predicaciones de los apóstoles. Ante este vacío de los textos oficiales, el hito sí que fue recogido y descrito por los Evangelios apócrifos, desautorizados por la Iglesia pero muy populares merced a la permisividad con que los utilizaron los artistas.

Aun así, no hay acuerdo en la fecha exacta del nacimiento de Jesús. Solamente los evangelistas Mateo y, especialmente, Lucas aportan algunos datos esclarecedores que permiten situarlo durante la celebración judía de la Pascua Florida, en la época de Augusto, en un lugar intermedio entre Jerusalén y Hebrón: Belén. Población profusamente citada en las profecías del Antiguo Testamento, donde abundan las cuevas y los comederos para el ganado y nació el rey David, donde se construyó un templo en tiempos de Constantino a instancia de su madre, la basílica de la Natividad (ca. 326).

De hecho, la presencia de la Navidad como tal fue tardía en el primitivo cristianismo y, como otras celebraciones, tuvo un fuerte componente de origen pagano desde sus mismos inicios, producto de una clara actitud sincrética, como decíamos antes. En este contexto, desde que en el Concilio de Nicea (325) se impone la idea que Jesús era de naturaleza divina desde su nacimiento, surge la necesidad de dedicarle una festividad. Con todo, como que no había constancia de una fecha precisa o aproximada del mismo, desde el siglo III se creía que el acontecimiento había tenido lugar el 28 de marzo, el día en que se interpretaba que Dios había creado el Sol, de aquí la primitiva identificación de Cristo con el astro rey y la luz que desde entonces acompañará su figura.

A pesar de ello, la Iglesia romana escogió para celebrar el Nacimiento el 25 de diciembre atendiendo que en Roma se celebraba en esta cronología la festividad del ‘Sol Invicto’, coincidiendo con el primer día del solsticio de invierno. Fecha que saldrá reforzada más tarde con la asimilación del culto a Mitra, dios persa del Sol, muy arraigado en la sociedad romana, al celebrarse su adoración el mismo día, y por la creencia en el medio rural que esa jornada coincidía con el comienzo del año nuevo (a pesar de que Julio César estableció oficialmente el 1 de enero). Considerado, finalmente, el 25 de diciembre como fecha oficial a partir del papa Julio I en el año 330, esta fue arraigando en las distintas comunidades cristianas hasta el siglo VII, excepto Armenia, donde se conmemora todavía el 6 de enero.

Así, poco a poco, se fue enriqueciendo el relato con la aparición de la cueva utilizada como establo y el comedero como improvisada cuna, las parteras que atendieron a María, la historia de José, la mula y el buey, la estrella que guía a los Reyes Magos, la aparición del ángel a los pastores, la matanza de los inocentes, la huída a Egipto, la propia niñez de Jesús…, enriquecido por narraciones extraídas de La leyenda dorada y otras más o menos semejantes durante la Edad Media.

En plena efervescencia por el hallazgo de reliquias en los santos lugares desde época bajo-imperial, parece que algunos maderos originarios de la cueva de Belén donde supuestamente nació Jesús recalaron en la iglesia de santa María ad Praesepe de Roma en tiempo del papa Sixto III, donde se construyó una imitación del pesebre y, posteriormente, un oratorio. Más tarde, durante los pontificados de Juan VII y Gregorio IV, se sabe que había otras dos representaciones parecidas en las basílicas de san Pedro y santa María in Trastevere de la Ciudad Eterna.

LA DIFUSIÓN DEL BELÉN EN EUROPA
Sin embargo, la difusión del pesebrismo no se entiende sin tener en cuenta la importancia del teatro sacro, donde el Nacimiento se incluía en uno de sus actos. Sobre todo, gracias al papel que jugaron diferentes órdenes monásticas desde su vertiente militar (los templarios, tan ligados a Tierra Santa) como, sobre todo, mendicante (mediante los franciscanos); puesto que estos últimos, a través de la figura de su fundador, san Francisco de Asís, lo popularizaron desde que Honorio III le autorizara para que la noche de Navidad de 1223 hiciera una representación viviente del nacimiento de Jesús en la cueva de Greccio (región del Lacio). Punto de inflexión para la expansión del belenismo y que se extenderá con posterioridad a través de las clarisas y los jesuitas, teatinos, escolapios o claretianos.

