Crisis hídrica, lecciones de historia

La historia, dicen algunos, es cíclica. El problema es que muchas veces no aprendemos de los errores. ¿Seremos capaces como sociedad, ciudadanos y autoridades, de enmendar el rumbo?.

La escasez hídrica que afecta a buena parte del país, incluida la Región del Maule, no es una novedad. La falta de agua, motivada en gran medida por la persistente baja de los periodos de lluvias, es parte del panorama que predomina en el país en los últimos años. Una prueba más de los efectos del cambio climático.

Los expertos han definido con bastante claridad, con estudios y estadísticas en mano, la decreciente curva de precipitaciones que, lustro tras lustro, decenio tras decenio, se observa en el Maule. Cifras consistentes que, tal vez, no han sido tomadas en cuenta por las autoridades de turno, dejando pasar oportunidades para diseñar una política hídrica que haga frente a una realidad demasiado evidente.

El historiador Jaime González Colville, en una muy documentada crónica publicada en la revista Temas, establece que “a la llegada de los hispanos, el agua era el elemento más abundante de esta tierra”, junto con ser “un gran soporte económico: movió molinos, permitió la navegación, regó cosechas, dio de beber”. En general, define, “es la simiente de la nueva civilización”.

Más adelante, acota el investigador, se realizaron los primeros aportes que buscaban darle relevancia al vital elemento. Como cuando Bernardo O’Higgins, en 1818, dispuso la creación del concepto de “regador de agua” que -explica Colville- “era el equivalente a la cantidad que correspondía a cada agricultor expresado en una cantidad por segundo”.

Menciona también que en 1847 Ignacio Domeyko publicó un folleto que tituló “Memoria sobre las aguas de Santiago y sus inmediaciones (…)”, que sería “el primer aviso de la necesidad de analizar con detención este tema”.
A partir de ahí se suman distintos estudios. Sin embargo, no hay una consideración mayor ya que “el agua era tan abundante en Chile”.

En 1875 se elabora el primer proyecto de Código Rural, con el propósito de “fijar y determinar derechos de agua”. Y en 1906 y 1910 Federico Albert, reconocido naturalista alemán contratado por el gobierno de Chile, publica dos libros referidos a la “organización que se debe dar en lo futuro a los servicios en aguas y bosques”. González Colville comenta que en estos escritos Albert “exhorta a las autoridades a cuidar los cauces de aguas, determinar embalses y analizar políticas de regadío”. Petición que, analiza el historiador, fue escasamente oída.

La historia, dicen algunos, es cíclica. El problema es que muchas veces no aprendemos de los errores. ¿Seremos capaces como sociedad, ciudadanos y autoridades, de enmendar el rumbo?

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