Comentario: Desnaturalizando la deuda

En Chile, sabemos que es mucho más fácil pedir un crédito de consumo que un crédito productivo para una microempresa, y es mucho más fácil obtener un crédito que lograr un aumento de sueldo. Por tanto, no es ilógico que el gobierno ofrezca ayuda ante la emergencia socio-sanitaria a través de un crédito antes que una verdadera protección social

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26 de julio de 2020
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Durante los últimos 10 años, los hogares con algún tipo de deuda en Chile se han situado entre el 67 y 75 por ciento, de acuerdo a los datos que bianualmente reporta la Encuesta Financiera de Hogares del Banco Central. En la región del Maule, las cifras son similares. Otras investigaciones afirman que hay distintos entendimientos sobre lo que significa estar “endeudado”: hay personas que consideran que el pago de una hipoteca es más bien una inversión antes que una deuda, o bien, que pagar las tarjetas de crédito en la fecha de vencimiento estipulada “no es estar endeudado”. Esto significa que el endeudamiento puede estar ligeramente subreportado. Lo que sí indica toda la evidencia es que la deuda está normalizada para una inmensa mayoría de hogares y que nos hemos acostumbrado a vivir con ello, ya sea regularmente, o entrando y saliendo de ella por periodos cortos. ¿Siempre hemos sido buenos para endeudarnos? ¿Por qué estamos endeudados? ¿Es posible vivir sin endeudarse?

No, no siempre hemos sido tan buenos para endeudarnos. Precisamente, durante las últimas décadas todo lo que tiene que ver con la deuda ha aumentado. La tenencia de tarjetas de crédito, la deuda total de los hogares respecto a sus ingresos y la morosidad. Por ejemplo, las deudas impagas con las tarjetas del retail se ha ido duplicando año a año desde 2018 en el Maule. La llamada “democratización del consumo”, nuestra vía a ser un país “desarrollado” en los 1990s, fue en realidad una expansión crediticia. Supermercados, casas comerciales, farmacias, zapaterías, por un lado; trabajadores de bajos ingresos, estudiantes, dueñas de casa, jubilados, por el otro, fueron los nuevos protagonistas de dicha masificación de la deuda. Atrás quedó la primera fase expansiva del crédito, menos masiva, liderada por bancos y financieras -a la carga con el recordado “cómprate un auto Perico” de principios de los 1980s- ofreciendo las primeras tarjetas de crédito y créditos de consumo para las clases medias de aquel entonces. Ahora, nos hemos acostumbrado a las 24, 36 y 48 cuotas del retail.

En el Maule, las personas deben tres veces más a las tarjetas del retail que a los bancos, lo que redunda en que deben pagar créditos más caros. ¿Por qué tanta deuda? Para vivir. La informalidad y bajos salarios de la región –el salario mínimo no es algo exclusivo de pequeñas empresas aquí- los coacciona a acudir a dichas fuentes de crédito, menos exigentes, pero más costosas. En Chile, sabemos que es mucho más fácil pedir un crédito de consumo que un crédito productivo para una microempresa, y es mucho más fácil obtener un crédito que lograr un aumento de sueldo. Por tanto, no es ilógico que el gobierno ofrezca ayuda ante la emergencia socio-sanitaria a través de un crédito antes que una verdadera protección social. Es como funciona el modelo chileno, para todo hay un crédito disponible. Así como el ahorro forzoso de todos nosotros en las AFP ha servido durante más de 30 años para financiar la acumulación de capitales de los grandes grupos económicos, nuestro endeudamiento también ha servido para el mismo fin. Decíamos que todo lo vinculado a la deuda ha aumentado, todo menos la deuda del Estado, que lleva décadas inmóvil y que a pesar de enfrentar momentos de emergencia como el actual, se mueve bien poco. Si el Estado no se endeuda para financiar el bienestar de las personas, son los ciudadanos quienes deben hacerlo.

¿ES POSIBLE VIVIR SIN ENDEUDARSE?
Entonces, ¿es posible vivir sin endeudarse? En el último tiempo ha ido cambiando la narrativa en torno a la deuda. Si hace diez años el endeudamiento se relacionaba indefectiblemente con el “consumismo”, es decir, un problema individual, casi una patología particular, desde hace un par de años dicha visión unidimensional va quedando atrás, y se problematiza al endeudamiento como un problema estructural producto de un Estado ausente e indiferente en salud pública, bajas pensiones, financiamiento en educación, y por supuesto, bajos salarios. El modelo chileno. Este retiro del Estado se contrarrestó en parte con la circulación de un mensaje de movilidad social individual, basada en la propia iniciativa y en personalidades “emprendedoras”. Todo dependía del esfuerzo individual-familiar por competir en una cancha supuestamente nivelada, se decía, se dice. Los chilenos nos hicimos, entonces, expertos en malabares ¿Consumismo? No necesariamente, de hecho, son pocos los chilenos que puedan darse el lujo de ser consumistas, el resto tiene que tratar de armar una vida digna con lo que alcanza, y ante un tropiezo o para avanzar un poquito debe recurrir a la deuda. Esta financiarización de la vida diaria se relaciona con la forma cómo los hogares incorporan el riesgo a su planificación doméstica, y cómo los tópicos financieros se empiezan a hacer familiares para todos. Como corolario, se nos exige ser responsables, asiduos al cálculo y reflexivos en nuestros asuntos financieros cotidianos, ya que si fallamos como deudores y consumidores es lisa y llanamente por no saber manejar nuestras cuentas.

Todo tiempo pasado fue mejor dicen y es verdad que no siempre vivimos endeudados. También es verdad que antes tampoco fuimos muy buenos para ahorrar. Era un lujo que poco podían darse. Hemos llegado hasta aquí tras décadas de expansión de la deuda, pero ya tenemos claro que estar endeudado no es sinónimo de consumismo. También tenemos claro que, tras décadas de vivir con el crédito, nos hemos hecho expertos en malabares financieros. No es menos cierto que la categoría “endeudados” hace mucho sentido común desde el estallido social. ¿Cómo salir de la deuda? Si somos expertos en malabares, la solución no es necesariamente la educación financiera; si no es consumismo, la solución no es necesariamente controlar los impulsos individuales. La propuesta es un camino tal vez más largo, apuntar a las causas estructurales que tienen a la mayoría del país endeudado y seguir desnaturalizando la deuda, esto es, dejar de asumir que todo nuestro bienestar debe basarse irremediablemente en el crédito y la deuda. Partir por dejar que el crédito sea sinónimo de una relación excesivamente asimétrica entre un pequeñísimo individuo y un gigantesco holding comercial. También vislumbrar que pensar como consumidor no es excluyente de pensar en lo socialmente justo, en lo colectivo ni en el bien común. Para enfrentar dichas causas estructurales, es preciso volver a pensar en colectivo, no en la solución individual, para lograr avances contundentes y permanentes en nuestro bienestar -y dejar el crédito para verdaderos proyectos de inversión-, de forma que se haga innecesaria la deuda para sostener dicho bienestar.

Alejandro Marambio Tapia
Centro de Estudios Urbano-Territoriales
UCM

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