Desde entonces, el foco pesebrista más importante e influyente fue el arco mediterráneo desde Nápoles a Murcia, además de Portugal, Francia y algunos países centroeuropeos. Italia fue la cuna y Nápoles el principal centro productivo y renovador, desde el siglo XIV al evolucionar a las figuras articuladas y homogeneizarlas entre 35 y 40 cm, además de pasar de una ambientación localista a dotar los belenes de escenografía clásica arruinada.
En Francia se conocen representaciones belenistas desde el siglo XVI por influencia franciscana desde época medieval y son muy conocidas las versiones en terracota (Musée Cluny, París), vidrio (Nevers), bronce (iglesia de santo Sulpicio, París) o alabastro (Orleans), así como los pesebres de los monarcas Luis XV, XV y XVI, conservados en el Château Borély (Marsella). Sus centros principales fueron Arlés, Aviñón y, especialmente, Marsella, donde la influencia napolitana fue notable.

En Portugal, como en Francia, hay tradición desde el Quinientos por influencia italiana a través de las figuras de barro, siendo algunos de sus centros productivos más destacados Vila Nova de Gracia, Évora, Estremoz y Barcelos. Entre sus conjuntos artísticos más reseñables se encuentran los del Museu das Janelas Verdes, el ‘Pesebre de Bordal’, y las representaciones de la catedral y la iglesia del Sagrado Corazón lisboetas.
En Europa central, huérfanos de la riqueza de los anteriores territorios y más fugazmente expuestos durante Navidad, son de interés los belenes alemanes, austríacos, suizos, checos, eslovacos y polacos.

EL BELÉN ESPAÑOL
En el siglo XVIII el fenómeno toma renovado impulso desde Nápoles y las figuras de terracota pintadas, vestidas con telas y complementos, entre escenografías cada vez más desarrolladas, tiene un éxito inusitado en la Europa católica. Hasta el punto que Carlos III se trajo a España un belén napolitano y encomendó uno nuevo para su hijo, el príncipe, el cual se mostraba en el salón de las columnas del Palacio Real de Madrid. Un Nacimiento monumental medio realizado por transalpinos que completaron los valencianos Esteve Bonet i Ginés Marín, el cual resultó decisivo para que el pesebrismo se esparciera por el país (particularmente en Cataluña y las Baleares) y, a la vez, ejerciera de imán para la llegada de artífices italianos por su demanda creciente. No obstante estas representaciones áulicas, el mayor belén español lo realizó Francisco Salzillo en Murcia por encargo de Jesualdo Riquelme, señor de Guadalupe.

De alguna manera, los villancicos navideños nacieron al mismo tiempo que las representaciones artísticas de los belenes o pesebres y se fueron consolidando entre los siglos XV y XVII. En origen, canciones profanas populares con estribillos asociadas a la Navidad y armonizadas por varias voces. Algunos de ellos fueron compuestos por autores de la talla de Juan de la Enzina, Tomás Luis de Victoria, Pedro de Escobar o Francisco Guerrero; incluso se sabe que Martín Lutero escribió algunos a pesar de la oposición de los calvinistas a estas piezas musicales en el ámbito protestante. En la actualidad, el villancico se ha convertido en una canción que hace referencia a la Navidad y, tradicionalmente, se canta en esas fechas a menudo ante los belenes.

En el ámbito propiamente valenciano, los 30 años de vida que esta Navidad cumple el ‘Belén de Roca’ (Meliana, l’Horta Nord) se resumen en las notables transformaciones que ha venido experimentando y que le han convertido, sin duda, en uno de los más populares, visitados y hasta mediáticos. Después de tres décadas apasionantes, el ‘Belén de Roca’ es en uno de los mayores de España con unas 7.000 figuras expuestas a lo largo y ancho de 50 m2, por la decidida voluntad de sus impulsores, la familia Almela-Pascual, de que su extraordinaria experiencia pueda ser compartida y divulgada tras la visita de quienes, al fin y al cabo, se convierten cada año en su razón de ser: sus miles de admiradores.

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