Cojeras presidenciales

Todos los mandatarios sufren del “síndrome del pato cojo”. Los gobernantes plenamente democráticos, los que no lo son tanto, los de países subdesarrollados, los de la OCDE con quienes nos gusta tanto compararnos, los de allá y los de aquí también. Cuando se aproxima la fecha de caducidad de su mandato, hasta los más poderosos observan con estupor cómo disminuye su influencia, su capacidad de definir la agenda, la subordinación de sus cercanos y qué decir el respeto de los más lejanos. Le ocurre a todos. Afecta a todos.

No obstante, impacta más a algunos que a otros. Hay Mandatarios que tienen asumida la regla democrática de la alternancia y, por ende, no sufren tanto cuando merma su ascendiente político. Otros, sin embargo, ven en este síndrome una suerte de ofensa personal. Acostumbrados a mandar, echan de menos cuando sus decisiones no son obedecidas con la celeridad y acatamiento con que lo eran hace poco. El poder tiene una fuerza adictiva tremenda. Y perderlo es igualmente tremendo.

El presidente Piñera, al que aún resta casi la mitad de su mandato, comienza a sufrir el síndrome comentado. Más temprano de lo esperado, sin duda se percibe en él los síntomas. Cuando, hace unos días, buscaba urgentemente las figuras para el recambio ministerial, dicen que hubo varios que le dijeron que no. Otros, dicen, pusieron sus cláusulas y condiciones especiales. Ambos casos, sin duda, reflejan la depreciación del ascendiente presidencial. Hace poco nadie hubiera imaginado decirle que no al Presidente. Y, menos, condicionarle una respuesta. Por otra parte, la desobediencia que numerosos parlamentarios supuestamente oficialistas evidenciaron hace días, aprobando la iniciativa del 10%, claramente impugnada por el gobierno, fue una prueba más de la cojera que comienza a afectar al Presidente. Ni siquiera la propia intervención del Mandatario, llamadas telefónicas mediante, lograron que impusiera su rechazo y evitara el padecer aludido.

Desde aquí para adelante observaremos, con fruición o desazón, cómo el Presidente intenta recuperar el control del timón y fijar el rumbo de su gobierno y el del país. No sólo en el control de la pandemia, frente en el que, haga lo que haga, las críticas nublarán cualquier logro, por relevante este que sea. También en el ámbito económico, área en la que los méritos presidenciales son innegables, tendrá severos obstáculos para imponer su criterio, por razonable, técnico o conveniente que sea. Pareciera que la cojera, la política, es irremediable.

Sólo queda al Presidente batallar en el frente de la Historia. Esforzarse en dejar testimonio, hablar a las generaciones del futuro y contarles del coraje de sus esfuerzos, la tenacidad de sus afanes y la solidez de sus convicciones. Todo otro empeño será en vano. Ya está dicho, y demostrado, que la cojera política es tan triste como irreversible. Y cuando la influencia empieza a aminorar, sólo resta refugiarse en la dignidad del cargo, elevarse por sobre la contingencia y renunciar a los vanos esfuerzos por volver al protagonismo. El foco comienza a alejarse del Palacio y, poco a poco, las cámaras buscarán candidatos, pactos y asambleas.
El protagonismo ya comienza a ser cosa a ser una cosa ajena.

Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

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