Columna de proposición: Política y Ciudad (2): Contención

Con incertidumbre omnipresente, una sociedad en evolución acelerada y un escenario económico dubitativo, ¿cómo podemos construir la ciudad oportuna e inclusiva que cada vez necesitamos más?

Un problema clásico de las utopías es la falta de credibilidad que finalmente generan: “narrativas” que todo lo romantizan (pobreza rural incluida) basándose en imágenes sugerentes que no aportan horizonte de realidad.

¿Cómo no va a ser posible resguardar la integridad de un proyecto orientado hacia el bien común, pero que resista al momento de ser sometido a cronogramas y presupuestos, garantizando su implementación en el mundo real que ya está siendo construido?

1. SOLUCIÓN – PROPOSICIÓN
Existe gran diferencia entre el seguir la inercia de las circunstancias y el definir una nueva dirección que ponga en tren de superación la condición del momento. Una mirada a la historia urbana reciente nos ofrece lecciones como las de Joseph Bazalgette y Rafael Guastavino. El primero fue el ingeniero británico encargado de diseñar el vigente sistema de alcantarillado de Londres, iniciando la limpieza del Támesis y erradicando el cólera. El segundo fue un arquitecto valenciano que migró a Nueva York construyendo edificios de ladrillo que hoy están resguardados patrimonialmente.

¿Cuál es el asunto? Dejar en claro que una ciudad diseñada en base a “soluciones” puede subsistir el día a día, pero difícilmente mejorará de forma notable la calidad de vida de sus habitantes; en cambio una ciudad construida en base a “proposiciones” definirá un objetivo claro, un distingo que, junto con precisar su rol, le aportará ventajas comparativas haciéndola competitiva, al menos, en el concierto nacional.

Esto de que una proposición es más sana que una solución lo tenía muy claro Bazalgette y Guastavino: el inglés “apagó el incendio” resolviendo un crudo problema de sanitización, pero diseñó un sistema superior a lo demandado para soportar requerimientos futuros de una ciudad en expansión; mientras que el español construyó no sólo edificios bellos, sino que además patentó sistemas de protección contra incendio, cosa que nadie solicitó. Y quizás allí reside la potencia de una proposición: ofrece beneficios que nadie exige pero que, en base a rigor técnico y claridad conceptual, pueden ser aportados sin excederse en plazos ni platas.

2. MERCADO – ESTADO
La ciudad actual está mayoritariamente definida por el mercado del suelo. Los terrenos más baratos se encuentran en la periferia y frente a esa relación oferta/demanda la capacidad del estado para definir directrices potentes respecto de la forma urbana, se ve debilitada.

Pero si bien el gobierno local no puede prohibir la expansión, si puede ponerle condiciones para que se ejecute de modo más sostenible. En ese marco, la denominada “Ley de aportes al espacio público” que entrará en vigencia en noviembre de este año, podría transformarse en una herramienta efectiva para dotar de tejido público a los desarrollos privados ejecutados en la ciudad. Uno de los problemas que presentan las capitales regionales del Maule es la desconexión entre su centro histórico en donde los ciudadanos hacen cosas respecto de los bordes de la ciudad, en donde esa mayoría de personas viven. Esa desconexión no sólo se da en términos funcionales, sino también estéticos y ambientales. Para ir mitigando aquello es que la ley mencionada anteriormente podría ayudarnos al definir, en base a proposiciones, un sistema de plazoletas anclado a corredores peatonales y ciclovías como conectores entre centro y periferia, promoviendo una movilidad segura.

3. AUSTERIDAD – OPTIMIDAD
Como la conversación sobre ciudad generalmente es difusa y sin detalle, giremos disruptivamente. Hace 10 años leyendo la entrevista a un arquitecto subrayé esto: “…Saenz de Oiza y Alejandro de la Sota trabajaron en la España de posguerra, con una economía, una tecnología y una política muy frágil. En sus clases nos motivaban a diseñar edificios austeros que transformaban la escasez en pertinencia, un trabajo de contención…”.

Las palabras son de Antón García Abril, quien actualmente construye pedazos de edificio usando como molde del hormigón la tierra, el mismo suelo, para luego trasladar con grúas esos componentes. Sus obras reducen emisiones de CO2, se adaptan a fluctuaciones del mercado global (crisis de combustibles, por ejemplo) y no requieren mantención. Sus construcciones, en la estética, no se relacionan con las de sus mentores, pero su austeridad y búsqueda por la optimización guarda un vinculo estrecho con aquella ética.

Esta lógica es trasladable a proyectos públicos con impacto urbano.
Entonces… a tiempos turbulentos ¿damos cara privilegiando estética o ética, forma o fondo? ¿Usted, qué opina?.

Carlos Candia Campano, arquitecto.
Contacto: carloscandia@gmail.com

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